Sep. 28, 2019

Paul R. Ehrlich: el primer profeta del apocalipsis progre

A través de la historia de la Humanidad, han surgido y desaparecido todo tipo de sectas "apocalípticas" en las más disímiles culturas. Sea el cuasisocialista Templo del Pueblo en Guyana, la masacre del Nuevo Milenio en Uganda, los Aum Shinrikyo en Japón, la Orden del Templo Solar en Suiza, los narcosanteros asesinos de México, o los que esperaban ser recogidos por los extraterrestres en California, todos esos grupúsculos comparten ciertas características: un delirio de superioridad intelectual (sus miembros se consideran a sí mismos "privilegiados" con un conocimiento vedado a los demás mortales), la obsesión con un inminente "fin del mundo" (que puede ocurrir en cualquier formato), una interpretación desorbitada de teorías científicas, políticas o religiosas, una rigidez ideológica de corte totalitario, y por supuesto, un ímpetu autodestructivo que los conduce, ya sea a suicidios en masa, o a dañar y asesinar a sus semejantes.

Ante semejante historial, no deja de resultar sorprendente que, en algunos círculos del mal llamado "progresismo" posmoderno (el cual, según analizamos en otro artículo, de progresismo no tiene nada y sí mucho de sensiblería y manipulación), el discurso y la praxis se asimilen tanto a las de una secta apocalíptica. En efecto, es muy frecuente encontrar la pretensión de supremacía intelectual, las ínfulas totalitarias, y más aún el desbocamiento ideológico. Incluso podría debatirse si su agenda política es esencialmente autodestructiva. Pero en las últimas semanas ha resurgido, por enésima vez, el rasgo más revelador: la insistencia en un próximo "fin del mundo", a partir de su histriónica interpretación de conclusiones científicas enunciadas de forma más seria y cauta por sus autores originales. El apocalipsis progre, como ya habremos adivinado, es el colapso ecológico de la Tierra.

Lo curioso es que, aunque buena parte de la generación post-"millenial" no pareciera saberlo, el apocalipsis ecológico se ha venido anunciando con regularidad desde hace más de 50 años.

En 1968, mientras la Universidad de Berkeley (California, EEUU) se convertía en la cuna de la "nueva izquierda" bajo la impronta de personajes como Foucault, Marcuse y demás familiares de la "escuela de Frankfurt", aparecía en escena un entomólogo de la vecina Universidad de Stanford llamado Paul R. Ehrlich (no hay que confundirlo con el médico alemán del mismo nombre que ganó décadas antes el Nóbel de Medicina por crear la quimioterapia). Este entomólogo publicaba ese año un libro que marcaría el inicio de la corriente "apocalíptica progresista" e inspiraría a una legión de "profetas" sucesores: "The Population Bomb". En sus páginas se atrevía a lanzar una sensacional afirmación: en el mundo había demasiados seres humanos. Según afirmaba, la Humanidad crecía a un ritmo tan desenfrenado, que en unos diez o veinte años como máximo se agotaría la capacidad del planeta Tierra para sustentar a tanta gente (esta idea, por supuesto, no era nada original ni novedosa, pues ya la había enunciado Thomas Malthus a finales del siglo 18).

En la visión de Ehrlich, el mundo entero sería instantáneamente plagado por hambrunas generalizadas, epidemias incontrolables, extinción masiva de otras especies, y todo tipo de caos sociopolítico. Y desde luego, la única manera de mitigar o retardar esa terrible posibilidad debía ser, por supuesto, eliminar paulatinamente la sobrepoblación.

Aunque sus conceptos no eran nuevos, su manera sensacionalista de plantearlos, su condición de académico destacado y su habilidad mediática le imprimieron credibilidad a sus afirmaciones y convirtieron el libro en un éxito de masas. Pero el texto rebasaba los cánones de la mera constatación y divulgación científica. El objetivo de su autor era otro. Aunque se basó en argumentos extraídos de la ciencia, y se mercadeó como tal, “The Population Bomb” tiene el carácter y la estructura de un manifiesto ideológico, dirigido a movilizar una respuesta emocional (miedo, ira, angustia) y obtener una reacción calculada. Culmina prescribiendo las políticas públicas que deben implementarse para evitar la anunciada debacle, y dirigiendo a sus lectores un llamado completamente emotivo a involucrarse y articularse en torno a su agenda política. ¿Nos resulta conocido?

Y aún no hemos entrado al contenido de la agenda política de Ehrlich:

  1. Acceso ilimitado a métodos anticonceptivos.
  2. Aborto sin restricciones.
  3. Incentivos a la esterilización de adultos en edad reproductiva.
  4. Castigos económicos a las familias con más niños (ej. impuestos).
  5. Cooptación del sistema educativo para adoctrinar a las generaciones futuras sobre los “peligros de la sobrepoblación” y promover prácticas sexuales no reproductivas.
  6. Patrocinio económico para promover el mismo tipo de políticas a nivel mundial, a través de organizaciones internacionales, grupos de presión y medios de comunicación.
  7. Utilización del poder político y económico de los países más desarrollados y organismos internacionales para imponer a las demás naciones esta agenda (ej. endeudamiento, préstamos condicionados).
  8. Implementación forzosa de estas políticas si los medios voluntarios no dan rápidamente el resultado deseado.

