Oct. 26, 2016

Los Inevitables, o el Sindrome de Goliat

Mario Vargas Llosa en 1990. Oscar Arias en 2006. Andrés Manuel López Obrador en 2006. Hillary Clinton en 2008. John Ellis “Jeb” Bush en 2015. De nuevo Hillary Clinton en 2016. ¿Qué tienen en común estas figuras políticas?

Todos ellos, claro está, han sido candidatos a la Presidencia de sus respectivos países. Han representado las más variopintas corrientes políticas, desde el neosocialismo de López Obrador hasta el ultracapitalismo de Vargas Llosa, pasando por Hillary Clinton como la encarnación del “statu quo”. Pero lo particular es que ninguno de ellos ha sido un aspirante común. Ni siquiera se han conformado con la etiqueta de simples  “favoritos”. No; ellos han formado parte de una élite todavía más selecta.

Los Inevitables.

Esta peculiar casta de políticos “fuera de serie” tiene una singular característica: “ganar” las elecciones desde muchos meses o años antes de que se produzcan, y sin que para ello les haga falta recibir un solo voto. Les resulta más que suficiente el aura de superioridad casi mítica que proyectan, tan grande que enfrentarse a ellos parece una quimera, y efectuar las elecciones se vuelve casi absurdo.

Excepto que, a la hora de la verdad, no las ganan.

O, cuando mucho, obtienen una “victoria” pírrica, más digna de angustia que de festejo.

Veamos los hechos: de todos los nombres que hemos citado, solamente uno (Oscar Arias en 2006) obtuvo efectivamente la Presidencia. Aunque la consiguió de una forma tan agónica, que atrajo un mordaz comentario del Expresidente Calderón Fournier: “debe ser difícil explicar por qué es el presidente que ha sido elegido con el porcentaje más bajo de los últimos 60 años, cuando por varios años planteó que su reelección nacía de un clamor popular”.

Añadía Calderón que “por muchos meses se nos hizo creer que el triunfo de Liberación era inobjetable y contundente; el mismo don Óscar parece haberlo creído así”. La realidad, empero, resultó muy distinta: Arias apenas obtuvo un punto porcentual más que su principal oponente Ottón Solís, y eludió una fatídica segunda ronda apenas por el 0,9% de los votos. Vale decir, sin embargo, que comparado con los demás “inevitables”, Arias salió bastante bien librado.

Mucho mejor que Vargas Llosa, por ejemplo. El “inevitable” Presidente de Perú obtuvo una votación inesperadamente baja en la primera ronda electoral de 1990, y fue aplastado rotundamente en la segunda… por un “desconocido” llamado Alberto Fujimori.

Andrés Manuel López Obrador, el “inevitable” Presidente de México, resultó también derrotado por una ínfima diferencia frente al “insípido” Felipe Calderón, sin que le valieran para revertir el marcador sus marchas de protesta, solicitudes de recuento o “investidura simbólica”.

Hillary Clinton, la “inevitable” Presidenta en ciernes para los Estados Unidos, ingresó a la primaria de 2008 para cumplir con la formalidad de hacerse ungir candidata… y no exactamente para servirle de trampolín a otro “desconocido”, un cierto senador debutante de Illinois llamado Barack Obama.

Jeb Bush, el “inevitable” nominado dinástico del Partido Republicano, se hizo de rogar por varios meses antes de dar su previsible salto a la palestra… para acabar ridiculizado dentro y fuera de las urnas por el circo del deslenguado Donald Trump, alguien que, sin ser exactamente un “desconocido”, sí resultaba un volátil neófito político.

De nuevo Hillary Clinton, “inevitable” por segunda vez, sufrió horrores durante la primera mitad de 2016 para deshacerse de un nuevo “desconocido”, el senador Bernie Sanders, de quien no habría podido librarse sin el providencial “empujoncito” del Comité Central de su partido. Y aún ahora, pese al rabioso esfuerzo de Trump por autodestruirse, el esperando triunfo del próximo 8 de noviembre no es tan seguro como ella y su círculo quisieran creer.

Claramente, la etiqueta de “inevitable” no está resultando ser particularmente precisa en términos electorales. Y sin embargo, una y otra vez nos encontramos con un nuevo “inevitable”, ungido y proclamado como ganador con años de anticipación…

Ahora bien, ¿por qué fracasan los “inevitables”? ¿Cómo se explican estos resultados tan decididamente negativos? Exploraremos enseguida algunos de los factores que pueden arrojar alguna luz sobre este fenómeno.

