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Oct. 25, 2020

 

"El ruido de tus acciones no me deja escuchar tus palabras".

Ralph W. Emerson

 

Lo expresado por el señor Carlos Alvarado desde las páginas de su fidelísimo periódico "La Nación", sorprende tanto por el alambicado lirismo como por la falta de sustancia y, sobre todo, por confirmar lo que algunas semanas atrás exponíamos al hablar del narcisismo político.

Inicia diciendo que, como Presidente, ha sido "muy reservado" en cuanto a sus creencias. No lo recordábamos así de "reservado" cuando se mofaba en sus blogs y novelas del catolicismo, ni cuando le dio un ataque súbito de religiosidad unos días antes de la segunda ronda electoral, una de sus tantas manipulaciones que pasó al olvido en cuanto tuvo en el bolsillo el reconocimiento del TSE como ganador. Pero lamentablemente, sí ha resultado en extremo "reservado" en cuanto a sus convicciones, objetivos y capacidad para el cargo, que a casi dos tercios de su administración siguen siendo un insondable misterio.

También lo son las supuestas "convicciones republicanas" que, de ser reales, lo habrían conducido efectivamente a comportarse como un "presidente para todos en el respeto a la pluralidad". Lamentablemente, esas palabras salen de sus labios con un irremediable sabor a cinismo, porque desde Zapote sus actos lo revelan como todo lo contrario: un feroz enemigo de los pilares de la República: el imperio de la ley, la igualdad ante la ley, y el gobierno limitado y dividido frente al principio de libertad.

En lugar de la igualdad ante la ley, tenemos las muestras cotidianas de su odioso y desvergonzado favoritismo hacia algunos sectores (o amigos) muy específicos (sobre los que se jacta apenas unas líneas más tarde). Los intocables amiguis danzan de un puesto al otro, o hasta les inventan nuevos cargos, sin importar idoneidad o cuestionamientos éticos ni judiciales. Y a los demás, nos pasan la factura entre fingidos lloriqueos, metiéndonos un impuesto tras otro, pero manipulando con la otra mano para evitar que el Estado deba bajar sus gastos. Es decir, más plata para hacer lo mismo, al decir de su propio ex Ministro de Hacienda, Rodrigo Chaves. O, en buen tico, "parranda para mis amigos, impuestos para el resto". ¡Vaya "convicciones republicanas"!

Pero hay más. En lugar del imperio de la ley, tenemos un estado de "emergencia" por tiempo indefinido, garantías constitucionales dejadas sin efecto, con la UPAD perfilando a los que cometemos la barbaridad de "no estar alineados", y ahora también el peligro latente del hostigamiento tributario como represalia política (sólo para irnos imaginando lo que podrían hacer de haberse aprobado la Ley del Odio o la de Extinción de Dominio). Y en lugar de un gobierno limitado y dividido, lo tenemos hambriento de poderes y recursos, desesperado por echar una vez más sus redes sobre la ciudadanía y hacer "pesca de arrastre" financiera, desdibujando la división de poderes y las garantías constitucionales con excusas como la "emergencia" o las "peligrosísimas amenazas a la institucionalidad" (la vieja excusa de todos los totalitarios para reprimir a sus oponentes, por dóciles y mansos que sean).

Es muy revelador, eso sí, que el Presidente acepte públicamente ser un "instrumento", pero no nos dice de quién.

Ahora bien, la célebre oración de San Francisco de Asís de la que se apropia, pareciera haber sufrido una curiosa transformación, pues los resultados han sido completamente la antítesis de los pedidos por el célebre monje. Instrumento ha sido sin duda, pero no de paz, sino de contienda (aunque parece muy orgulloso de eso, a juzgar por lo que escribe). No de perdón, sino de injuria ("irresponsables", decía hace unas semanas, y en el propio artículo reduce todo a "populismo", "odio" y todas las usuales muletillas huecas del narcisismo "progre", porque ni cuando habla de unidad deja de dividir). Y no de esperanza, sino de desaliento para ese 25% de costarricenses que ya no tiene trabajo, y para el casi 30% que ahora está sumido en la pobreza.

