Dec. 14, 2018

República o Finca

Cualquiera que haya llevado en sus brazos una bandeja de bebidas durante una fiesta, sabe que es el peor momento para tropezar con un mueble. Así de “oportunos” para el oficialismo los acontecimientos de la última semana. Para sacarlos del momentáneo “Charlie Time” que acompañó la aprobación del proyecto fiscal (y de la insólita muestra de júbilo de la élite pretilera ante la perspectiva de pagar más por todo), se les juntó la muy esperada renuncia de Epsy Campbell a la Cancillería con el nombramiento de una nueva Defensora de los Habitantes que resultaba ser la que más adversaba el PAC.

Ya fue de por sí extraño el “procedimiento” seguido por Campbell para irse: en lugar de enviarle una nota escrita al Presidente—que es el que la nombró—y organizar una conferencia de prensa, se presentó en cambio ante el hostil y perplejo Plenario legislativo, a insinuar que todos sus actos eran no sólo correctos, sino admirables (lo cual, visto el informe de la Procuraduría al respecto, viene a ser tan creíble como la vez que el Expresidente Solís Rivera calificó de “heroico” el inepto manejo fiscal de su Gobierno). A estas horas no sabemos exactamente cuál era la pretensión de la hoy Ex Ministra, como no fuese la de provocar a la oposición, armar un circo y luego—posiblemente—asumir de nuevo su acostumbrada pose de víctima perseguida. ¿O sería que se confundió, y olvidó que nuestro país es una República de tipo presidencialista?

La confusión, claro está, se contagió a las filas del oficialismo. ¿Y cuál fue su reacción? La de costumbre, la del boxeador arrinconado y desesperado ante una paliza: lanzar golpes a tontas y a locas. La diputada gobiernista Paola Vega, acudiendo al trillado recurso de desviar la atención arreándole a Fabricio Alvarado—quien desde la llanura había pedido la renuncia de Campbell, como tantos otros ciudadanos—; su compañero Enrique Sánchez, afirmando en el Plenario que su ideal de Defensor de los Habitantes era alguien como Leonardo Garnier—obviando las lamentables credenciales de bullying cibernético, público desprecio por la libertad de culto, y reciente circulación de noticias falsas para politizar malignamente un horrendo crimen—. Y la cereza en el pastel: la hija de la (todavía) Vicepresidente, lanzando desde el extranjero denuestos a nuestro país y tildándolo despectivamente de “finca”.

Este último detalle merece más atención. No parece ser la expresión aislada y colérica de quien teniendo las manos cargadas pega el dedo gordo del pie contra el mueble más pesado de la casa, sino algo mucho más profundo: una vislumbre de cierta actitud, muy enquistada en el partido gobiernista y especialmente en sus miembros de menos edad—los “hipsters” que piensan que el Big Bang ocurrió el día que ellos sacaron la cédula, y desconocen hasta la historia política reciente, incluida la de su propia agrupación—.

Es la misma actitud de la Presidente de la Juventud PAC (curiosamente, otra hija de mamá Vicepresidente), tan habituada a la crudeza verbal que se ganó una suspensión disciplinaria a las pocas semanas de trabajar como asesora de Paola Vega en el Congreso. La misma con la que los miembros de dicho órgano partidario pretendieron que se prohibiese al diputado Welmer Ramos referirse a ciertos temas (otro síntoma de totalitarismo), y con la que también manifestaron, allá por el año 2015, que su posición como partido de Gobierno debía utilizarse para beneficio propio (posiblemente la única promesa que han procurado cumplir al pie de la letra). También la de Jonathan Mauri reclamando su exorbitante premio, la de las Viceministras que se sentían dignas de un sobresueldo aunque no llenaran los requisitos… Es, en resumen, la actitud de una élite prepotente y altanera, que ve a la Patria simplemente como una “finca” de su propiedad, y a sus compatriotas como meros “peones” que trabajan para la comodidad de ellos.

Si algo representa todo lo contrario de los valores de la República, es precisamente esa actitud decadente y despectiva hacia la Patria.

Donde la República plantea el imperio de la ley, los “dueños de la finca” creen que pueden olvidarla cuando les conviene, y alegar que “siempre se ha hecho así” (aunque lo criticaran antes).

Donde la República plantea que todos los ciudadanos somos iguales ante la ley, los “dueños de la finca” piensan que los frutos son sólo para ellos y para sus amigos favoritos. Y son capaces de afirmar que sólo la élite de los títulos tiene derecho a gobernar, y que las personas que ejerzan su libertad religiosa son seres estúpidos que no deberían opinar ni participar en nada.

Donde la República plantea que el poder debe ejercerse en beneficio del bienestar general y los intereses de la comunidad nacional, los “dueños de la finca” extorsionan atrozmente a sus “peones”, les atrasan el jornal, los insultan y les niegan incluso el socorro ante los robos y asesinatos; pero para sentirse muy bondadosos invitan a instalarse en su “finca” a una multitud de precaristas, a quienes los “peones” tienen prohibidísimo mirar siquiera con recelo.

Donde la República plantea la soberanía del pueblo, los “dueños de la finca” se inventan la forma de ignorarlo, acudiendo a sus “compadres” para que ellos “los obliguen” a hipotecarles hasta la forma de pensar a sus “peones”.

Donde la República plantea que el poder debe ser dividido y limitado para evitar abusos contra la ciudadanía, los “dueños de la finca” parecen olvidar que ellos, en vez de dueños, son meros capataces y administradores, y que los verdaderos “dueños” son precisamente esos a los que con tanto desprecio miran como “peones”.

En fin… la de Tanisha no fue más que una espontánea y cándida confesión. Pues está visto que, en muchos de quienes hoy nos gobiernan, la mentalidad de “finca” está mucho más arraigada de lo que se piensa. Aún quedan, sin embargo, algunos vestigios de la sólida y gloriosa República que alguna vez pretendimos ser; y sobre ellos tenemos, como generación, el reto de reedificarla y fortalecerla. ¿República o finca? La decisión aún es nuestra. No esperemos a que deje de serlo.

Robert F. Beers

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