Claro que debe sonarnos muy conocido...

Cualquier observador sagaz debe notar dos aspectos cruciales en esta agenda ideológica. El primero, por supuesto, es que se trata de una prescripción de alcances globales. Las acciones propuestas no pueden tener el efecto ofrecido si sólo son implantadas en países aislados. La visión de Ehrlich es de escala planetaria, y su implementación exige alguna clase de control en esa misma escala, es decir, mundial. La presión debe ejercerse para que, uno a uno, todos los países vayan quedando "alineados" en el marco de las prescripciones del "profeta". 

El segundo aspecto es aún más delicado. La meta suprema de “reducir el crecimiento de la población” se convierte en el centro y fin de toda actuación del poder político, desplazando la dignidad humana. En palabras de Robert de Neufville, Director de Comunicaciones del Global Catastrophic Risk Institute, este pensamiento equivale en realidad a afirmar que la “salvación de la Humanidad requiere del genocidio preventivo”. Se trata en esencia, por su forma y por su fondo, de un totalitarismo global.

No se trata de ninguna "teoría de la conspiración". Los documentos están allí, ante nuestros ojos, son de carácter público y tienen la firma de sus autores; y es sencillo constatar cuánta influencia han tenido en la política mundial. Esa influencia creció rápidamente: apenas unos años después del libro de Ehrlich, el Club de Roma (una elitista organización de magnates, políticos y académicos) publicaba su primer informe, que prácticamente coincidía con la tesitura de aquel autor, y luego un segundo documento en el que calificaba de "cáncer" a la especie humana (símil que ya había utilizado Ehrlich, por supuesto), anticipando que el agotamiento de los recursos naturales sucedería a mediados de la década de 1980 y recomendando acciones no muy distintas de las prescritas por el antecesor. Por cierto, el Club continúa publicando informes cuarenta años después, y es hasta nuestros días una entidad que aporta frecuente asesoría a las Naciones Unidas en temas ambientales. No debemos sorprendernos, en consecuencia, de oír personeros de estas entidades internacionales hablando regularmente de la "necesidad" de "despoblar el planeta" (lo dijo, por ejemplo, ni más ni menos que la costarricense Christiana Figueres) o anunciando, otra vez, terribles catástrofes en plazos cortos si no se implementan medidas drásticas (la retórica de Al Gore en la década pasada, y la de Alexandra Ocasio-Cortez y Greta Thunberg en nuestros días, con esta última afirmando explícitamente que buscaba hacernos "entrar en pánico"): todos en plan de sucesores del "profeta" Ehrlich.

Por cierto, aunque Ehrlich y los de su línea se nos muestran muy preocupados por el exceso de población, no parecen nunca considerarse a sí mismos parte del "sobrante". Por lo visto los que sobran son otros, no ellos. El propio Ehrlich aún vive en California, a sus 87 años, e insiste aún en la "corrección" de sus pronósticos apocalípticos. Indudablemente debe satisfacerle que, a pesar de las muchas refutaciones recibidas en estos últimos 50 años, sus conceptos y predicciones encuentren hoy tanto eco en medios de comunicación y en labios de activistas políticos "progres".

La naturaleza misma de este pronosticado apocalipsis progre, sin embargo, ha variado también. Hasta la década de 1980, la mayoría de la literatura sobre la hecatombe ambiental anticipaba una "nueva Edad de Hielo", es decir, una disminución catastrófica de las temperaturas del orbe, causada por la contaminación atmosférica; pero al constatarse más bien que había una tendencia al alza, el discurso cambió casi instantáneamente para convertirse en el que todos hemos oído ya, acerca del "calentamiento global".

Antes de que los adeptos del "progresismo" posmoderno se apresuren a entender lo que ellos quieren y no lo que está escrito en este artículo, les haremos el favor de aclararles que la preocupación por mantener un ambiente equilibrado y sano es una genuina finalidad que debe perseguir una República, en el marco del interés general de sus habitantes. Lo que no es aceptable, sin embargo, es valerse de este interés genuino para generar estados de alarma que sirvan de justificante a medidas de carácter totalitario, genocida y solapadamente racista, como las promovidas por Ehrlich, máxime cuando el transcurso de tantas décadas sin que ocurran los anunciados "fines del mundo" los haya desacreditado una y otra vez.

Ya hemos visto muchas veces en la Historia lo que sucede cuando un objetivo ideológico se sobrepone al respeto de la individualidad humana, y cuando se apela a la emoción y al lenguaje de la “emergencia apremiante” para debilitar la resistencia. Por más que se disimule, o que se busquen medios formalmente “legítimos” para implementarla, estamos ante una agenda cuya vocación, naturaleza y fondo son irremediablemente totalitarios. Ante un problema real, es indispensable actuar por vías legítimas, y no mediante manipulaciones y sectarismos que sólo desacreditan el objetivo y despiertan suspicacias. Después de todo, nunca se ha sabido que las actitudes totalitarias ni las sectas apocalípticas (aunque sean políticas) hayan tenido un final positivo.

Robert F. Beers

Síganos en Facebook: RBeersCR

Síganos en Twitter: RobertFBeersCR