Tampoco se le ven muchas credenciales en materia de lucha contra el "populismo", cuando un día se autoproclama el sucesor de Juanito Mora, otro anuncia un "diálogo" consigo mismo, al siguiente anuncia que quiere "ponerse de acuerdo para ver cómo ponerse de acuerdo", y el domingo publica este artículo donde, en esencia, dice haber salvado al país pre-pandemia, se jacta de su heroismo por haber dividido al país en temas culturales importados machoteramente desde otras latitudes, y vuelve a culpar de todos los males a los gobiernos de los últimos 20 años (curiosamente, el tiempo que lleva su partido de tener una amplia representación en el Congreso). Por cierto, además del populismo hay otras amenazas para la República: una es el elitismo, otra el narcisismo intelectual, otra el abuso del poder, y una más es el desprecio por el interés general. Pero la más seria es la combinación de las anteriores con una absoluta incapacidad política.

Por cierto, la recomendación de meterse "donde se bate el barro" le caería muy bien a sus propios Ministros y, mejor aún, a esos que ejercen Viceministerios ficticios a modo de TCU. Para no hablar del propio inquilino de Zapote, tan indiferente y despectivo contra los que no viven en condominios urbanos de cantones céntricos con alto nivel de desarrollo, y tan embebido en su propia autopercepción de romántico superhéroe.

Si este total destrozo económico y social, el inminente default y la parálisis política son los resultados de su pretendido "amor" por el país, algo anda muy mal con esa idea de amor... sobre todo cuando la utiliza sólo como excusa para usar luego la muletilla del "odio" y reducir todo al lenguaje emocional, incluso la superflua mención de una "toalla" con la que sólo le faltó ofrecer secarse las lágrimas. ¿Cuándo van a dejar de creer que están en una telenovela?

En vez de la "toalla", bien podría utilizar un trapo. Porque buena falta le hace, para desempolvar el verdadero significado del patriotismo, la sensatez, la institucionalidad, la Constitución y todas esas palabras que utiliza sin conocerlas. Y de paso, quitarle también el polvo y las telarañas a la ética, la seriedad, el pensamiento y el respeto, olvidados y enterrados desde hace mucho. Hay que dejarse de dramas y hacer una verdadera limpieza: una tarea en la que el trapo le será mucho más útil que la melodramática toalla, con la que sólo podría secarse el sudor causado por la congoja y la vergüenza, si las tuviera.

Ya quisiéramos nosotros, en cada rincón de Costa Rica, creer que esta vez sí va a escuchar y aplicar las buenas ideas que llevan años siéndole ofrecidas, incluso por quienes lo adversamos políticamente. Pero con semejantes credenciales, el artificioso lirismo del artículo no hace ningún favor a la ya minúscula credibilidad presidencial. Sin embargo, y dada su peculiar insistencia en declararse "republicano" por primera vez en su vida, bien podría hacérsele en estos tiempos la famosa recomendación de su ex Ministro estelar Rodolfo Piza: aplicarse una buena dosis de Listerine y lavarse muy bien la boca antes de hablar sobre la República.

Robert F. Beers

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Sep. 30, 2020

A medida que se acumulan el malestar y los fracasos de su administración, sólo en una cosa parece irse superando el actual ocupante de Zapote: en la magnitud de los disparates que suelta cada vez que alguien comete la imprudencia de darle un micrófono.

Inició su semana Carlos "Sin Tierra" con calificar de "irresponsables" a los que nos negamos rotundamente a seguir pagando en impuestos el festín politiquero agudizado por su partido: una actitud semejante a la del borracho que se enoja y hace berrinche porque su familia se rehúsa a darle plata para cubrirle la deuda con la cantina. Si eso es irresponsable, ¿qué calificativo merece él, que nunca ha tenido carácter ni para pedirle la renuncia a alguno de sus amiguitos por sus "tortas", y que cada día demuestra lo grande, lo enorme que le quedó la Presidencia? ¿Qué calificativo merece Luis Guillermo Solís, el que lanzó por la letrina las finanzas públicas de nuestro país y reaparece regularmente para reírsele en la cara? ¿Qué calificativo merece el PAC después de estafar a los costarricenses y saquear vulgarmente las maltrechas arcas del Estado? La respuesta la sabemos todos, pero nunca habrá en ellos la honestidad ni la entereza de admitirlo (probablemente se limiten a desplegar en las redes sociales su escuadrón de hienas, que emiten sus "risitas" mientras degustan la carroña como buenos mediocres).

Pero lo de hoy, en Puntarenas, fue simplemente el acabose. Ya sabíamos que el señor Alvarado se "autopercibe" como un superhéroe de revista, pero venirse a comparar con el Libertador Juanito Mora o con el valiente y sereno General Cañas, ya requiere otro nivel de narcisismo.

