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Jan. 6, 2020

En las últimas semanas he tenido oportunidad de recorrer una gran cantidad de cantones de distintas zonas del país, y valorar de primera mano el ambiente que se vive en ellos respecto de las elecciones municipales del 2020. De ellos me he traído algunas observaciones y apuntes que, aunque sean muy personales, quizá puedan ser de utilidad para algunas personas interesadas en forjarse una idea más clara de lo que está a punto de ocurrir.

Lo más apropiado es comenzar por mi propia provincia, Alajuela. Es la que he podido recorrer con más amplitud y frecuencia, y de tales recorridos he podido concluir algunos patrones repetitivos. En 11 de los 16 cantones hay un Alcalde en busca de reelección, pero aunque las estadísticas históricas los favorecen, en casi todos corre peligro de ser desbancado. Por otra parte, llama la atención que el PAC (partido de Gobierno) no presenta candidatos en 7 de esos cantones, incluyendo Grecia, Upala y los del Pacífico Central (lo que hace sospechar que sus adeptos hayan buscado espacio en otros partidos a modo de "disfraz"). En términos generales el ambiente luce frío, pero a la inversa de lo que suele pasar en las elecciones nacionales, son los cantones rurales los que dan más muestras de interés en participar.

Veamos cada caso en concreto.

Alajuela Centro: con once aspirantes, el segundo cantón más poblado del país luce como uno de los mayores "premios" electorales de este proceso. Sin embargo, claramente no todos han tenido la capacidad y los recursos para tener posibilidades realistas de competir... además de que varias candidaturas surgidas del seno de la propia Municipalidad actual le imprimen un cierto sabor a "pleito de élites" que no gusta a muchas personas. Liberación Nacional (PLN), hasta no hace mucho un favorito indiscutible, parece haber perdido ímpetu, sin que su aspirante Humberto Soto haya conseguido frenar el impacto de tantas pugnas internas. Sólo luce fuerte en el lejano distrito de Sarapiquí, y de Calle Ancha hacia adentro. Su desgaste, empero, no parece beneficiar a Leslye Bojorge (PUSC), cuyo apoyo no ha crecido en proporción suficiente (su feudo parece ser San Antonio), ni al exdiputado Eduardo "Papo" Soto (PRSC), que sólo demuestra alguna presencia en unas pocas localidades alrededor del centro. Otro tanto sucede con Patricia Guillén (Despertar Alajuelense), cuyos colores incluso se confunden con los de Humberto y en vez de restarle, pareciera sumarle. Frente a esta "burbuja municipal" de políticos de carrera, destacan dos retadores: Kenneth Céspedes (PNG) y sobre todo José Alberto Zumbado (Nueva República), candidatos de similar tendencia y valores, aunque a Céspedes le falta el "músculo partidario" que tiene Zumbado (respaldado por activos aspirantes a regidor como Randall Barquero, Ivannia Lobo y Edgardo Aragón), cuyo trabajo "subterráneo" y cohesionado a nivel distrital le ha valido un apoyo sustancial en gran cantidad de zonas del cantón (Guácima, San José, La Garita, Canoas, las zonas altas, Desamparados, etc.).

También compiten el PAC, el Frente Amplio, el PIN, Restauración y Unidos Podemos, pero en general sus campañas lucen anémicas y con pocas probabilidades de triunfo. Su foco pareciera estar en obtener regidores, pero podrían enfrentar dificultades incluso para conseguirlos, ante el "efecto arrastre" de candidatos como los dos Soto, Bojorge y Zumbado.

Grecia: el alcalde Minor Molina, quien aspira a la reelección bajo la bandera del PLN, encuentra su principal escollo en la abogada Gissella Víquez (Nueva República), una de las dos mujeres aspirantes al cargo, que ha agrupado a su alrededor a laboriosos líderes comunales, y en algún grado en la presencia del PUSC con Francisco Murillo. Los partidos cantonales (Unión Griega y Nueva Mayoría) parecen neutralizarse entre sí, y ofrecen una imagen personalista que los debilita (especialmente al segundo, que luce desgastado). Otras agrupaciones (PRSC, PIN, Restauración, FA y PNG) dan muestras de rezago en la recta final de la campaña.

Sarchí: al igual que en la vecina Grecia, el alcalde de turno busca renovar su mandato: Luis Óscar Quesada, del PUSC. Sin embargo, su administración no pareciera ofrecer una imagen positiva. El pequeño cantón sorprende por la presencia de tres partidos comunales, que no sólo tienden a neutralizarse mutuamente, sino también a servir de "disfraz" a antiguos miembros del ala "progre" del PAC (que oficialmente no compite en este cantón). De ellos parece tener más impacto el Somos Sarchí, con su aspirante Josué Rojas; pero tanto competidor cantonal le dificulta diferenciarse. El PLN, por su parte, padece de una debilidad crónica en este cantón, donde no ha obtenido victorias en la histora reciente. Así, ha sido Guillermo Umaña, un veterano dirigente comunal propuesto por Nueva República, quien ha conseguido catalizar a buena parte de los sarchiseños a su alrededor, incluyendo a la (históricamente abandonada) población de Bajos del Toro. Los indicios sugieren que, ante tal amenaza, Quesada podría perder su asiento muy pronto.

Poás: El "oficialismo" en este cantón lo representa el PLN con su candidato Reynaldo Gómez. Le hacen frente, desde el PUSC Heibel Rodríguez, y desde Nueva República Kenneth Campos, además de las papeletas ofrecidas por Unidos Podemos, Restauración y el PRSC. La maquinaria liberacionista aún tiene combustible en el montañoso cantón, pero el trabajo de base realizado por sus oponentes podría terminar en una sorpresa, en especial gracias a que su poblado distrito de Carrillos tiende a comportarse más como los de la vecina Grecia que como el resto de su propio cantón.

