Apr. 5, 2022

Rodrigo Chaves o la revancha de los humillados

Cuando los sectores académicos logren sobreponerse a la estupefacción que sin duda les debe haber provocado el resultado de la segunda ronda (y en particular el repudio a su particular cosmovisión, que considerasen “incontestable” durante los últimos lustros), sin duda encontrarán fascinante material de estudio en el meteórico ascenso de Rodrigo Chaves a la Presidencia de la República.

Chaves volvió a su país natal como un perfecto desconocido al cabo de unos 35 años fuera, entre estudios y ejercicio profesional en organismos internacionales. Llamado a un corto y controversial paso por el gobierno del impopular Carlos Alvarado, sin trayectoria partidista previa de ningún tipo, al salir del gabinete pasó casi enseguida al primer plano de los posibles candidatos presidenciales, aunque sin una agrupación que lo respaldase.

Los enigmas que suponía Chaves contrastaban con la figura enteramente tradicional que había de enfrentar en el balotaje: el Expresidente José María Figueres Olsen, asociado a la eterna bandera de Liberación Nacional, el partido creado por su padre. Heredero de una rancia dinastía política, Figueres quiso presentarse como “inevitable” y apeló una y otra vez a la “experiencia” que, según él, lo eximía de cualquier escrutinio sobre su capacidad por el simple hecho de haber desempeñado ya el cargo al que aspiraba de nuevo. Pero esa “experiencia” debió haberle servido más bien para evitar los tremendos errores de lectura política que cometió de principio a fin, alimentados por la desconexión de las élites políticas y mediáticas (a las que sus ansias y su “corrección política” también les nublaron la vista).

Claramente, el espíritu de nuestra época—dentro y fuera de nuestras fronteras—ha sido un rotundo y violento rechazo a los políticos “de carrera”, y las ansias crecientes de que apareciese un “outsider” (“advenedizo”), es decir, un personaje de otra generación, cuyo reconocimiento y liderazgo no se hayan gestado en lo tradicionalmente “político”, sino en otras áreas con poca o ninguna relación con lo electoral: una tendencia expresada, entre otros casos, por Beppe Grillo en Italia, Donald Trump en los EEUU, Nayib Bukele en El Salvador o Volodimir Zelensky en Ucrania.

Sin embargo, en Costa Rica algunos círculos académicos, políticos y mediáticos se dedicaron a todo lo contrario: intentar inducir una especie de "nostalgia" hacia el bipartidismo tradicional del siglo pasado, y a dar así la espalda a las señales (cada vez más intensas) que emitía el grueso de la ciudadanía, crecientemente irritada, excluida y empobrecida por las extravagancias e indiferencia de la casta en el poder. De esa lectura distorsionada, elitista y desfasada en el tiempo, surgió la candidatura de José María Figueres.

El liberacionista y su séquito—al que se terminaría sumando una bandada de “aves migratorias” procedente del oficialista PAC, que ya venía en caída libre—probablemente subestimaron el rechazo que iba a producir el mal recuerdo del periodo 1994-1998, aunado a los escándalos posteriores y a un error estratégico descomunal: su intento de identificarse con la corriente “progre” (la misma que había llevado al poder a Carlos Alvarado) y ofrecer continuidad ideológica cuando la población clamaba por cambio.

Es probable que los “intelectuales” que planteaban esta superficial lectura, llegasen a autoengañarse con los resultados de la primera ronda, que terminaron por dar a Figueres el pase, primordialmente gracias a la votación suburbana que otrora encumbrase al PAC. Quizás esa aparente ventaja (once puntos porcentuales sobre el segundo lugar) les haya impedido analizar tres indicios que debían haberlos alertado sobre el agotamiento del discurso “progre”. Uno, que el propio PAC quedara esencialmente eliminado de la política nacional, sin llegar al 1% de los votos ni a obtener un solo diputado; dos, la derrota de Figueres en las empobrecidas provincias costeras y las zonas rurales; y tres, la crecida generalizada del abstencionismo, más aguda precisamente en las mismas zonas donde el Expresidente obtuvo los porcentajes más bajos.

Harán falta más estudios serios sobre los fenómenos sociales subyacentes—los cuales, esperemos, obedezcan a la honestidad intelectual más que a una agenda ideológica—, pero el rasgo más notable fue que, de los 25 partidos que compitieron en la primera ronda, el segundo más votado (detrás de Figueres) fue un partido debutante, cuyo nominado no tenía a su haber más que un paso fugaz por un puesto complicado en un gobierno malquerido, y cuya figura más popular ni siquiera era él, sino su candidata a diputada por San José, la periodista Pilar Cisneros. Sin tener las carencias académicas de Fabricio Alvarado, el híbrido “liberprogre” de Eli Feinzaig, el verbo añejo de José María Villalta ni la desesperante indecisión de Lineth Saborío, y contando a cambio con el impulso de Cisneros y de un grupo de profesionales poco conocidos en política, Rodrigo Chaves rompió la mayoría de los pronósticos y logró el pase al balotaje.

Los resultados de esta votación confirmaron lo dicho. Nuevamente fracasó la lectura “desde las alturas”, y como resultado Figueres, en vez de rectificar en sus debilidades, las profundizó interpretándolas como “fortalezas”. La campaña llevada al plano de lo hepático, el intento de polarizar a partir de temas emocionales, la utilización de la mujer con fines politiqueros, el recurso del “salto al vacío”, la estigmatización, y el abandono de cualquier pretensión de “neutralidad” por parte de sectores mediáticos y académicos, todo ello pareció generar la reacción inversa en la ciudadanía históricamente desatendida y empobrecida por los últimos gobiernos. Las urnas así lo atestiguan: Figueres sólo tuvo fuerza, otra vez, en los suburbios de San José, Cartago y algunas zonas de Heredia, las regiones que ayer nomás elevaban al PAC; pero de las zonas rurales sólo pudo ganar los cantones de Zarcero y Nandayure (este último por apenas 9 votos). Rodrigo Chaves se convirtió en Presidente electo con los votos de la Costa Rica humillada: la de las costas, la rural, la urbano-marginal, la agrícola, la del trabajo informal, la de las zonas indígenas y fronterizas.

Es claro que esos sectores que terminaron por darle el triunfo, quizá no tuviesen expectativas muy altas de Rodrigo Chaves como figura o candidato. El sentido de su voto era otro: el de tomarse finalmente una “revancha” contra el elitismo político, mediático, académico y financiero que—según percibían—los humillara una y otra vez. Pero ello no significa que no tengan las expectativas más altas de Chaves como Presidente. Frente a la “certeza” que ofrecía su oponente, Costa Rica eligió darle el beneficio de la duda. El reto estará en llenar, con humildad y mansedumbre, esas altas expectativas.

Robert F. Beers