Jul. 25, 2018

Partido de Nicoya: Anexión sin Confusión

Al son de las infaltables marimbas, con el destello colorido de los característicos trajes, y con la usual presencia de las autoridades políticas, se conmemoran 194 años de una memorable decisión: dos de los tres ayuntamientos (o municipios, en la nomenclatura actual) que conformaban el denominado "Partido de Nicoya" resolvieron proclamar su incorporación a Costa Rica.

Desde los tiempos coloniales españoles y hasta esa fecha, este territorio se había manejado con relativa autonomía; sin embargo, por sus dimensiones y la escasez de población, resultaba inviable como entidad provincial o estatal separada. Ya se habían percatado de ello sus habitantes, al ser reunidos con Costa Rica a efecto de tener suficientes electores para designar un diputado ante las Cortes de Cádiz en 1812. Y una vez alcanzada la Independencia, al conformarse la efímera Federación Centroamericana, las autoridades costarricenses enviaron a los ayuntamientos de Nicoya, Santa Cruz y Guanacaste (hoy Liberia) una invitación a incorporarse en definitiva al naciente Estado de Costa Rica. La decisión de responder afirmativamente, adoptada por Nicoya y Santa Cruz, es lo que se conoce desde 1848 como "la Anexión", término con el que se denomina este hecho en documentos oficiales, himnos e incluso el Hospital de Nicoya. Valga el párrafo para aclarar, además, que Bagaces, Tilarán, Cañas y Abangares siempre fueron territorio costarricense.

Curiosamente, el ayuntamiento de Guanacaste no aceptó inicialmente ser incorporado a Costa Rica, aspecto que se zanjó con un decreto del Gobierno Federal de Centroamérica que así lo confirmó a inicios de 1825.

El recuento de los hechos, empero, carece de sentido si no se aprende nada de ellos. Acumular datos y fechas en la mollera, no da para mucho más que el bien merecido escarnio que suele dirigirse a quienes, llegando a la notoriedad posando de sabelotodos, derrochando títulos y presumiendo de supuestos conocimientos, en la práctica demuestran carecer de ellos... y encima se dan el tupé de definir al "ignorante" como "todo aquel que no sea lamesuelas incondicional de la agenda del poder de turno".

Lo que se debe rescatar no es el hecho, ni mucho menos su nomenclatura. Es algo mucho más profundo e inmaterial: el Espíritu de la Anexión.

¿Cuál es ese espíritu? Lo veremos enseguida:

1) De la Patria por nuestra voluntad: desde su mismo nacimiento, el Estado costarricense se fundó en un profundo respeto por los valores, principios y anhelos de sus habitantes. Sin este compromiso eterno, tanto el Partido de Nicoya como la incipiente Costa Rica habrían perdido la oportunidad de sumarse para crecer juntos. No cabe, ni hoy ni nunca, quebrantar ese respeto ni valerse del poder público para lesionar el interés general, pretendiendo sustituir esos valores esenciales por las agendas momentáneas de élites decadentes y desapegadas de su Patria o al servicio de intereses foráneos.

2) Identidad nacional: la incorporación de la bajura nicoyana sumó al país mucho más que miles de kilómetros cuadrados, playas celestiales o productivas haciendas. La mayor riqueza de los nuevos territorios estaba (y sigue estando) en su gente, su pasión por el trabajo duro y su tenacidad, y en el inigualable acervo folclórico que iba a aportar a la nación costarricense, de la que pasó a ser símbolo. El folclor bajureño se convirtió en parte indispensable de la identidad costarricense, y contribuyó a fortalecerla a tal punto, que las tentativas que hoy se hacen por diluir esta identidad son una afrenta directa a los valerosos guanacastecos.

3) Determinación y carácter: Al aceptar la invitación de las autoridades costarricenses, los habitantes de Nicoya y Santa Cruz sabían que no se trataba de una decisión oportunista o coyuntural. Estuvieron dispuestos a hacer valer su decisión frente a quien fuera. Y así lo hicieron en muchos momentos de nuestra historia, hombro a hombro con los demás costarricenses, que repelieron reiteradas invasiones desde el exterior (las dos batallas de la Hacienda Santa Rosa, en 1856 y 1955, son fieles testimonios de ese carácter).

¿Nos hará falta echar mano de esa misma determinación y carácter para hacer renacer nuestro vigor como nación? Mientras vemos hoy el lamentable estado de descomposición social y política que embarga a nuestra amada nación, hoy vale recordar cuánto hemos retrocedido. Y, sobre todo, cuánta falta nos hace para la restauración de nuestro decaído país, retomar tanto "el alma de Iberia" como el "altivo valor chorotega".

Robert F. Beers

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