Antes de proferir semejantes sandeces, hubiera debido leer al menos las dos proclamas que emitió el Libertador para alertar al país. En la primera nos describía a los enemigos de la Patria como los que vendrían a apaciguar su insaciable codicia, apoderándose de las casas y bienes de los costarricenses, y a emplear el poder para satisfacer sus más bajas pasiones. Y más tarde, maldecía a aquellos que se dedicarían a sembrar discordias y a dividir a los costarricenses. ¿A quién se asemeja más la descripción implacable que hacía don Juanito de los filibusteros?

Mal disfraz es la retórica hueca para esconder su obsceno planteamiento: exigir más sacrificios a la ciudadanía, para seguir él y su séquito en la misma parranda. Con sus actitudes nos demuestran que, aunque hace ya bastante que salieron de la adolescencia, la adolescencia no ha salido de ellos.

¿Cuándo va a poner sobre la mesa una seria reforma del Estado? ¿Cuándo va a dejar de despilfarrar recursos en "capacitaciones" donde le ordenan a los funcionarios públicos alinearse con las exigencias ideológicas de los favoritos del Gobierno? ¿Cuándo va a dejar de valerse del sistema educativo para adoctrinar a los menores a satisfacer sus caprichos? ¿Cuándo va a comprender que, en una República, el fin del Estado es el bienestar general, y no el Estado mismo? ¿Cuántas veces habrá que explicarle que la Constitución existe para proteger a la ciudadanía frente al poder, y no para proteger al poder contra la ciudadanía? ¿Cuándo va a pensar en aliviar la carga tributaria para que la economía se reactive y mejore así la recaudación, en lugar de empujar a la gente hacia la informalidad, el desempleo o la evasión? ¿Cuándo va a poner en el tapete la fusión o el cierre de instituciones innecesarias, y la implementación de herramientas tecnológicas para la educación y la administración pública?

La fatiga de los costarricenses llega a un límite. Millares de ciudadanos de todos los niveles comparten el cansancio de ver a un Gobierno narcisista, que se cree intelectualmente autosuficiente, pero que nunca logra demostrarlo porque de él sólo salen ocurrencias, improvisaciones y planteamientos sobre cómo desplumar más y más a la gente. Propuestas y propuestas han venido de todas partes, pero en Zapote sólo se escuchan a sí mismos.

Nuestra historia recuerda el fusilamiento de Mora y Cañas como el episodio más vergonzoso y detestable de Costa Rica. ¿Será acaso menos detestable valerse de su recuerdo para cumplir en cambio el sueño de los filibusteros, o el de los traidores locales que derrocaron y asesinaron al Libertador?

Robert F. Beers

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Sep. 3, 2020

A pesar del nebuloso intento del PAC y el PLN (antaño su adversario y hoy su mascota) por valerse de la pandemia para alterar plazos electorales—con lo que parecen demostrar que ambos tienen mucho que perder si el proceso se desarrolla con normalidad—, la ciudadanía está ansiosa de todo lo contrario: terminar cuanto antes con el suplicio. Y por ende, muchos buscan ya, con rabiosa impaciencia, a un sucesor que lidere la patriótica tarea de recoger los destrozos, reestablecer el orden constitucional y reanudar la República.

Algunos insisten en hurgar dentro de los sarcófagos, y en “oxigenar” la política del Bicentenario con alguno de los precandidatos de 1993. Pero el espíritu de nuestra época, dentro y fuera de nuestras fronteras, ha sido lo opuesto: un rotundo y violento rechazo a los políticos “de carrera”, y las ansias crecientes de que aparezca un “outsider” (“advenedizo”), es decir, un personaje de otra generación, cuyo reconocimiento y liderazgo no se hayan gestado en lo tradicionalmente “político”, sino en otras áreas con poca o ninguna relación con lo electoral.

El fenómeno del “outsider” ha surgido con fuerza en todas las corrientes ideológicas, tanto en América como en Europa. Desde la sorpresiva victoria de Alberto Fujimori en las elecciones peruanas de 1990, pasando por personajes como el ecuatoriano Rafael Correa, los salvadoreños Elías Saca y Mauricio Funes, el italiano Beppe Grillo, e incluso figuras estadounidenses como Jesse Ventura y Arnold Schwarzenegger, hasta llegar al mismísimo Donald Trump, no se trata de “políticos profesionales”, sino de personajes venidos desde fuera, casi siempre estructurando un partido o movimiento con identidad propia (rara vez se puede encontrar un “outsider” como aspirante de un partido “tradicional”, salvo en el marcado bipartidismo estadounidense, donde Schwarzenegger y Trump fueron elevados por el histórico Partido Republicano).