I. El Síndrome de Goliat

Pareciera, en primer lugar, que el mayor tropiezo de los “inevitables” suele ser su propia personalidad. Los “inevitables” rara vez son personas cálidas y atrayentes. Todo lo contrario: suelen proyectar una imagen fría, distante, rígida, incluso altanera. Y por lo general, polarizante, con posturas políticas inflexibles sobre las que rehúye siquiera debatir. “Tómame o déjame”, diría Mocedades. Naturalmente, este tipo de personajes suele generar también muchos “anticuerpos” y una gran resistencia. Ninguna de estas características, por supuesto, es especialmente recomendable para alguien con aspiraciones electorales. ¿Cómo contrarrestar esa debilidad?

La recomendación en boga parece ser una sola: ponerse la “armadura” de la inevitabilidad. Es decir, construir en torno de sí mismos el mito ideal para disfrazar las flaquezas. A la manera del bíblico Goliat, la estrategia consiste en lucir como un gigante armado, musculoso y acorazado, tan intimidante que los posibles competidores simplemente sientan terror de enfrentarlo. De este modo, no necesitan ser carismáticos o despertar entusiasmo alguno: les basta, o eso parecen creer, con crear la sensación de que desafiarlos es una lucha perdida.

Aquí es donde les viene a la perfección la rara unanimidad que provocan en los medios de prensa y entre los no menos importantes financistas privados (los “poderes fácticos” o “grupos de presión” de los que tantas veces hemos hablado). Y—acaso como producto de lo anterior—la aparición casi constante de encuestas y sondeos que invariablemente les atribuyen niveles épicos de apoyo. Pueden entonces, como Goliat, enfrentarse a cien rivales a la vez, y parecen de hecho preferirlo así (“divide y vencerás”, diría Maquiavelo).

¿Cuál es el problema? Que en el fondo toda esta parafernalia casi nunca resulta creíble. Después de todo, al pregonar a un candidato como el “inevitable”, implícitamente se está admitiendo su mayor debilidad: el hecho de que muchos preferirían evitarlo si tuvieran la posibilidad. Se pretende arrinconar al electorado negándosela de antemano.

Y aquí es donde fallan los cálculos: ante la intimidante presencia de ese Goliat… siempre termina por aparecer un David.

Un David en apariencia desarmado e inofensivo, al que el gigante apenas presta atención brevemente para dirigirle alguna frase despectiva. Pero que, a pesar de todo, parece decidido a enfrentarlo. Después de todo, no tiene nada que perder. El de las expectativas es el otro.

Ese David no ve a su rival como un gigante invencible. Lo ve como un blanco tan grande que es imposible no pegarle de lleno. Y el electorado, en presencia de esa lucha desigual, de pronto advierte que sus simpatías están con el “débil” y no con el “inevitable”.

Y ya sabemos cómo termina esa historia. Con una magna pedrada en la frente de Goliat.

II. El sesgo de lo “socialmente aceptable”

Señalábamos en el apartado anterior que los “inevitables” suelen ocasionar una inusual unanimidad dentro de los “poderes fácticos”, en especial los sectores económicamente poderosos y los medios de comunicación. Además, suelen ser figuras ampliamente reconocibles por la mayor parte de la población. Esto, naturalmente, desemboca en otra distorsión de la realidad política: el que la literatura política estadounidense denomina “sesgo de lo socialmente deseable” (“social desirability bias”).

En pocas palabras, la teoría plantea que el expresar apoyo a un determinado tipo de candidato se convierte casi en un símbolo de “status”, un requisito para una mejor aceptación social, mientras que el respaldo a cualquier otro aspirante es acogido con menosprecio y ridículo. Los “inevitables” suelen beneficiarse de ese sesgo durante la campaña política, pues procuran asociarse con lo “políticamente correcto” y con una percepción de triunfo que casi empuja a “subirse al tren para que el tren no lo aplaste”.

¿Y dónde está la falla? En uno de los principios más sanos de la democracia republicana: el voto secreto.