San Carlos: el primer cantón en territorio y el segundo en población, sigue teniendo un panorama peculiar. Alfredo "Mono" Córdoba (PLN), en busca de un cuarto mandato, se proyecta aún hoy como un favorito casi prohibitivo, y las condenas judiciales recibidas, en vez de debilitarlo, le han permitido apelar al efecto "mártir". Agrupaciones como el PUSC, el PAC (en uno de los pocos municipios en los que tiene presencia) y el cantonal Progreser (nombre que suena a "progre" en un cantón tan conservador) parecen haberse resignado ya, mientras que Nueva República con su joven abanderado Rigoberto Corrales y la papeleta de regidores encabezada por otra joven dirigente, Johaidy Durán, continúan realizando un trabajo "subterráneo" que podría darle réditos, acaso explotando un exceso de confianza de Córdoba. Otros aspirantes (del PRSC, FA, PNG y ADC) llevan algún tiempo de haber "tirado la toalla" por la Alcaldía y se contentarían con obtener algún regidor.

Río Cuarto: el cantón más joven del país se dispone a elegir su primera Municipalidad. Siete aspirantes se disputan el honor de ejercer la Alcaldía inaugural. El liberacionista José Miguel Jiménez luce con apoyo en la cabecera, mientras que en los poblados de la bajura tiene adeptos Lizandro Arrieta del PRSC; pero el activo empresario y dirigente Javier González, abanderado de Nueva República, gana terreno rápidamente tanto en las zonas más altas del nuevo municipio (especialmente en La Colonia), como en las tierras bajas de Santa Rita y Santa Isabel. Se anticipa un cierre dramático entre estos tres aspirantes. Los otros cuatro (del PUSC, PAC, Restauración y Unidos Podemos) no lucen ya competitivos.

Zarcero: La "tierra fría" de Alajuela ostenta otro alcalde en ejercicio, Ronald Araya Solís (PLN), en busca de renovar su mandato. Su situación es de alguna manera comparable a la del "Mono" Córdoba en San Carlos: un favoritismo casi inatacable. Ningún otro partido de escala nacional con algún tipo de estructura propia se presentó a competir bajo su propia bandera, a excepción de Nueva República que nomina a un esforzado Giovanni Corrales, y que a falta de otras opciones podría poner en algún aprieto a Solís. Los otros competidores relevantes son Roxana Chaves por el PNG, e Iliana González por Unidos Podemos (aunque a este partido le viene afectando una reiterada imagen de ser el "disfraz" por excelencia para militantes del PAC en numerosos cantones). Cierra la nómina el partido Restauración.

Naranjo: el alcalde en ejercicio, Juan Luis Chaves (PUSC) tiene retadores serios en Nueva República con Xenia Lozano, en Liberación con Pablo Navarro y en Acción Naranjeña con Carlos Solís. Los oponentes se encuentran bastante activos en distintos distritos, desafiando la hegemonía del rojiazul (quien parece más confiado de lo debido). El PAC tiene papeleta en la localidad, al igual que el PRSC, PIN y Restauración, pero no dan muestras de grandes ambiciones.

Palmares: es la única alcaldía de la provincia que está aún en manos del PAC, cuyo candidato es Ronald Rojas. Sus potenciales rivales incluyen al liberacionista Bernal Vargas, a Luis Fernando Moya del PUSC, al incisivo Oscar Rojas de su némesis ideológico Nueva República, y a dos partidos cantonales (uno de los cuales tiene un nombre sospechosamente similar al de otro partido en Sarchí: Alianza por Palmares, con su aspirante el Dr. Girish Naran Soni, quien aparece con un caudal nada despreciable). También están presentes Restauración, el Frente Amplio y el PNG. Sin embargo, el peor enemigo que enfrenta el PAC aquí es su propio historial: no sólo el desgaste y el aborrecimiento acumulado desde el poder, sino el hecho de que, exceptuando la de Hojancha en Guanacaste, este partido nunca ha conservado una misma Municipalidad dos periodos seguidos.

Atenas: es parte del grupo de cantones donde el alcalde de turno desea repetir. En este caso se trata de Wilberth Aguilar (PUSC). Los obstáculos más frondosos para él los representa el omnipresente Liberación con Jorge Arturo Cruz, la Nueva República organizada alrededor de Gerardo Mata, y la Unión Ateniense con Isaac Ortiz, aunque a este partido también se le liga como "disfraz" para elementos del PAC (pese a tener este último su propia aspirante en Sandra Rojas). El camino de Aguilar no luce tan llano, y sus rivales saben que un buen esfuerzo podría rendirles frutos inesperados.

Orotina: comparativamente tiene pocos candidatos, pero la nómina "oficialista" es la del PLN, encabezada por el actual vicealcalde Benjamín Rodríguez. El cantón ha sido uno de los pocos bastiones verdiblancos que se han mantenido sólidos hasta la fecha, pero ello no ha disuadido al PUSC y a Nueva República de plantear el desafío en las urnas, a través de José Antonio Simoni en el primer caso, y Freddy Pérez por los blanquicelestes. La peculiaridad del cantón es ser el único de toda la provincia donde el Partido Liberal Progresista (inscrito a escala nacional) presenta un candidato, Eric Hurtado. Completan la nómina el PNG y Restauración. El PAC no consiguió inscribir una papeleta en este cantón.

San Mateo: el diminuto cantón plantea la posible reelección de Jairo Guzmán (PLN), cuyo desempeño ha sido muy dudoso, pero ha tenido la posibilidad de "atomizar" a sus oponentes. Un esforzado Christian Pérez de Nueva República y un discreto Marlon Sánchez del PUSC representan el reto, donde tiene también presencia el candidato del PNG, Javier Valverde. Partidos como el FA, Restauración y Unidos Podemos también se hallan en liza, aunque el reducido concejo de cinco miembros no da posibilidades de éxito a tantas agrupaciones. Curiosamente, el PAC está ausente también aquí.

San Ramón: el "peso pesado" de Occidente también ofrece un alcalde en busca de repetir turno: Nixon Ureña (PLN). Su camino no luce tan fácil como los de sus copartidarios de San Carlos o Zarcero, pero tampoco tan peligroso como los de Sarchí o Grecia. Bastión del PAC y el Frente Amplio en elecciones nacionales, estos partidos no aparecen como los desafíos para Ureña, pero sí lo hace el dirigente sindical Juvenal Cascante con la franquicia del PIN. Eladio Carranza (PUSC) y el laborioso José Fabio Alvarado (Nueva República), que viene en franca crecida, lucen como los "gallos tapados" de la contienda, que tiene como premio adicional la intendencia de Peñas Blancas donde el nuevo partido aparece muy competitivo.

