May. 21, 2020

Liderazgo

Una de las condiciones de las que más se habla en la actualidad es el liderazgo. Lo oímos casi continuamente en boca de motivadores, empresarios, deportistas y (por supuesto) políticos. Todos buscan al próximo "líder", pero casi nadie sabe exactamente lo que está buscando.

No deja de ser irónico, sin embargo, que una cualidad tan mencionada (y mercadeada bajo el supuesto de que "cualquiera puede desarrollarla siguiendo estos cinco, siete o doce pasos"...) resulte ser tan escasa en nuestros días. Nuestra miseria en el tema se ha vuelto tan absoluta, que hay gente que confunde "liderazgo" con el mero hecho de salir en conferencias de prensa y publirreportajes de alquiler por más de tres días seguidos.

Esa idea mercadotécnica del liderazgo como "producto de consumo", a la disposición del que quiera ejercerlo o adquirirlo, lo ha despojado de su esencia: la humildad. Se ha convertido en una rareza la persona capaz de reconocer talento o virtudes especiales en los demás, o mucho menos inspirarlos a dar lo mejor de sí mismos. Y aunque decir esto parezca romántico, la cruda realidad es que su ausencia tiene consecuencias prácticas en la economía, la política y la sociedad misma. Hoy lo vemos.

No siempre ha sido así. Nuestra sociedad, con todo y sus proverbiales "serruchadas de piso", en un pasado no tan distante sabía reconocer en algunos de sus miembros una (o varias) cualidades cruciales que las hacían destacar, y en las cuales podía depositarse confianza y esperar resultados. A don Cleto González Víquez lo elevaron su claridad mental y su impecable rectitud; a don Ricardo Jiménez Oreamuno, su prodigiosa sagacidad y profunda intuición lo llevaron a ejercer una auténtica "dictadura intelectual". Un personaje como León Cortés parecía poco dotado para la política por su temperamento explosivo e inflexible, y sin embargo su ética, su habilidad como “operador político”, su afinidad con el "labriego sencillo" y su increíble capacidad de trabajo le permitieron construir una maquinaria política sin precedentes en la década de 1930, llegar a la Presidencia en 1936, y crecer aún más para convertirse en un líder casi legendario, sin parangón en nuestra historia previa, durante los años 40 y hasta su muerte. Un Calderón Guardia supo canalizar su sentido de lo social y su fervor personal para iniciar una profunda reforma. Un Otilio Ulate se forjó con su vigorosa pluma de comentarista, que constantemente daba voz al sentir de millares de ciudadanos, y su habilidad para despertar en ellos una conciencia heroica. Y la fórmula "tradicional" del valor en un campo de batalla consagraría a Juanito Mora o a Figueres Ferrer. Cada uno de ellos logró, en distinta forma, proyectarse sobre un grupo de personas que fue creciendo más y más, entusiasmarlas y lograr con ellas metas antaño imposibles. Ya habremos observado, sin embargo, que no se trata de condiciones hereditarias o dinásticas, ni tampoco supeditadas a un título académico (que varios de los citados nunca tuvieron).

En nuestros días, en cambio, no encontramos condiciones de este tipo en las figuras que hoy ejercen las mayores responsabilidades (fuera de los "superpoderes" que nos intenta "vender" la propaganda casi orwelliana del torpe oficialismo). Nos han intentado sobredimensionar la parte académica del asunto, y en cambio se le ha restado toda importancia a la capacidad de "conectarse" con los valores más esenciales de la ciudadanía y lograr su confianza... sin reparar en que ese estilo elitista quedó superado desde inicios del siglo pasado.

¿Qué es lo esencial, entonces? Primero, una meta, un objetivo, una esperanza. Cuando nos hemos sentido extraviados, seguimos a alguien que parezca saber dónde se encuentra y hacia dónde va. Eso proyecta seguridad. Nunca seguimos al titubeante o al estancado. En última instancia, no es líder el que quiere, sino el que avanza.

Luego, la capacidad de "invertir" en las personas. El liderazgo es servicio; el que lo desea, debe servir. Los ejemplos que hemos dado, como muchos más, parecían tener siempre algo que ofrecer a aquellas personas que les hacían el favor de escucharlos y seguirlos. Un instante de atención, un servicio, una salida ingeniosa, una enseñanza, una capacitación constante... Si un político o empresario deseara fracasar, el camino más rápido sería hacer sentir a su gente abandonada, defraudada o (peor aún) agredida.

Naturalmente, esa atención debe permitir un punto crucial: descubrir el potencial y el talento en otros. Una persona que sabe reconocer y estimular a los que tiene cerca, se gana su lealtad... y probablemente también coseche el reconocimiento de sus propias virtudes por parte de los demás. Se cosecha lo que se siembra. Quien se roba el mérito ajeno o humilla e ignora a los que lo rodean, los pierde; pero quien sabe animar, aplaudir y facilitar el éxito de otros, seguramente consiga que esos otros estén más dispuestos a esforzarse por hacerlo brillar a él.

La capacidad de comunicar se ha vuelto esencial, más que nunca. Podemos ver con facilidad cómo la deshonestidad e incapacidad para comunicar (y peor, para escuchar) causa auténticas crisis, tan graves como innecesarias. Líder es el que convence y entusiasma, nunca el que intimida o manipula.

La escucha, en especial, conlleva otro elemento de humildad: el reconocimiento de que las personas que nos rodean pueden tener una solución o una idea, incluso mejor que la propia. No estamos en los días de un César, un Lenin o un Mussolini que se "autoperciban" como los que todo lo saben y todo lo pueden resolver por sí solos. Bien se dice que "si quieres ir rápido, hazlo solo; pero si quieres ir lejos, hazlo en equipo".

El entusiasmo, el ejemplo y la constancia son las marcas de un sano liderazgo. Las metas comunes y la gratitud suelen dar paso al primero; pero el segundo es el que verdaderamente electriza e inspira a nuestros semejantes. Y el tercero, ese ingrediente tan difícil de hallar, es en realidad el que impone la diferencia entre un brillo momentáneo y una escalada hacia la cima.