En Costa Rica, sin embargo, el panorama ha sido un tanto distinto, dado que numerosos políticos han querido presentarse ante el electorado como “outsiders” sin serlo realmente. Tuvimos, por ejemplo, a Ottón Solís—ex Ministro y ex diputado del PLN—fundando al PAC y buscando capitalizar electoralmente un clima de enojo ciudadano contra los “políticos profesionales”. La pose de “outsider” la heredó Luis Guillermo Solís, quien se vendió como un “humilde académico” y tuvo buen cuidado de no mencionar su íntima amistad con los Figueres ni los altos cargos que ocupó en la estructura del PLN antes de pasarse al PAC. A inicios de la última campaña, era Juan Diego Castro el que intentaba posicionarse como el “outsider” áspero y rebelde por antonomasia, ostentando su trayectoria como litigante y “alquilando” la modesta franquicia electoral del PIN, pero omitiendo sus puestos de Ministro y visibles participaciones en campañas internas del PLN. Quiso hacerlo también el Dr. Rodolfo Hernández, pero ya con una fallida candidatura por el PUSC a cuestas. Por el contrario, quien mejor se aproximó al perfil fue Fabricio Alvarado, cuyo reconocimiento como comunicador y artista lo catapultó primero a la Asamblea Legislativa y luego a la asombrosa victoria en la primera ronda presidencial de 2018.

¿Hay espacio para un “outsider” real en el panorama político actual? Es posible. En una República de base democrática, la ciudadanía tiene la última palabra; y si no prospera la intentona del PAC/PLN para “vetar” de la campaña política los temas que más abiertamente deberían debatirse de cara a la ciudadanía, esos debates podrían revelar insospechados protagonistas y deparar enormes sorpresas.

Ahora bien, del “menú” de aspirantes reales o aparentes de este momento, es difícil extraer un genuino “outsider”. Tendríamos que buscar una persona cuyo nombre no se haya forjado en espacios puramente políticos, y capaz de generar a su alrededor una corriente o movimiento con identidad propia, de modo que es muy poco probable que encontremos esto en las filas de los partidos “tradicionales”.

En el oficialista PAC, por ejemplo, es casi imposible: llevó a la Presidencia a la antítesis del “outsider”, un Carlos Alvarado cuya candidatura se gestó a la sombra de cargos políticos en los que no brilló, y sin haber sobresalido tampoco fuera de la política. El séquito semianónimo y elitista que lo acompaña tiene indudable interés en que cualquier eventual continuador salga de sus privilegiadas filas; y eso los decantaría por una figura política “de carrera”, al estilo de una Ana Helena Chacón (ex vicepresidenta, ex diputada) o un Román Macaya (ex precandidato, ex embajador y Presidente de la CCSS).

Su compañero de cuarto, el PLN, no muestra un panorama mejor. Sobra decir que los precandidatos de 1993 no califican como “outsiders” (lo que deja fuera, por ejemplo, a José Miguel Corrales o Rolando Araya), y definitivamente tampoco lo es nadie que lleve el apellido Figueres o Arias. Se aproximarían más al calificativo figuras como el abogado Fernando Zamora Castellanos o el politólogo Claudio Alpízar, especialmente este último que no ha ocupado los altos cargos a lo interno de la agrupación que sí ha ostentado Zamora. Sin embargo, las mismas características del PLN como estructura política le restan opciones a los hipotéticos “advenedizos”. Por otra parte, nadie que se precie realmente de serlo estaría militando en el partido más antiguo y tradicional de nuestro país.

En el PUSC, que también le ha “prestado” gabinete al PAC, hay tremenda carestía de figuras “candidateables”. Su excandidato Rodolfo Piza ya anduvo por numerosos puestos y por dos campañas presidenciales, y personajes como Pedro Muñoz y Pablo Heriberto Abarca apenas se han dado a conocer en la Asamblea Legislativa. Lo mismo podría decirse de Dragos Dolanescu, quien ahora intenta la creación de un partido político propio, pero gestado desde su curul en el Congreso; y del Alcalde de Cartago y Expresidente del Congreso, el veteranísimo Mario Redondo, quien tiene rato de liderar otra agrupación.

