Jan. 16, 2022

Primer Debate: quiénes lo aprovecharon mejor

Un debate político (si así podemos llamar al torneo relámpago de canchas abiertas transmitido por Canal 13 del domingo al miércoles pasado) no puede analizarse como una “pelea de boxeo”, donde cada contrincante se adjudica puntos y rounds según el número de golpes que logre darle al otro. Con 25 participantes distribuidos arbitrariamente en cuatro segmentos, tal cosa es imposible, pues más pareciera un espectáculo al estilo del “Juego del Calamar” o de los “Juegos del Hambre”: todos contra todos, y gana el último que quede vivo.

El pelotón de candidatos presidenciales es casi equivalente al número de ciclistas que solían correr la Vuelta a Costa Rica en sus inicios, o al número de toreros improvisados que daban tumbos en las arenas de Zapote, Palmares o Santa Cruz. Destacar entre tantos, requiere de gran habilidad para aprovechar las poquísimas oportunidades que surgen, y obtener de ellas el mayor provecho político (es decir, maximizar las posibilidades de “quedar vivo”). Lo que interesa, entonces, es evaluar quiénes sacaron mayor provecho para lograr sus objetivos (cualesquiera que estos sean).

Con esa premisa en mente, examinemos a los 25 participantes:

1) Natalia Díaz: directo al blanco. Si bien sus objetivos son comparativamente modestos—pues su blanco principal es la Asamblea Legislativa—, su buena presencia y agilidad le abrieron la oportunidad de “ponerse en el mapa” con un vigor imprevisto. Mostrando una elocuencia y habilidad de las que claramente carece Lineth Saborío, la dejó en evidencia sin tenerla siquiera en el mismo salón. Por añadidura, le atestó también a José María Figueres el golpe más resonante de toda la jornada. Con elegancia, astucia y aparente ingenuidad, puso en primer plano lo que más detesta la gente del candidato liberacionista. En suma, un desempeño notable en un momento clave de la campaña.

2) Christian Rivera: el “invitado inesperado” de la campaña mostró gran vehemencia y elocuencia, y su agenda de campaña lució pragmática, puntual y concreta. Salir de un relativo anonimato en medio de un pelotón tan nutrido no es tarea fácil, pero su habilidad verbal, su presencia en el escenario y su dejo visionario le depararon comparaciones favorables con otros aspirantes mucho más fogueados en comunicación—por ejemplo Natalia Díaz o Fabricio Alvarado—. Nos hace preguntarnos cómo le iría en un enfrentamiento directo contra los rivales más “pintados”. 

3) Fabricio Alvarado: gústenos o no, es claro que “hizo la tarea” y se esforzó por cerrar brechas que lo hicieron vulnerable cuatro años atrás. Tenía objetivos cruciales: proyectar seriedad, capacidad de propuesta, desmarcarse del “encasillamiento” y tranquilizar a un segmento del electorado “intoxicado” en su contra por la perversa campaña del PAC cuatro años atrás… todo ello sin perder la identidad esperada por sus seguidores históricos. Su presentación en el debate fue sobria, equilibrada, con su acostumbrado buen manejo de la imagen personal. Ya no tiene el factor “sorpresa” que lo ayudara a catapultarse en el 2018, pero se consolida en la primera fila de aspirantes, y podría beneficiarse de las flaquezas de sus competidores más cercanos, y de no tener prácticamente quién le dispute el voto más conservador.

4) Jhon Vega: La ventaja de tener objetivos limitados es poderlos lograr de una forma sencilla. Una candidatura “testimonial”, en este caso, no tiene interés en salir electo, sino en “hacer tribuna” y repartir golpes a diestra y siniestra. Vega lo hizo, y con creces, para especial tormento de José María Villalta, a quien desenmascaró como representante de una izquierda hipócrita y oportunista. Es obvio que su pensamiento político sigue fosilizado en 1917, pero al menos un fósil tiene más coherencia interna que un camaleón.

5) Federico Malavassi: sobrio y sagaz en sus ideas, supo comunicar su ya reconocida postura liberal clásica, y fue incluso más vehemente que el propio Fabricio Alvarado al denunciar la debacle del MEP como síntoma de la “contracultura”. Si se la “creyera”, podría ser un candidato interesante para el electorado conservador; pero pareciera conformarse con lograr diputaciones para Unión Liberal, y atestarle ocasionales coscorrones a Welmer Ramos por la penosa manera en que ejerce la no menos vergonzosa tarea de representar al PAC.

6) Rodrigo Chaves: Si su objetivo es mostrarse como el candidato de las “broncas”, del carácter firme y de la competencia técnica, lo hizo bien. Se olvidó por completo de Lineth Saborío calculando (correctamente) que ella se iba a autoeliminar, y en cambió la emprendió contra Eli Feinzaig, otro economista que resulta ser también un posible rival por el voto “progre” dejado en la orfandad por el PAC. Aún está por verse si logró adquirir identidad propia más allá del “efecto Pilar”.