Los Chiles: la Alcaldía local está en manos de Liberación desde el 2016 (luego de ser desbancado el PAC). Pretende la reelección el alcalde Jacobo Guillén, y el PAC no luce capaz de plantarle cara, habida cuenta de que dirigentes suyos en la región se desgranaron a disgusto en los últimos años, dificultándole las posibilidades a su aspirante Nestor Mora. El mayor reto lo plantea en cambio Marcos Solís Rodríguez, dirigente agrícola abanderado de Nueva República, quien goza de nutrido apoyo en sectores como El Amparo y San Jorge (los cuales dieron limpio triunfo a Fabricio Alvarado, fundador de la agrupación, en ambas rondas hace año y medio). Escollos como el PRSC y Restauración tampoco pueden ser ignorados por Guillén en su afán de renovar su mandato. El PUSC no inscribió papeleta.

Guatuso: el distante y extenso cantón plantea otra alcaldesa en ejercicio (Ilse Gutiérrez, PLN), con los recursos característicos de un gobierno local, enfrentando a dos retadores significativos: Wigley Solano (Nueva República) y Olman Murillo (PRSC), además de las papeletas ofrecidas por el PIN, Restauración y Unidos Podemos. Tampoco consiguió el PAC inscribir una nómina, lo mismo que el PUSC.

Upala: el más lejano de los cantones fronterizos presenta un interesante duelo. Aunque el alcalde del PLN Juan Acevedo (de mal recuerdo por su gestión ante la emergencia del huracán Otto) busca la reelección, un formidable desafío lo enfrenta en la papeleta de Nueva República, encabezada por Henry Valerio y nutrida por dirigentes comunales de distintos distritos. Aunque tercia en la disputa Aura López por el PUSC, y también hay papeletas del PRSC y Restauración, parece claro que la pelea en Upala es cosa de dos. Una vez más, el PAC brilla por su ausencia (¿por incapacidad o desinterés?) en los cantones empobrecidos y alejados.

A menos de un mes de las elecciones municipales, así aprecio el panorama general de mi provincia. Los días que restan serán determinantes, en especial si los electores que hasta ahora se mantienen apáticos o no tienen planes de participar, decidiesen hacerlo en el último instante, pues en escenarios pequeños como los cantones, unas cuantas decenas de votos pueden alterar completamente el resultado esperado.

Robert F. Beers

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Oct. 7, 2019

La pugna interna que marcó el primer decenio de este siglo fue indudablemente el Tratado de Libre Comercio con los EEUU, firmado durante el Gobierno de Abel Pacheco en 2003, y luego postergado indefinidamente en su aprobación legislativa (indispensable para su entrada en vigor). En un primer momento esta pugna se planteó entre el sector exportador (favorable al Tratado porque esperaba beneficiarse de él) y los funcionarios sindicalizados del sector público (desconfiados del impacto que pudiese tener ese Tratado en la relativa comodidad laboral y social que venían heredando luego de varias décadas de hegemonía socialdemócrata).

Claramente ambos bandos intuían el impacto estratégico que iba a tener el TLC sobre el futuro modelo de Estado, y sobre la manera óptima de organizar la Administración Pública. De este modo, el debate nacional pudo haber servido para informar y sopesar los efectos de la decisión que estaba por adoptarse; pero en cambio, tomó un cariz lamentablemente distinto.

El primer ensayo de esta disputa se gestó cuando el Presidente Pacheco, receloso del Tratado que él mismo firmase, se rehusase a someterlo al Congreso, lo que tuvo un impacto decisivo en la elección nacional de 2006. En ella el candidato liberacionista Oscar Arias Sánchez, favorable al TLC, obtuvo un raquítico triunfo sobre Ottón Solís, aspirante del PAC y opuesto al acuerdo, eludiendo además una angustiosa segunda ronda apenas por el 0,9% de los votos. La composición de la nueva Asamblea Legislativa, sin embargo, resultó muy favorable a Arias, y esto le permitió impulsar el Tratado a través de acuerdos políticos... hasta que estos resultaron insuficientes frente a la ruidosa presión de buena parte de la sociedad civil. El acorralado Mandatario tomó entonces la decisión de convocar a un referéndum, la cual fue respaldada por la Asamblea. El Tribunal Supremo de Elecciones lo programó para el 7 de octubre de 2007.

Ya para entonces la discusión había dejado de ser racional, y la ciudadanía se vio torturada por una "carrera hacia los extremos", en la que predominó el fanatismo ideológico y la abierta manipulación emocional, en magnitudes que hacía tiempo no se veían en el contexto costarricense. Los grupúsculos más exaltados de ambos lados se apoderaron del "megáfono" y polarizaron al país, apelando a difundir verdaderos disparates sobre las intenciones del oponente.

En un artículo de mi autoría incluido en el libro "Estado y Administración Pública: Paradojas de América Latina", publicado por la Universidad de Buenos Aires a finales de 2016, se comentaba que los dos bandos eran culpables de sendos "pecados capitales": en el lado del , la soberbia; y en el del No, la ira.

Entre los favorables al Tratado (y notablemente entre los tecnócratas que habían participado como negociadores) parecía predominar —no sin cierta arrogancia— la convicción de que los compromisos alcanzados tendrían efectos netamente virtuosos. Así debía parecerles incomprensible la mera existencia de cualquier oposición, por razonada que pudiese ser, o inclusive el abordaje “pragmático” que patrocinaba la aprobación del Tratado simplemente por ser “el menor de los males”. Cabría preguntarse también si los colaboradores más cercanos al Presidente Arias no habrían visto en algún momento su criterio afectado por el síndrome del “pensamiento grupal”, subestimando a sus oponentes, justificando moralmente su causa, considerándose invulnerables y sobre todo convirtiendo el apoyo al TLC en una prueba de lealtad personal al Mandatario.