En el papel, podríamos pensar que los grupos más liberales tendrían más probabilidad de presentar una figura de este tipo. Sin embargo, las agrupaciones políticas de esta línea lucen jefeadas por políticos de variable pero indiscutible trayectoria previa: el ex Viceministro Eli Feinzaig con el Liberal Progresista, la ex diputada Natalia Díaz por Unidos Podemos, o el ex diputado y cinco veces candidato presidencial Otto Guevara al frente de la naciente Unión Liberal. Habrá que ver si de estas agrupaciones, aún dispersas, pudiese levantarse una figura distinta, quizás “reclutada” de otras esferas lejanas a la política.

Nueva República es una agrupación enteramente distinta. Es obvio que su figura más reconocida sigue siendo Fabricio Alvarado, el “outsider” del 2018; pero claramente, si decidiera aspirar de nuevo a la Presidencia (como lo dio entender en la profusa entrevista realizada por el Canal 8), la consolidación de su imagen política lo pone evidentemente en otra categoría. Sin embargo, en la misma entrevista afirmó varias veces que el partido no pretendía ser personalista y que más bien daría prioridad a proyectar nuevos liderazgos y depurar el aspecto programático (tareas urgentes ambas para consolidar al naciente partido). De sus palabras pareciera deducirse que hay alguna ebullición interna que él, lejos de ignorar, pareciera deseoso de estimular. Y sin duda necesita hacerlo, para evitar la “atomización” política frente a otros partidos que añoran pescar en el mismo estanque.

¿Verán los costarricenses más allá del panorama descrito? Con la ciudadanía angustiada e irritada, ¿se intentará retroceder al estilo viejo de la política que irónicamente nos condujo hasta aquí, o estarán maduros los tiempos para un “outsider” con la claridad intelectual y ética, y la entereza ejecutiva, para rectificar lo mucho que se ha perdido en estos pocos años? Quizás algunos lectores estén pensando ya en alguna persona de las mencionadas, o en otras que no lo fueron. En los próximos meses veremos sin duda aclararse muchos de los “nublados del día”.

 

Robert F. Beers

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Aug. 28, 2020

 

Entre los incontables personajes de la mitología grecorromana, hay uno de peculiar actualidad: Narciso, un jovenzuelo tan infatuado y vanidoso que acabó perdidamente enamorado de sí mismo, lo que iba a llevarlo a un trágico final. Por supuesto, de esta leyenda proviene el término “narcisismo”, con el que se describe a una persona patológicamente engreída y arrogante.

El perfil del narcisista es fácil de detectar. Se considera a sí mismo incuestionablemente superior (aún si no tiene ningún logro personal o colectivo que lo respalde), y espera que los demás le rindan pleitesía y se acomoden a sus caprichos y deseos. Cree ser tan especial, que su país y el mundo deben agradecerle por existir, y ajustar hasta sus leyes para cumplirle sus desorbitadas expectativas, invariablemente centradas en sí mismo. Su frágil ego no soporta que alguien lo contradiga; por el contrario, necesita desesperadamente humillar y despreciar a otros para reforzar esa supuesta “superioridad” que cree tener. En su propia opinión, jamás se equivoca, es un genio incomprendido, y quien se atreva a negarlo o cuestionarlo es un ser inferior automáticamente desechable: un paria de la humanidad que encarna todos los males, taras, vicios y enfermedades mentales posibles, (incluidas las “fobias” que el propio narcisista inventa para atribuírselas).

Además—y esto es clave—una persona narcisista tiene una necesidad desaforada de controlar la vida de los demás. Todos a su alrededor existen únicamente para admirarlo, aplaudirle y someterse a sus caprichos, y quien no lo haga debe ser aplastado y humillado. Sus sentimientos son lo único importante, por encima de la lógica, la ciencia o la ley (y obviamente de los sentimientos, valores o principios ajenos), y todo debe ser ajustado en función de ellos. Y por supuesto, cualquier atrocidad la puede justificar con el simple hecho de que a él lo hace sentir más cómodo o excepcional.

¿Será posible que del narcisismo se pueda derivar una agenda política? A simple vista parece una noción absurda… pero observemos con cuidado. Sin duda hay narcisistas de todas las ideologías, y también los hay que carecen de ella. Pero eso no excluye la alarmante realidad de que el narcisismo, por sí solo, se pueda empaquetar y vender como una novedosa “ideología”.