7) Carmen Quesada: fue una agradable sorpresa. A pesar del visible nerviosismo del arranque, logró poner en el tapete alguna semblanza de seriedad en el partido que representa. Su objetivo, claramente, es lograr representación legislativa, pero aunque no parece tener todavía el “músculo” necesario, al menos en el debate logró sobrepasar las (limitadas) expectativas que pudiese haber generado su aparición.

8) Óscar López: con la mira puesta en una diputación por San José, necesitaba “mover el bote” para salir del montón, y eligió entonces un oponente inesperado: el propio Tribunal Supremo de Elecciones. La astucia y espuela le permitieron dar de qué hablar con esa súbita maniobra de cierre, y eso le permitió superar a muchos de sus compañeros de set.

9) Eli Feinzaig: a pesar de presentarse como un aspirante novedoso y con una visión “de avanzada”, le resulta difícil conciliar su liberalismo económico con su progresismo social. Su objetivo primordial parece ser llegar al Congreso y—de pasada—sacar una votación decorosa para la Presidencia, pellizcando acaso votantes desilusionados del PAC; pero en esta línea se hizo digno blanco del ataque de Rodrigo Chaves—otro economista claramente interesado en capturar el mismo segmento electoral—, y claramente el intercambio no lo favoreció. Quizás su pasado “mariachi” le jugó una mala pasada, al dejar escapar (¿deliberadamente?) a una Lineth Saborío que de todas maneras naufragaba por sí sola.

10) Sergio Mena: si esperaba emular sus “éxitos” de 2014 y 2018, esta vez se quedó corto. En las otras oportunidades mostró vigor y frescura, incluso agitación, para sobresalir por delante de muchos oponentes; pero ahora no lució igual, opacado por rivales presentes como Christian Rivera y Oscar López, y hasta por los que no lo estaban ese día, como Jhon Vega, Natalia Díaz o Fabricio Alvarado. Flaqueó al intentar la defensa del alcalde electo por su partido e involucrado luego en el caso “Cochinilla”, y no logró agitar las aguas como quizás lo esperaba.

11) José María Figueres: al igual que para Lineth Saborío, tampoco es un buen síntoma que su campaña tuviera que salir corriendo a lanzar un comunicado para decir que le fue “bien”. Sus evasivas y generalidades no dejaron un buen sabor, y aunque por mucho rato logró navegar como el proverbial “elefante en el cuarto” que nadie nombra, recibió una dolorosa estocada de donde menos esperaba: de Natalia Díaz. Pareciera estar convencido de que, si él no está a la altura del cargo al que aspira volver, necesita bajar el cargo a su propia altura. Hace rato dejó de ser el favorito “por default”, y en la recta final está dando indicios de la fatiga política que hundió a Johnny Araya en 2014 y a Álvarez Desanti en 2018.

12) José María Villalta: enero nunca ha sido un mes benigno con el eterno aspirante del Frente Amplio, que suele generar expectativas altísimas y luego fracasar en llenarlas. A pesar de tener a José María Figueres en el mismo set, no consiguió lanzarle ningún ataque efectivo, y más bien lo redujo a la defensiva el incesante martilleo de Jhon Vega. Pareciera que pretende “asustar con la vaina vacía”, esperando que quizás el electorado “huérfano” del PAC se decida mágicamente por él, sin hacer nada.

13) Welmer Ramos: su meta quizás sea la más difícil: persuadir al electorado de que el pésimo desempeño del PAC en sus dos gobiernos los hace merecedores del “premio”. Claramente, su natural sinceridad juega en su contra, pues termina siendo “sinceramente insincero” al defender posiciones “progres” en las que claramente no cree, y alegar incluso cosas evidentemente falsas en defensa de su partido. Todo ello lo hace lucir patéticamente incómodo, y hace que la posibilidad de una nueva “remontada” del PAC en la última semana de las elecciones parezca (afortunadamente) irrealizable. Su consuelo es que, al menos, no le pasó lo de Lineth Saborío.

14) Greivin Moya: francamente quedó debiendo. Aunque su objetivo inmediato parece ser una Asamblea Legislativa que podría parecerse demasiado a un set de noticias televisadas (en caso de quedar electos también Pilar Cisneros y Fabricio Alvarado), Moya no logró proyectarse con la implacable seriedad que solía hacerlo en sus reportajes de antaño, ni complementó su tono de “denuncia” con una visión propia. El resultado es una mala imitación de Juan Diego Castro.