En contraste, en las filas de la oposición se impusieron las posiciones recalcitrantes e iracundas de la “retro-izquierda”, cuyas razones variaban desde la ortodoxia ideológica hasta el más rabioso antiyanquismo. Sabedores de la incontestable superioridad del  en recursos financieros y el apoyo que le daba buena parte de la prensa, la táctica del No consistió en hacer circular todo tipo de argumentos y rumores sobre el Tratado, desde lo más comedido hasta lo inverosímil y disparatado. Hubo quien dijo que el TLC legalizaba el tráfico de órganos, y también José María Villalta (luego diputado y candidato presidencial de la izquierda) anunciaba en un artículo suyo que el acceso al agua potable, la salud y el derecho a la vida estaban en peligro con el Tratado.

Al advertir que el No comenzaba a adueñarse del factor emocional, tuvo que acudir el Gobierno al vastísimo arsenal de herramientas políticas que ofrece el poder para lograr sus fines. Así empezaron ellos también a invocar temas apocalípticos, que iban desde una supuesta pérdida masiva de empleos hasta la ruptura del orden constitucional y la instantánea “venezolanización” del país si triunfaba la oposición. A la larga, el empleo de estos métodos—y el descubrimiento y publicación del “plan secreto” de campaña que los había inspirado—quedó como el más claro testimonio de la bajísima calidad de un debate que debió haber sido sereno y equilibrado.

Después de un duelo tan crispante, el triunfo del por algo más de 3% de los votos podría—afortunadamente—ser calificado como un anticlímax. Eso sí, lo único que terminó definido en las urnas fue la aprobación del Tratado mismo; pero la disyuntiva entre los modelos de desarrollo se saldó con poco más que un magro empate. El estallido de la gran recesión global al año siguiente envió al vacío toda aquella disputa, al grado de que el tema estuvo conspicuamente ausente de la campaña presidencial de 2010, y apenas asomó muy tímidamente en la de 2014 antes de desaparecer en definitiva.

En muchos aspectos el tiempo ha dado la razón a los moderados del y en otros a los del No; pero los recalcitrantes de ambos lados han quedado invariablemente desmentidos, sin que ocurriera el portento de prosperidad inmediata que anunciaban los primeros, ni el apocalipsis humanitario y ambiental que profetizaban los segundos. No deja de ser curioso, eso sí, que esos últimos hayan logrado mantener tanta credibilidad en algunos sectores (como se pudo observar por la votación obtenida en 2014) a pesar de continuar con el enfermizo hábito de rehuír los debates equilibrados y de disfrazar la ineptitud propia con el anuncio de graves desgracias en caso de una victoria de sus oponentes (a menudo inventando, con aire siniestro, palabrejas rimbombantes como "holocausto neopentecostal" y otras sandeces por el estilo).

La realidad es que hoy enfrentamos una sociedad mucho más fracturada y dividida que en 2007. Por entonces, la grieta que separaba a los costarricenses era simplemente la forma de organizar al país de cara a la relación con el mayor socio comercial. Ahora, en cambio, el elitismo y la extravagancia de cierta clase política, académica y económica ha sometido a presión incluso los valores más sagrados de las personas, en grados que muchos no están dispuestos a aceptar. Así se ha activado una "falla geológica" mucho más profunda, capaz de determinar durante largo tiempo el devenir político y social de nuestra República. El reto está en canalizar esta fricción dentro del marco de las instituciones republicanas, sin aceptar ni por un instante que aquellos que hoy detentan el poder acudan a vías abusivas, artimañas o actuaciones que pongan en peligro incluso los límites constitucionales, todo con tal de salirse con una agenda ajena a las aspiraciones y a la identidad costarricenses.

Robert F. Beers

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Oct. 1, 2019

Con los "corredores" en la línea de salida, el Tribunal Supremo de Elecciones se aprestaba este 2 de octubre a dar el banderazo formal para el inicio de la competencia. Queda emitida la convocatoria a la ciudadanía para presentarse a las urnas electorales exactamente dentro de 3 meses, y designar mediante el sufragio a sus Gobiernos locales para los próximos cuatro años.

Hemos celebrado elecciones de este tipo desde 2002, y tradicionalmente la tónica ha sido la indiferencia de los votantes. Inicialmente, el abstencionismo rondaba siempre el 75%; pero en 2016 (al trasladarse a medio periodo y añadirse los regidores a la disputa), se redujo a un 64%. Dicho de otra manera, los datos registrados hasta el momento permiten dividir a la ciudadanía en tres partes casi iguales: un tercio que sólo vota en elecciones nacionales pero no en las locales, otro tercio que no vota nunca, y el restante tercio que vota siempre. Ha sido una fracción de este último tercio el que termina poniendo a los Alcaldes y a los munícipes, de modo que las elecciones locales nunca han sido un buen "termómetro" para anticipar los grandes fenómenos políticos a nivel nacional.

Hay buenas razones, sin embargo, para esperar que este proceso electoral vaya a resultar muy distinto. El ambiente político luce sumamente caldeado: hay una molestia latente e intensa en una gran porción del electorado, frente a un oficialismo altamente impopular, prematuramente desgastado, percibido como manipulador y con pronunciadas inclinaciones elitistas. También hay temas "transversales" capaces de movilizar a sectores que normalmente se mantendrían al margen; y abundan los actores y movimientos políticos de nuevo cuño, esperanzados en aprovechar este proceso como "vitrina" con miras al futuro. Y por si fuera poco, los partidos históricos, otrora capaces de ganar y mantener el control de las Alcaldías y Concejos a fuerza de "pura estructura", lucen especialmente débiles y vulnerables en vastas zonas del país.