¿Narcisismo ideológico? No sólo existe, sino que ha ganado poder aceleradamente en los últimos años. Y sus postulados, endebles e incoherentes como los egos que los impulsan, no se sostienen porque tengan una base sólida o científica, sino simplemente porque sus adeptos no aceptan el simple hecho de debatirlos, planteando en cambio que se acepten como “verdades indiscutibles” por el simple hecho de que ellos las profesan (y ellos son “la raza superior”, no lo olvidemos)…

Así, es habitual que los escuchemos sustituir el lenguaje claro por su jerga propagandística, compuesta de eslóganes, lemas y símbolos. Se niegan a discutir un punto porque para ellos, en su autopercibida superioridad, es “obvio” que tienen razón. Estar de acuerdo con ellos es, por supuesto, “el lado correcto de la historia” (esa frasecita es en sí misma un síntoma evidente de narcisismo ideológico).

Los narcisistas ideológicos se deleitan en las falacias. No se preocupan mucho de la lógica o sensatez de sus argumentos, sino únicamente (narcisistas al fin) de parecer ingeniosos, irreverentes y “cool” ante el público. No es raro que apelen a la falacia de autoridad (“nosotros somos los expertos, usted no”), a la generalización apresurada (“el que me contradiga es fascista, misógino, racista, fanático religioso, violador en potencia, etc.”), o a la barata falacia ad hominem (el ataque personal). Sus “debates” se reducen al uso profuso de eufemismos y adornos que los hagan parecer “intelectuales”, pero a la menor objeción, se concentran en humillar, descalificar y denigrar a otros, en vez de explicar o desarrollar su pensamiento (un esfuerzo mental fuera de su corto alcance). Claro está, son alérgicos a la coherencia, a la verdad y a la justicia, porque aceptarlas implica que ellos podrían estar equivocados. Sus juicios de valor son rápidos, implacables y sin fundamento lógico, especialmente si les permiten afianzar el relato de su “superioridad” moral, aunque sea pisoteando a personas inocentes.

Lo más peligroso del narcisismo ideológico, sin embargo, no es su discurso incoherente y zigzagueante, sino su obsesión con el control. Los narcisistas políticos son totalitarios y elitistas por naturaleza: su ideal, por supuesto, es que sus gustos e inclinaciones se vuelvan ley para el resto, que sus traumas y obsesiones se conviertan en políticas públicas, y que se prohíba todo lo que les incomode o desagrade. Necesitan el aplauso y la admiración incondicionales, la exaltación de su imagen y el reconocimiento de su superioridad, y curiosamente, creen que una sociedad es más “avanzada” y “progresista” en la medida en que les satisfaga ese deseo, aunque deban extraerlo a la fuerza, mediante el espionaje, la manipulación mediática o el abuso policial. Los oiremos hablando mucho de “justicia social”, pero sólo porque creen que el Estado y la sociedad son “injustos” con ellos al no reconocerles como inmediato “derecho” todo que se les ocurre pedir (la autovictimización es parte indispensable del discurso narcisista). De allí que puedan pasar sin ningún escrúpulo, del discurso marxista cultural modelado en Gramsci, Foucault y la escuela de Frankfurt, a la alianza descarada con las élites económicas más rancias y oportunistas (otro cúmulo de narcisistas mercantiles que esperan que el Estado les facilite la prosperidad de sus negocios sin tener que “matarse” compitiendo en un libre mercado).

Con semejante cartel, es evidente que el narcisismo—totalitarismo al fin, aunque su lenguaje sea “políticamente correcto”—es enemigo natural de la República como sistema político. Un narcisista ideológico jamás estaría de acuerdo en poner límites al poder del Estado, pues eso iría en contra de su obsesión por el control (aunque según él los “fascistas” seríamos los otros). Por el contrario, un Estado omnipotente es de desear para él, siempre que lo reconozca como un ser superior y esté presto a satisfacer sus mínimos caprichos. Principios como la libertad individual y la igualdad ante la ley son anatema para los narcisistas, que se consideran intrínsecamente “superiores” y capaces de decidir por los demás. Tampoco debe sorprender que los “narzis” (así, con Z) tengan un odio tan visceral por las virtudes cívicas y los símbolos patrióticos, pues los hacen recordar que existe algo más importante que sus egos. Y ni qué decir de la religión y la fe, que aborrecen por no reconocer otro dios fuera de sí mismos.

