Dec. 7, 2016

El día que la Armada Japonesa incendió Costa Rica

Diciembre de 1941. Hace 75 años. En Costa Rica comenzaban a correr los vientos alisios y a respirarse el aroma a tamal. Por la radio y los periódicos se seguían los acontecimientos de la monstruosa guerra europea: bajo el incipiente invierno ruso, las tropas de Hitler, después de haber pisoteado Francia y marchado por la antigua Atenas, amenazaban Moscú. Como ahora, Bagaces intentaba recuperarse de un desastre natural: en aquella oportunidad, se trató de una serie de temblores que causaron daños en casi todas las 100 viviendas del poblado. Y el Presidente Calderón Guardia, entre tanto, aprovechaba el fin de semana para visitar el retirado cantón de Pérez Zeledón.

El resto del país, empero, estaba lejos de vivir en el bucólico Edén de rutina edulcorada que—por lo general con un fondo de música simpática—suelen presentarnos los documentales televisados. ¡Todo lo contrario!

Apenas veinte años antes, Costa Rica había logrado al fin librarse de la dictadura militar de los hermanos Tinoco. Y las heridas dejadas por aquel oscuro capítulo de nuestra historia no sanaban fácilmente, a pesar de que nuestra clase gobernante pretendiese—como de costumbre—simular que aquí no había pasado nada. En la superficie regía el “perdón y olvido” de Julio Acosta, o bien el remozado patriarcalismo de Ricardo Jiménez Oreamuno y Cleto González Víquez turnándose cíclicamente la Presidencia; pero entre la ciudadanía bullía aún cierta amargura reprimida por los ultrajes sufridos, y un recelo creciente hacia la vieja élite liberal a la que muchos responsabilizaban de lo ocurrido o, incluso, de haber sido cómplices de la tiranía—sensación acrecentada por ese esfuerzo por forzar artificialmente el olvido.

Para 1941 llevábamos entonces unos dos decenios de tensión política y social latente, que había tenido expresiones ocasionales a lo largo de aquel periodo, y que se había venido agudizando bajo la impronta de los extremos ideológicos a la sazón de moda (el comunismo y el nazismo).

Y por supuesto, el Presidente Calderón Guardia lo sabía muy bien. Después de todo, era un hombre inteligente, preparado, e increíblemente astuto.

Sabía, por ejemplo, que al cabo de casi dos años de Gobierno, se estaba quedando sin apoyos políticos. La vieja oligarquía liberal—que lo había impulsado a ser electo prácticamente sin oposición en 1940—le daba ya la espalda y comenzaba a aglutinarse alrededor de su archienemigo el Expresidente León Cortés (1936-1940): conservador, nacionalista y autoritario, pero dueño de gran popularidad.

Y por añadidura, existía en ciertos sectores de la opinión pública la percepción de que la elección del Dr. Calderón Guardia como Mandatario había sido el “caballo de Troya” para permitir el largamente temido retorno al poder de ciertos elementos del tinoquismo.

En fin… para que estallase al fin el incendio que por tanto tiempo se había estado gestando en nuestro país, era cuestión de que alguien, en alguna parte, saliera con un “domingo siete”.

Y ese trágico “domingo siete” finalmente llegó… desde Japón.

Al amanecer del domingo 7 de diciembre, seis portaaviones de la Armada Imperial Japonesa desencadenaban el tremebundo ataque a la flota estadounidense anclada en la rada de Pearl Harbor, en medio del Océano Pacífico—nombre que había de volverse irónico a partir de aquella hora—, destruyendo cinco acorazados, tres cruceros, tres destructores y casi 200 aviones, y causando más de 2.400 muertos. Pocas horas más tarde, el mundo entero comenzaba a enterarse de la agresión… incluyendo al Presidente Calderón Guardia allá en la lejanía del Valle de El General.

El Mandatario costarricense voló de regreso a la capital, y al momento de aterrizar, tenía muy clara su decisión: gestionaría ante el Congreso la inmediata declaración de guerra contra el Imperio del Japón.

Hoy se enseña este episodio como algo anecdótico y casi chistoso: ¡Costa Rica le declaró la guerra a Japón! Incluso se afirma, no sin sorna, que fue el primer país de América en entrar a la Segunda Guerra Mundial (dato inexacto, pues Canadá le había declarado la guerra a Alemania desde el 10 de setiembre de 1939). Pero en aquel momento, las implicaciones de aquel acto no eran cosa de broma.