¿En qué condiciones llegan a este torneo las principales agrupaciones políticas? Lo veremos enseguida:

Liberación Nacional: podría pensarse que el partido más antiguo del país arranca en la mejor posición. Después de todo, su estructura aún le alcanzó en 2016 para obtener el control de la mayor parte de las Alcaldías y Concejos, y además es el único partido con papeleta en todos los 82 cantones. Pero esa aparente fortaleza oculta una crítica debilidad crónica arrastrada de procesos recientes. El PLN viene decayendo desde hace tiempo, aunque durante el periodo 2006-2014 frenó transitoriamente tal proceso, sólo para reanudarlo con más precipitación desde entonces. La elección municipal del 2016 también representó, por primera vez, un retroceso significativo respecto a lo obtenido en las dos anteriores. Con profundas divisiones internas, en plena crisis de identidad, y perjudicado por la dócil e incómoda cercanía de figuras suyas (particularmente Carlos Ricardo Benavides y el clan Figueres) al actual Gobierno PAC, no luce tan sólido como en otro momento. En varios casos (San José, Cartago y San Carlos son tres ejemplos) ha debido apoyarse en la imagen personal de un Alcalde en ejercicio durante largo tiempo, pero acaso eso acabe por ser arma de doble filo, si se considera el desgaste de tales personajes y el reflejo de una escasez de líderes novedosos. Por añadidura, al ser el dueño de la mayor cantidad de municipios, sin duda será visto como "el rival a vencer". Es de esperar que consiga todavía un número significativo de triunfos (unas 30 Alcaldías parecen un pronóstico realista), pero indudablemente perderá terreno, y acaso pueda recibir alguna derrota sensible en feudos tradicionalmente suyos.

Nueva República: después de hablar del partido más antiguo, debemos hablar del más nuevo. No hay duda que la gran fortaleza de la agrupación es el carisma y el capital político de su fundador Fabricio Alvarado, quien aglomeró en pocas semanas un caudal de casi 540 mil votos en la primera ronda presidencial de 2018 y más de 850 mil en la segunda. A pesar de la cotidiana golpiza de los medios de prensa "alineados" con el Gobierno, Alvarado parece mantener una percepción positiva (datos de Índice y CID-Gallup), y aquel caudal luce más bien consolidado y afianzado por tanto ataque. El desempeño de sus diputados afines en el Congreso ha tendido también a solidificar a su público sin encasillarse en el estereotipo del "partido confesional". Su agrupación ha dado ya dos golpes de autoridad sin iniciar aún la campaña: constituir todas sus estructuras en apenas 52 días (cuando todos los observadores apostaban a que no lograrían armarlas a tiempo para las elecciones municipales) y luego presentar candidaturas en 76 cantones. Aún no luce competitivo en los principales centros urbanos (Alajuela podría ser la excepción, aunque hay potencial para otras sorpresas), pero ha logrado estructurar una importante penetración territorial: su baluarte son las costas y los cantones rurales, donde podría considerarse entre los favoritos. El solo hecho de participar en tantos municipios ya es en sí una victoria para Nueva República (en especial por el buen perfil de muchos de sus candidatos), y al ser un partido nuevo "cualquier resultado es ganancia"; pero obtener regidores en todos los cantones es una meta realista, y el partido luce lo bastante fuerte para hacerse también con algunas Alcaldías en provincias como Puntarenas y Alajuela, y probablemente Guanacaste y Limón (la que más porcentaje de votos le dio en 2018). ¿Cuántas? Es difícil de estimar, pero no sería improbable verlos compitiendo seriamente en una decena de cantones al menos.

Unidad Social Cristiana: aunque su dinámica interna es más hermética que la del PLN, el PUSC sufre de una crisis de identidad muy similar: figuras como Rodolfo Piza y Rodolfo Méndez se alinearon con el Gobierno PAC y compartieron, especialmente el primero, el mayor desgaste político, en tanto que su fracción ha procurado más bien una ambigua cercanía con Nueva República, especialmente durante el periodo de María Inés Solís como jefa de fracción. Esta crisis de identidad se refleja en su conducta hacia las elecciones municipales, para las que presenta papeleta en más de 75 cantones, pero a menudo se ha metido en las "coaliciones" del PAC. La debacle a nivel nacional del periodo 2006-2010 parece haber quedado atrás, pero en 2018 el partido posiblemente alcanzó su "techo". Su dinámica en las elecciones municipales durante esa misma época ha sido un poco más decorosa (de nuevo a punta de "estructuras", a similitud del PLN), pero ya se ha visto que la anunciada "resurrección" no ocurrió ni ocurrirá por ganar 15 Alcaldías.

Acción Ciudadana: nunca ha sido brillante en elecciones locales. Su penetración estructural es paupérrima, y depende excesivamente de manipular emociones para movilizar votantes, lo que los perjudica en el ámbito municipal. Aunque con su votación residual logra presencia en los Concejos, sigue sin sobrepasar la barrera de las 7 Alcaldías. Para empeorar su situación, su "marca" está irremediablemente asociada a dos gobiernos consecutivos particularmente detestados. El actual, sobre todo, ha dado muestras de mucho desdén hacia las comunidades del país, y en general a todo lo que no pertenezca a su público de "progres" urbanos de alto poder adquisitivo y (según indican los datos del CIEP-UCR) poco interesados en conseguir trabajo. Todo esto genera un curioso consenso aparente entre buena parte de los electores: "cualquiera menos el PAC". Para colmo, el mismo PAC ha dado desde ya señales de temprana desesperación: no sólo el llamado de su líder de Juventud a traer votantes de otros cantones para lograr pelear algunos puestos donde haya papeletas "progres" (lo que equivaldría en un sentido a traer votantes de Nicaragua y Panamá para intentar poner al Gobierno de Costa Rica), sino al afán de disfrazarse en muchos cantones para no participar como PAC, sino bajo otros nombres y banderas (ej. "Coalición Chepe"). En las redes sociales abundan las páginas dedicadas a denunciar y desenmascarar a los seguidores del PAC enquistados en papeletas "camufladas".