15) Rolando Araya: para un político tan experimentado, las expectativas eran mucho más altas. Su fatiga y agobio son visibles, y no logró sacudirse de ellos para recuperar el terreno perdido y volver al paquete de “favoritos” del que se rezagó hace rato. Sus dificultades para “aterrizar” lo hicieron lucir lento en comparación con Christian Rivera o Sergio Mena, y no tuvo tampoco la posibilidad de un ataque efectivo contra su archirrival Figueres. Comenzó a verse irritado, incluso desesperado. Quizás, sin embargo, le alcance para arañar la diputación por San José.

16) Marisela Morales: La docente no capitalizó en grado alguno la que—probablemente—fuese su única oportunidad de plantearse como alternativa política. Las expectativas, sin embargo, eran bastante bajas, y eso le evitó lucir tan mal como Lineth Saborío.

17) Rodolfo Piza: sin pena ni gloria, no parece que esté siquiera cerca de conseguir la diputación que busca. Recibió un golpe certero por su “crisis de identidad política” que lo llevó de ser candidato del PUSC a ministro estrella del PAC y luego a abanderado de Nuestro Pueblo.

18) Lineth Saborío: está clarísimo que esta participación resultó catastrófica para la candidata del PUSC. Ya era revelador que su partido tuviera que salir corriendo a emitir un comunicado diciendo lo “capacitada” y “segura” que se había visto, en vano intento de disimular el ridículo. Hasta este punto, con la mira puesta en “resucitar” a su maltrecha agrupación y pelear la Presidencia, la habían dejado avanzar sin exigirle nada: ni propuestas, ni convicciones, ni energía, ni carisma. Un discurso ambiguo y vacío parecía ser suficiente. Pero ahora, al contrastarla con otros aspirantes del menú, es indiscutible que no puede competir: no comunica tan bien como Fabricio Alvarado, no tiene la espuela de José María Figueres, ni la capacidad técnica de Rodrigo Chaves, ni la habilidad de Natalia Díaz. Esta aparición sin duda representa un parteaguas, y salvo alguna maniobra casi milagrosa, el inicio de una vertiginosa caída en la intención de voto.

19) Rodolfo Hernández: el Doctorcito podrá ser un hombre probo y un médico reconocido, pero como orador sigue siendo simplemente terrible. Lentísimo, proclive a desconcentrarse, y con dificultades para articular con claridad alguna propuesta, lució aún más fuera de forma que hace cuatro años. Está claro que, aunque sus objetivos son más modestos ahora (pueden reducirse a obtener una diputación), la exhibición ofrecida no da ni para pronosticarle ese éxito. ¿Se imaginan a este pobre señor en una curul?

20) Eduardo Cruickshank: nada digno de ser mencionado. Lució lento, predecible y apagado. Tampoco es que tenga una gran oferta programática o sea un candidato atractivo para algún segmento ciudadano; pero ya está más que claro que el éxito en el 2018 era un tema de candidato y no de partido.

21) Martín Chinchilla: su presencia no aportó gran cosa, salvo el sacar del baúl de los recuerdos a Pueblo Unido. Al igual que José María Villalta, luce muy mal cuando le recuerdan las simpatías expresas o implícitas con los regímenes despóticos de izquierda latinoamericana.

22) Roulan Jiménez: nos enteramos de que aspira a la Presidencia de la República y de que su pensamiento es socialdemócrata. Se expresa relativamente bien, pero su candidatura pareciera ser una solución a un problema que no existe.

23) Oscar Campos: su participación padece de un notable anacronismo: un chonete como el de Ottón Solís, una bandera como la del No al TLC del 2007, y un discurso sectorial de finales del siglo 20. La única forma de verse moderno y atractivo es discutiendo contra Jhon Vega.

24) Luis Alberto Cordero: un candidato cuya propuesta principal es el viejo cliché populista de convocar una Asamblea Constituyente. Ni siquiera llegamos a enterarnos para qué.

25) Walter Muñoz: en su sexta candidatura presidencial (a sabiendas de que probablemente sea el candidato menos votado como lo ha sido en cuatro de sus anteriores cinco campañas), no parece muy claro el objetivo que persigue. No despierta ninguna expectativa de triunfo y tampoco puede reelegirse en el Congreso, y eso se notó en el desgano con el que afrontó el debate. Sin duda la mala experiencia con Juan Diego Castro debe haberlo disuadido de abrir la posibilidad a otro candidato; pero habría sido infinitamente mejor tener a Pablo Barahona como aspirante presidencial, en vez de limitarlo a una curul por San José que probablemente no consiga. Penal botado.

Probablemente cada uno tendrá sus propias valoraciones al respecto. Lo importante es que, al ejercer el voto, esas valoraciones se traduzcan en un sufragio coherente y patriótico.

 

Robert F. Beers