Nov. 11, 2018

Alto al fuego: 100 años después

En Francia eran las 10:59 de la mañana del 11 de noviembre de 1918. Más de cuatro años de alambradas, trincheras, barriales, estruendos y el hedor de la pólvora mezclado con el de la sangre. En la línea alemana, las cabezas bajas y la impaciencia por un minuto más que les permitiera salir con vida... y de pronto, el grito de alerta. ¡Soldado enemigo!

Ante sus miradas incrédulas, un solitario uniforme estadounidense se abalanzaba sobre ellos. Los alemanes abrieron fuego, y el atacante cayó pesadamente. Así acabó Henry N. Gunther, de 23 años, oriundo de Baltimore, Maryland: el último soldado muerto de la Primera Guerra Mundial. Sesenta segundos más tarde, una salva de artillería anunció el definitivo alto al fuego.

La noticia corrió por el planeta entero a punta de telégrafos: del frente belga y francés a París, de allí a Londres, y en seguida, barco a barco, llegó a los Estados Unidos para ser transmitida desde Nueva York a todo el continente americano. Pocas horas después, los telegramas procedentes de San Juan del Sur y la Zona del Canal de Panamá alcanzaban la sala de redacción del periódico "La Información" en San José, Costa Rica. Y allí se imprimió a todo correr una edición extraordinaria que, junto con los campanarios de las iglesias, los silbatos de los trenes y los cañones de los cuarteles, divulgó el fausto acontecimiento a los sobresaltados costarricenses.

El mundo entero se había desfigurado durante el conflicto. Caía el orgulloso Imperio Alemán, se disolvía el Imperio Austrohúngaro de los Habsburgo, y desde unos meses antes se hallaba la infeliz Rusia bajo las cadenas del leninismo, que había ordenado masacrar a toda la dinastía Romanov, niños incluidos. Veinte millones de seres humanos, la flor y nata de la juventud europea, habían perecido en las alambradas; y alimentada por las insalubres condiciones del campo de batalla, la misteriosa epidemia denominada "gripe española" acabaría en pocos meses con más del doble.

Pero en Costa Rica las prioridades eran otras. El despótico régimen militar de los hermanos Tinoco, en vano intento por congraciarse con el hostil gobierno de los Estados Unidos, había declarado la guerra a Alemania, y aprovechado dicha declaratoria para mantener suspendidas las garantías constitucionales y así repartir impunemente cárcel, tortura y censura a diestra y siniestra. Se cocinaba en el hervor de la dictadura una gran olla de ira popular, que iba a comenzar a desbordarse precisamente durante el festejo del Armisticio ordenado por los Tinoco. Así se narra este episodio de nuestra historia en mi novela "Herida de Muerte":

"La multitud comenzaba mientras tanto a moverse con despreocupada lentitud, y de boca en boca trascendió que se dirigirían ahora con su serenata hacia la Legación de los Estados Unidos, que no estaba lejos. En los ojos de Ernesto relampagueó entonces una chispa vengativa, la misma que con toda seguridad se agitaba en los entresijos de muchos otros de los asistentes. ¿Acaso no era público y notorio el marcado desprecio del intervencionista presidente norteamericano Wilson por los regímenes golpistas como el de los Tinoco? ¿Y no habían resultado fútiles todos los serviles esfuerzos de ambos hermanos para conseguir el reconocimiento de Washington, incluyendo desde la intercesión de la poderosa United Fruit Company hasta aquella ridícula declaratoria de guerra a los alemanes? Aquello podría salirse de control con mucha facilidad y tornarse en un funesto incidente diplomático, temor que podía ser la razón de que los músicos de la Banda Militar, vacilantes, se resistiesen a dejarse conducir por la correntada humana y comenzasen en cambio a guardar sus instrumentos.

Tampoco para Ariana iban a pasar inadvertidos los síntomas que anunciaban una posible tormenta. Algo había cambiado en el vocerío confuso que llegaba continuamente a sus agudos oídos; en vez del inicial tono festivo, creía detectar un vestigio de rabia contenida que, sin embargo, daba muestras de acechar una oportunidad para explotar".

 

Las 11 horas del undécimo día del undécimo mes. El mundo respiraba tranquilo... pero Costa Rica sólo empezaba a agitarse. La lucha europea contra los déspotas llegaba a su fin... pero la nuestra estaba apenas por comenzar. Las llamas y el humo abandonaban el campo de batalla, pero pronto envolverían a los serviles medios que exaltaban a los dictadores domésticos.

Hoy hace 100 años. Para no olvidar...

Robert F. Beers

PD. Mi novela "Herida de Muerte" ya se encuentra disponible, tanto en edición electrónica como impresa, en https://www.amazon.com/-/e/B07J2596XZ.

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