Otros partidos nacionales: muchos de estas agrupaciones sólo aspiran a funcionar como "franquicias", para pellizcar un puesto aquí y allá, y quizá pavonearse de haber obtenido un número anormal de Alcaldías. El servicio de "taxi político" le dio buen resultado en el corto plazo al Partido Nueva Generación en 2016, y es posible que la agrupación de Sergio Mena busque emular la hazaña. No es tal halagueño el pronóstico de Unidos Podemos, el partido fundado por Natalia Díaz, pues en su afán de obtener presencia territorial, acabó creando la imagen de ser el disfraz más frecuente para seguidores del PAC a los avergüenza aspirar en su propio partido. El Frente Amplio, por su parte, continúa pareciéndose a su hermano mayor el PAC en cuanto a su exigua presencia territorial, salvo en cantones como Montes de Oca... pero al haberse separado allí de su eterno aliado en ese significativo cantón, se exponen a una derrota frente a un aspirante sólido, como parece ser Domingo Argüello bajo la bandera del Republicano Social Cristiano (otro partido que, si bien apela al votante conservador, no termina de definir su identidad). Finalmente, hay que mencionar a Restauración Nacional, que cuenta para esta campaña con inusuales recursos económicos... y muy poco más. Su gris paso por el Congreso, hostigando mucho a su antiguo candidato presidencial y facilitando en cambio al PAC los puntos clave de su agenda (que había prometido enérgicamente bloquear), ha ido alienando sin remedio a su principal base electoral. Queda la impresión de que, con algunas posibles excepciones, las simpatías que retiene se deben a que alguna gente no se ha enterado de que el partido de Fabricio Alvarado es Nueva República.

Vale la pena mencionar, en última instancia, que ni el PIN ni Juan Diego Castro (divorciados inmediatamente después de la primera ronda en 2018) se vislumbran con alguna influencia en las venideras elecciones municipales.

Partidos cantonales: en otro tiempo, era casi seguro que a las agrupaciones cantonales se les diera "el beneficio de la duda". Les era fácil venderse como grupos de ciudadanos honestos, preocupados por su comunidad, y sin vínculos con los partidos nacionales (tradicionales) a los que era fácil meter en un retórico saco de "corrupción". Pero esa benevolencia se terminó. La desconfianza de los electores hacia partidos que, con lamentable frecuencia, terminaban siendo "turecas", o incluso llevando inadvertidamente miembros de los odiados partidos tradicionales a puestos que de otra forma no habrían conseguido, ha ido minando su credibilidad. Y tampoco la han favorecido la tendencia del PAC a "infiltrar" a sus miembros en estas papeletas, a armar con ellos "coaliciones-disfraz", o incluso a utilizarlos como plataforma para levantar a figuras políticas (caso de Edgar Mora en Curridabat). En este enrarecido ambiente, el éxito de agrupaciones otrora hegemónicas o competitivas (Yunta Progresista Escazuceña, Curridabat Siglo XXI, entre otras) parece ahora menos probable.

La carrera está apenas por iniciarse, y podrían ocurrir en ella muchas sorpresas. Quizás este análisis resulte útil, como también es posible que las circunstancias den un giro inesperado que lo deje en nada. Pero el objetivo no es acertar, sino invitar a cada ciudadano a explorar su entorno, su realidad y a decidir qué quiere para su Gobierno Local... y para su país.

Robert F. Beers

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Sep. 28, 2019

A través de la historia de la Humanidad, han surgido y desaparecido todo tipo de sectas "apocalípticas" en las más disímiles culturas. Sea el cuasisocialista Templo del Pueblo en Guyana, la masacre del Nuevo Milenio en Uganda, los Aum Shinrikyo en Japón, la Orden del Templo Solar en Suiza, los narcosanteros asesinos de México, o los que esperaban ser recogidos por los extraterrestres en California, todos esos grupúsculos comparten ciertas características: un delirio de superioridad intelectual (sus miembros se consideran a sí mismos "privilegiados" con un conocimiento vedado a los demás mortales), la obsesión con un inminente "fin del mundo" (que puede ocurrir en cualquier formato), una interpretación desorbitada de teorías científicas, políticas o religiosas, una rigidez ideológica de corte totalitario, y por supuesto, un ímpetu autodestructivo que los conduce, ya sea a suicidios en masa, o a dañar y asesinar a sus semejantes.

Ante semejante historial, no deja de resultar sorprendente que, en algunos círculos del mal llamado "progresismo" posmoderno (el cual, según analizamos en otro artículo, de progresismo no tiene nada y sí mucho de sensiblería y manipulación), el discurso y la praxis se asimilen tanto a las de una secta apocalíptica. En efecto, es muy frecuente encontrar la pretensión de supremacía intelectual, las ínfulas totalitarias, y más aún el desbocamiento ideológico. Incluso podría debatirse si su agenda política es esencialmente autodestructiva. Pero en las últimas semanas ha resurgido, por enésima vez, el rasgo más revelador: la insistencia en un próximo "fin del mundo", a partir de su histriónica interpretación de conclusiones científicas enunciadas de forma más seria y cauta por sus autores originales. El apocalipsis progre, como ya habremos adivinado, es el colapso ecológico de la Tierra.

Lo curioso es que, aunque buena parte de la generación post-"millenial" no pareciera saberlo, el apocalipsis ecológico se ha venido anunciando con regularidad desde hace más de 50 años.

En 1968, mientras la Universidad de Berkeley (California, EEUU) se convertía en la cuna de la "nueva izquierda" bajo la impronta de personajes como Foucault, Marcuse y demás familiares de la "escuela de Frankfurt", aparecía en escena un entomólogo de la vecina Universidad de Stanford llamado Paul R. Ehrlich (no hay que confundirlo con el médico alemán del mismo nombre que ganó décadas antes el Nóbel de Medicina por crear la quimioterapia). Este entomólogo publicaba ese año un libro que marcaría el inicio de la corriente "apocalíptica progresista" e inspiraría a una legión de "profetas" sucesores: "The Population Bomb". En sus páginas se atrevía a lanzar una sensacional afirmación: en el mundo había demasiados seres humanos. Según afirmaba, la Humanidad crecía a un ritmo tan desenfrenado, que en unos diez o veinte años como máximo se agotaría la capacidad del planeta Tierra para sustentar a tanta gente (esta idea, por supuesto, no era nada original ni novedosa, pues ya la había enunciado Thomas Malthus a finales del siglo 18).