En la intimidad de las urnas, el elector es anónimo. Y está, por consiguiente, libre del sesgo de lo “socialmente aceptable”, pues puede entonces elegir según sus más íntimas convicciones, aunque estas sean “políticamente incorrectas”, sin esperar represalias sociales, laborales o físicas de ningún tipo. Es decir, tiene tanta posibilidad de respaldar a Goliat como de dejar salir su simpatía por David… o por cualquier otro.

Lo que nos lleva al tercer punto, el obstáculo más formidable para los “inevitables”: la libertad de sufragio.

III. Elección, no coronación

Parafraseando al gran politólogo estadounidense Robert Dahl, para que un país pueda considerarse mínimamente democrático es indispensable, al menos, la realización periódica de elecciones libres, justas y competitivas. Es decir, que la ciudadanía tenga la posibilidad de seleccionar a sus gobernantes sin ningún tipo de presión o coacción, y sin que el poder público pueda utilizarse para privilegiar o perjudicar ninguna candidatura.

Este punto, tan elemental en apariencia, resulta ser crítico para el éxito o fracaso electoral de los “inevitables”. ¿Por qué? Porque—según se puede colegir de las experiencias estudiadas—un sector del electorado tiende a considerar que la simple presencia de una candidatura “inevitable” es una negación de su libertad de elegir.

Cuando los medios de prensa y los poderes económicos cierran filas alrededor del “inevitable”, suelen presentar su victoria como un hecho ya consumado, y las elecciones como un simple y casi molesto trámite del que bien se podría prescindir. Parecen decir: “ni siquiera intenten nada, porque hagan lo que hagan y gústeles o no, ya yo gané”.

Y esa actitud, claro está, resulta irritante para muchos ciudadanos, que la interpretan como una afrenta a su libertad. Estas personas, en el fondo, se han tomado en serio la prédica democrática de que son ellos (y no una cúpula de privilegiados) los que eligen a sus gobernantes. Consideran inaceptable que se les pretenda limitar o condicionar en sus opciones.

Y por ende, es muy probable que rechacen cualquier cosa que perciban como una “imposición”, o que se presten a ratificar dócilmente en las urnas una decisión tomada en secreto por unos cuantos. Por el contrario, es muy posible que lo interpreten como un “ataque” a su libre elección… y que quieran “defenderse” con su último recurso: el voto secreto. ¿De qué forma? Negándoselo al “inevitable”… y dándoselo al “David” mejor ubicado, cuya pequeña piedra recibe entonces un súbito impulso capaz de derribar a Goliat sin un segundo golpe.

A principios del siglo 20, la Revolución Mexicana surgió con un lema que aún resuena con fuerza: “Sufragio efectivo, no reelección”. En el contexto de un “inevitable”, la consigna parece ser muy similar: “Sufragio efectivo, no coronación”.

Este sentimiento puede explicar, al menos en parte, los súbitos tsunamis electorales que, en el término de días o incluso horas, arrasan con un mítico “inevitable” y lo exponen, ya a una humillante derrota, ya a una victoria no menos sonrojante.

En conclusión…

Según lo que hemos visto, debe quedarnos claro que, como estrategia electoral, la “inevitabilidad” (o lo que hemos llamado “el Síndrome de Goliat”) es simplemente pésima. Por el contrario, parece ser el equivalente político del “Titanic”. Al zarpar puede el “inevitable” lucir imponente y lujoso, y aglutinar en derredor suyo a toda la alta sociedad, bajo la convicción de que ni el mismo Dios podrá hundirlo; pero tardíamente se descubre que bastaba un simple témpano para causar una catástrofe memorable.

¿Moraleja de la historia? Hay varias.

La primera, que a los electores les disgusta que los pretendan tomar como “tontos útiles”. Creen en su derecho a elegir, y eso debe respetarse.

La segunda, que en un sistema democrático y republicano no tienen cabida las “coronaciones” ni ningún otro resabio de monarquía.

La tercera, y quizá la principal, que los “Inevitables” no pasan de ser un mito publicitario. En la política real, nada ni nadie es “inevitable”.

Es muy posible, sin embargo, que nos encontremos en un futuro cercano con algún otro espécimen de esta selectísima casta. La ventaja es que, conociendo desde ya el final de la historia, quizá nos debamos preparar para presenciar una derrota más, o al menos, una taquicardia de varias noches en el bando de los supuestos “Inevitables”.

Robert F. Beers

 

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