Apr. 9, 2016

Un golpe a nuestro "pequeño Universo"

Soy viajero frecuente del tren.

Como muchos otros, empecé a utilizarlo por razones prácticas: de los medios de transporte disponibles en la Gran Área Metropolitana, es el único que puede sacar ventaja de las exiguas distancias que separan un poblado de otro, sin que estas se vean negadas por la insoportable congestión de las carreteras. Después de todo, la posibilidad de salir de San José a las 5 y media de la tarde y durar apenas 25 minutos para llegar a San Antonio de Belén no es nada despreciable para alguien que le da al tiempo su justo valor.

En breve comencé a descubrir, sin embargo, la curiosa fascinación de avanzar sobre rieles. Viajar en tren es una experiencia peculiar, muy distante de la prosaica monotonía de un carro o del tortuoso vaivén de un autobús. El tren es a la vez progresista y nostálgico; tiene algo de romántico y algo de aventurero. Quien sube a un tren, sube a un “pequeño Universo” ruidoso y humeante, que parece respirar y agitarse con vida y personalidad propias.

(Sin duda esta percepción debe haber impulsado al escritor británico Wilbert Awdry a crear para su pequeño hijo los Relatos Ferroviarios, origen de la serie infantil El Tren Thomas y sus Amigos).

En nuestro país, por añadidura, el tren posee la improbable connotación de ser una cápsula del tiempo, una conexión viva con nuestra historia. No solo se admira uno de que los gobiernos del siglo 19 construyeran lo que los del 20 y 21 no son capaces de mantener o administrar… sino que de pronto se le ocurre que quizás es la tercera o cuarta generación que viaja en el mismo vagón.

Y un viajero frecuente, si sube siempre a la misma hora, acaba por acostumbrarse a ver ciertas caras. Hay algo de estabilidad y de constancia que no sucede en los automóviles, donde conductor casi siempre va solo, ni en los autobuses, impersonales y sofocantes, cuyo trayecto a empujones por las calles locales se hace aún más interminable si lo sazona el gusto musical del chofer.

Por eso impacta tanto el suceso de esta mañana. Porque la centena de heridos no es simplemente “una estadística” (parafraseando la sentencia de Kurt Tuchowski que algunos atribuyen erróneamente a Stalin). Son las caras que uno está acostumbrado a ver. Es el maquinista que a diario te saluda al abordar; es el jovial cobrador de camiseta roja; es la señora que va para su trabajo, o la sagaz ejecutiva de semblante optimista, o el muchacho de anteojos que se dirige a la U, o la joven madre soltera que lleva a su hijo a entrenar en fútbol. Son los rostros que normalmente se tienen alrededor… pero que hoy, por obra y gracia de una prensa menos interesada en informar que en atizar alarmas y hacer quedar mal a las autoridades, tuvimos que ver ensangrentados, contorsionándose del dolor, retirados en ambulancias o envueltos en vendas. Nuestro “pequeño Universo” sufrió hoy un duro y doloroso golpe, que nos encoge el alma y nos hace padecer junto a los heridos y lesionados.

Y ante este panorama, aquí va otra pregunta irónica: los diputados que hoy se rasgaron las vestiduras por el suceso, ¿son los mismos que tienen empantanado el proyecto de fortalecimiento del INCOFER? ¿Tendrán interés ahora en dotar de recursos frescos a la institución y en capacitar a su personal para evitar errores catastróficos, o están dándole tiempo a que esta y sus venerables máquinas se desarmen a pedazos con todo y pasajeros?