En la visión de Ehrlich, el mundo entero sería instantáneamente plagado por hambrunas generalizadas, epidemias incontrolables, extinción masiva de otras especies, y todo tipo de caos sociopolítico. Y desde luego, la única manera de mitigar o retardar esa terrible posibilidad debía ser, por supuesto, eliminar paulatinamente la sobrepoblación.

Aunque sus conceptos no eran nuevos, su manera sensacionalista de plantearlos, su condición de académico destacado y su habilidad mediática le imprimieron credibilidad a sus afirmaciones y convirtieron el libro en un éxito de masas. Pero el texto rebasaba los cánones de la mera constatación y divulgación científica. El objetivo de su autor era otro. Aunque se basó en argumentos extraídos de la ciencia, y se mercadeó como tal, “The Population Bomb” tiene el carácter y la estructura de un manifiesto ideológico, dirigido a movilizar una respuesta emocional (miedo, ira, angustia) y obtener una reacción calculada. Culmina prescribiendo las políticas públicas que deben implementarse para evitar la anunciada debacle, y dirigiendo a sus lectores un llamado completamente emotivo a involucrarse y articularse en torno a su agenda política. ¿Nos resulta conocido?

Y aún no hemos entrado al contenido de la agenda política de Ehrlich:

  1. Acceso ilimitado a métodos anticonceptivos.
  2. Aborto sin restricciones.
  3. Incentivos a la esterilización de adultos en edad reproductiva.
  4. Castigos económicos a las familias con más niños (ej. impuestos).
  5. Cooptación del sistema educativo para adoctrinar a las generaciones futuras sobre los “peligros de la sobrepoblación” y promover prácticas sexuales no reproductivas.
  6. Patrocinio económico para promover el mismo tipo de políticas a nivel mundial, a través de organizaciones internacionales, grupos de presión y medios de comunicación.
  7. Utilización del poder político y económico de los países más desarrollados y organismos internacionales para imponer a las demás naciones esta agenda (ej. endeudamiento, préstamos condicionados).
  8. Implementación forzosa de estas políticas si los medios voluntarios no dan rápidamente el resultado deseado.

Claro que debe sonarnos muy conocido...

Cualquier observador sagaz debe notar dos aspectos cruciales en esta agenda ideológica. El primero, por supuesto, es que se trata de una prescripción de alcances globales. Las acciones propuestas no pueden tener el efecto ofrecido si sólo son implantadas en países aislados. La visión de Ehrlich es de escala planetaria, y su implementación exige alguna clase de control en esa misma escala, es decir, mundial. La presión debe ejercerse para que, uno a uno, todos los países vayan quedando "alineados" en el marco de las prescripciones del "profeta". 

El segundo aspecto es aún más delicado. La meta suprema de “reducir el crecimiento de la población” se convierte en el centro y fin de toda actuación del poder político, desplazando la dignidad humana. En palabras de Robert de Neufville, Director de Comunicaciones del Global Catastrophic Risk Institute, este pensamiento equivale en realidad a afirmar que la “salvación de la Humanidad requiere del genocidio preventivo”. Se trata en esencia, por su forma y por su fondo, de un totalitarismo global.

No se trata de ninguna "teoría de la conspiración". Los documentos están allí, ante nuestros ojos, son de carácter público y tienen la firma de sus autores; y es sencillo constatar cuánta influencia han tenido en la política mundial. Esa influencia creció rápidamente: apenas unos años después del libro de Ehrlich, el Club de Roma (una elitista organización de magnates, políticos y académicos) publicaba su primer informe, que prácticamente coincidía con la tesitura de aquel autor, y luego un segundo documento en el que calificaba de "cáncer" a la especie humana (símil que ya había utilizado Ehrlich, por supuesto), anticipando que el agotamiento de los recursos naturales sucedería a mediados de la década de 1980 y recomendando acciones no muy distintas de las prescritas por el antecesor. Por cierto, el Club continúa publicando informes cuarenta años después, y es hasta nuestros días una entidad que aporta frecuente asesoría a las Naciones Unidas en temas ambientales. No debemos sorprendernos, en consecuencia, de oír personeros de estas entidades internacionales hablando regularmente de la "necesidad" de "despoblar el planeta" (lo dijo, por ejemplo, ni más ni menos que la costarricense Christiana Figueres) o anunciando, otra vez, terribles catástrofes en plazos cortos si no se implementan medidas drásticas (la retórica de Al Gore en la década pasada, y la de Alexandra Ocasio-Cortez y Greta Thunberg en nuestros días, con esta última afirmando explícitamente que buscaba hacernos "entrar en pánico"): todos en plan de sucesores del "profeta" Ehrlich.

Por cierto, aunque Ehrlich y los de su línea se nos muestran muy preocupados por el exceso de población, no parecen nunca considerarse a sí mismos parte del "sobrante". Por lo visto los que sobran son otros, no ellos. El propio Ehrlich aún vive en California, a sus 87 años, e insiste aún en la "corrección" de sus pronósticos apocalípticos. Indudablemente debe satisfacerle que, a pesar de las muchas refutaciones recibidas en estos últimos 50 años, sus conceptos y predicciones encuentren hoy tanto eco en medios de comunicación y en labios de activistas políticos "progres".

La naturaleza misma de este pronosticado apocalipsis progre, sin embargo, ha variado también. Hasta la década de 1980, la mayoría de la literatura sobre la hecatombe ambiental anticipaba una "nueva Edad de Hielo", es decir, una disminución catastrófica de las temperaturas del orbe, causada por la contaminación atmosférica; pero al constatarse más bien que había una tendencia al alza, el discurso cambió casi instantáneamente para convertirse en el que todos hemos oído ya, acerca del "calentamiento global".

Antes de que los adeptos del "progresismo" posmoderno se apresuren a entender lo que ellos quieren y no lo que está escrito en este artículo, les haremos el favor de aclararles que la preocupación por mantener un ambiente equilibrado y sano es una genuina finalidad que debe perseguir una República, en el marco del interés general de sus habitantes. Lo que no es aceptable, sin embargo, es valerse de este interés genuino para generar estados de alarma que sirvan de justificante a medidas de carácter totalitario, genocida y solapadamente racista, como las promovidas por Ehrlich, máxime cuando el transcurso de tantas décadas sin que ocurran los anunciados "fines del mundo" los haya desacreditado una y otra vez.