Y el Presidente lo comprendió desde el primer momento. ¡Era una gran oportunidad para salir del marasmo político y recobrar—o incluso ampliar—su libertad de acción!

Porque la declaratoria de guerra no solamente representaba un gesto de simpatía capaz de asegurarle un apoyo externo indispensable, el de Washington. También le permitía, en busca de un apoyo interno aún más urgente, asumir un riesgo político inédito hasta entonces: buscar un acercamiento con el Partido Comunista. Después de todo, era la Unión Soviética la que se batía más heroicamente contra la maquinaria bélica de Hitler…

Y así fue como Costa Rica se convirtió, eso sí, en el primer país de América en el cual el comunismo logró formar parte de un Gobierno.

Durante los dos años siguientes, y gracias en parte a esa alianza y al apoyo que le brindó la Iglesia Católica, se avanzó mucho en cuanto a la legislación social. Se emitió el Código de Trabajo y se incluyó en la Constitución el capítulo de Garantías Sociales, además de la creación de la Caja Costarricense del Seguro Social. Pero los comunistas no solo trajeron al Gobierno sus preocupaciones por la justicia social… sino también una vocación totalitaria heredada de Stalin, un pleno desprecio por quienes no comulgasen con su ideología, y una absoluta falta de escrúpulos en cuanto al uso de la agresión verbal y física como arma política.

(Dicho sea de paso: quienes hoy hinchan el pecho para declararse “herederos” de la tradición comunista costarricense, harían bien en ser honestos y reivindicar la totalidad de esa herencia).

Pero la implantación de un “estado de guerra” también aparejaba algo más… como ya lo había comprobado Federico Tinoco en 1918. Significaba la ley marcial y la suspensión de las garantías individuales mientras durase el conflicto.

¿Y eso, qué implicaciones podía tener? Seamos muy claros: los costarricenses de hoy no tenemos ni idea de lo que significa una suspensión de garantías. Llevamos prácticamente tres generaciones que jamás han experimentado una (la última se produjo en enero de 1955 como resultado de una invasión desde Nicaragua). Estamos tan acostumbrados a gozar de nuestros derechos republicanos, que ni siquiera podemos concebir que estos puedan sernos arrebatados.

Ahora bien, hagamos el esfuerzo por imaginarlo. Pensemos en una Costa Rica sin libertad de expresión. Ni de tránsito. Ni de reunión. Un país en el que las manifestaciones de desacuerdo con el Gobierno de turno sean interpretadas como traición. Vivir bajo el temor de ser detenidos y encarcelados en plena calle, o en nuestras propias casas, de un momento a otro, sin motivo aparente. Escribir una carta o hacer una llamada telefónica a sabiendas de que nuestras comunicaciones pueden estar siendo violadas por el Gobierno.

Espeluznante, ¿verdad? Pues así se vivió en Costa Rica a partir de ese “domingo siete” y durante casi toda la década de 1940. Aunque los libros de historia “oficial” ni se atrevan a mencionarlo.

Dicho de otra manera, los torpedos y las bombas arrojadas por la Armada Imperial Japonesa sobre Pearl Harbor tuvieron un efecto que el almirante Yamamoto ni siquiera debió haber imaginado al dar la orden de ataque: rompieron el frágil equilibrio político en que vivía Costa Rica desde 1919, y le dieron al Gobierno la irrepetible oportunidad de acaparar poderes que, ejercidos a discreción por sus aliados comunistas, pudieron ser dirigidos impunemente contra la feroz oposición.

¿Cómo podría organizarse, por ejemplo, una campaña política bajo semejantes condiciones? ¿Con cuál libertad podrían los adversarios del Gobierno hacer valer sus posiciones sin ser acusados de simpatizar con el enemigo?

Las elecciones legislativas de 1942 se realizaron con las garantías suspendidas.

Las elecciones presidenciales de 1944 también.

Y en estas últimas, no sólo hubo que contar votos, sino cadáveres.

En resumen, puede decirse que el 7 de diciembre de 1941, al iniciar el bombardeo de Pearl Harbor, la Armada Imperial Japonesa no solo incendió los acorazados y cruceros de la flota de los Estados Unidos. También encendió una hoguera en la lejana e insignificante Costa Rica, que a partir de ese fatídico domingo, hace 75 años, comenzó la inexorable espiral de agresiones, rencores y revanchas que iba a terminar en la Guerra Civil de 1948.

Es importante conocer la historia en toda su crudeza, sin adornos ni distorsiones. Al decir de George Santayana, ignorarla es condenarse a repetirla.

Robert F. Beers

Síganos en Facebook: Factores+