Ya hemos visto muchas veces en la Historia lo que sucede cuando un objetivo ideológico se sobrepone al respeto de la individualidad humana, y cuando se apela a la emoción y al lenguaje de la “emergencia apremiante” para debilitar la resistencia. Por más que se disimule, o que se busquen medios formalmente “legítimos” para implementarla, estamos ante una agenda cuya vocación, naturaleza y fondo son irremediablemente totalitarios. Ante un problema real, es indispensable actuar por vías legítimas, y no mediante manipulaciones y sectarismos que sólo desacreditan el objetivo y despiertan suspicacias. Después de todo, nunca se ha sabido que las actitudes totalitarias ni las sectas apocalípticas (aunque sean políticas) hayan tenido un final positivo.

Robert F. Beers

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Sep. 8, 2019

"Embrutece al pueblo, pero no lo aburras". Las devastadoras palabras de despedida del agonizante filósofo Petronio al emperador Nerón, en una de las más famosas escenas de la película "Quo Vadis", parecen haber cobrado renovada vida en esta decadente Roma que parece ser hoy nuestro país.

El aburrimiento lo puso en la palestra el ex entrenador de la Selección Nacional, Gustavo Matosas, para justificar su inoportuno abandono del cargo. Probablemente lo quiso plantear en términos del poco tiempo con que suele contar un DT de selección para trabajar con sus jugadores, en contraste con la mentalidad de entrenador de club, que los tiene diariamente a su disposición. Pero las palabras elegidas resultaron chocantes incluso en el medio deportivo internacional, atrayendo todo tipo de burlas y comentarios sardónicos. Por añadidura, puestas en el apremiante contexto económico y social que atraviesa nuestro país (y que lamentablemente, apenas parece estar empezando), las palabras de Matosas resultan irónicamente hirientes: recibir un enorme salario por un minúsculo trabajo es exactamente la situación en la que NO se encuentra la mayoría de los costarricenses, aficionados o no al fútbol.

Lo alarmante del caso es que Matosas, lejos de ser el causante del fenómeno, parece haber sufrido de un curioso contagio. Hace pocas semanas escuchábamos, con rabiosa incredulidad, al diputado Melvin Núñez de Restauración, manifestando su frustración (¿aburrimiento?) por los temas que se veía obligado a escuchar (no digamos estudiar) en los debates legislativos, a cambio de unos ingresos que nunca en su vida había percibido, pero que por alguna misteriosa razón ahora le resultan insuficientes.

Recordaremos también que, con visible modorra, el otrora fundador y candidato del PAC, Ottón Solís, preguntaba quién lo había señalado a él como referente nacional en materia de ética en la función pública. No podemos saber si lo acometió una súbita amnesia respecto de sus actuaciones y declaraciones públicas, artículos periodisticos y libros publicados durante los últimos 30 años, o si simplemente se aburrió de insistir con el tema al ser confrontado con la desvergüenza con la que ha procedido en el poder su tóxico partido. Sin embargo, y a similitud de Matosas y Núñez, pareciera haber una peculiar relación entre la tendencia a aburrirse y los altos ingresos económicos.

Podríamos enumerar muchos ejemplos parecidos, pero el punto medular es que no deja de ser irónico que, en el "país más feliz del mundo", el aburrimiento se esté convirtiendo en un símbolo de status social. Cuando el desempleo ha alcanzado el histórico nivel de 12%, la confianza del consumidor en el futuro de la economía se ha desplomado a su punto más bajo (28%), comienzan a registrarse los índices negativos que anuncian una recesión, y ahora hay que gastar más dinero para adquirir lo mismo gracias al frenesí de los nuevos impuestos, pareciera que las familias costarricenses no tienen tiempo para aburrirse. Hay que trabajar más para que la plata alcance... y no hay trabajo. Nadie sabe cómo va a enfrentar las cuotas de sus préstamos, o si va a poder comprar los víveres, o si le saldría mejor desistir de su emprendimiento, o pasar a sus niños a una educación pública donde el Gobierno está obsesionado con adoctrinarlos a base de ideologías que también parecen hijas del aburrimiento de unos pocos.

Para colmo, los dirigentes de nuestro Estado no solo parecen indiferentes ante estas necesidades, sino que lucen tan aburridos que se empeñan en incrementarlas. Hemos visto a nuestro Presidente hacer las veces de productor audiovisual, montando aislados espectáculos sin relación con el quehacer cotidiano de la ciudadanía, y empeñado más bien en privilegiar las demandas de grupos que (seguramente por obra del aburrimiento) exigen para sí mismos que sus caprichos y ocurrencias sean resueltos con carácter de "emergencia internacional", aunque se desatiendan la salud, la educación y el millón de compatriotas que viven en pobreza. O, parafraseando al cinematográfico Petronio, embruteciendo al pueblo y aburriéndolo al mismo tiempo.

Por si fuera poco, estas producciones nos intentan hacer ver un mundo de fantasía donde las palabras mágicas resuelven los problemas al instante, el Mandatario es el "superhéroe" ambiental, y la Primera Dama una fulgurante "líder global" con más estatura que Angela Merkel, bajo la velada "amenaza" de una sucesión dinástica donde sería ella la encargada de prolongarnos el aburrimiento desde Zapote por cuatro años más.

En este contexto, que personas con grandes ingresos se sientan "aburridas" al punto de no querer trabajar, o de olvidar su pasión por los temas que antaño los identificaban, es una forma casi insultante de expresar que, en el fondo, gozan del privilegio de aburrirse: un lujo que, en los tiempos de Petronio y Nerón, era casi exclusivo de los monarcas y sus cortes. Para todos los demás, los "ciudadanos de a pie" que decía un Ministro del anterior gabinete, existe otro estado de ánimo: la angustia.

Robert F. Beers

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