El potencial destructivo del narcisismo ideológico no puede subestimarse. En nuestros días, los “narzis” en el poder representan la más crítica amenaza para los pilares de la República: el Gobierno limitado, la igualdad ante la ley, y la libertad ciudadana. Así, más que una pugna entre izquierdas y derechas, entre estatistas y liberales, entre socialistas y conservadores, o entre cinco o siete opciones electorales, lo que tenemos planteado es un dilema de patriotas o narcisistas. El camino del sano desarrollo no podrá retomarse sin expulsar definitivamente del poder a estos últimos.

Robert F. Beers

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Aug. 19, 2020

Donde quiera que haya un costarricense, esté donde esté, ha oído o pronunciado la palabra “democracia” para describir el sistema político en que vive. Sólo hay un problema: esta descripción es incorrecta, o mejor dicho, insuficiente. Nuestro sistema político NO ES la “democracia” (aunque esta es uno de sus componentes esenciales), sino la “República”, tal como lo establece nuestra Constitución desde el artículo 1. Esta distinción puede parecer inofensiva o hasta irrelevante a simple vista, pero tiene consecuencias enormes, porque determina cuándo puede hablarse de un Gobierno legítimo.

Bien podemos describir la democracia como “el gobierno de la mayoría”. Para cuantificar esa mayoría—a fin de eliminar percepciones subjetivas—se utiliza el mecanismo del voto. Una mayoría (real o aparente) sería suficiente para dar por legítima cualquier decisión, sin ningún otro tipo de consideraciones. Desde este punto de vista, un linchamiento sería una decisión detestablemente “democrática”. Y por supuesto, cualquier Gobierno sería legítimo con el simple hecho de decir que en un momento dado “ganó las elecciones”, o cumplió la formalidad de aparentar ganarlas, sin importar lo que haga una vez asumido el poder. Así analizados, gobiernos como el de Hitler o el de Hugo Chávez tuvieron una indiscutible “legitimidad democrática”.

En este punto se echa de ver cuán incompleto es el término “democracia” para describir la forma en que está organizado el Estado costarricense. De allí que sea indispensable ampliar el marco hablando de una “República”.

Una auténtica República se construye sobre la idea misma de libertad, y necesariamente debe tener una base democrática. Mediante el voto, la ciudadanía expresa su consentimiento en ser gobernada, es decir, delegar las tareas de interés general a un grupo de personas dedicadas por entero a ellas. Pero este consentimiento no es ilimitado, ni se entrega gratuita e irreversiblemente. Por el contrario, se otorga únicamente por un tiempo previamente definido, y bajo ciertos límites y condiciones que el gobernante y su grupo se obligan a respetar. Estos límites y condiciones se encuentran establecidas por escrito en un documento, la Constitución.

En la Constitución se establecen los límites del poder político, su distribución, la forma en que este puede transmitirse, la periodicidad con la que debe renovarse el consentimiento de los gobernados a través del sufragio efectivo, y los derechos y libertades garantizados a la ciudadanía, siempre bajo los tres principios republicanos básicos: 1) igualdad, 2) imperio de la ley y 3) ejercicio limitado del poder. En ausencia de alguno o varios de estos elementos, no puede hablarse de una verdadera Constitución, y por ende, de una auténtica República. Naturalmente, en una República sólo es legítimo el Gobierno que respeta y observa escrupulosamente los límites establecidos en la Constitución en su conjunto. El “ganar las elecciones” es una condición necesaria pero no suficiente de legitimidad: pues debe ganarlas con arreglo a lo que la misma Constitución indica (ej. con pureza del sufragio y no mediante fraude), y ejercer el poder resultante con total sujeción a los límites y condiciones que ella establece. Por consiguiente, un régimen que ataca las libertades garantizadas, que ejerce el poder en beneficio exclusivo de un grupo determinado, o violenta de alguna forma los principios mencionados, rompe el orden constitucional y deviene en ilegítimo, aunque haya ganado las elecciones que sea. Hasta se vuelve cínico que dicho régimen, después de romper el orden constitucional, pretenda alegar la legitimidad electoral para aferrarse al poder: algo parecido a que un inquilino decida no pagar el alquiler y luego alegue que el propietario no puede echarlo porque “debe respetar el contrato”.

Hace varios meses, luego de un repaso análogo sobre los principios de la República (y su diferencia con la simple democracia), invitábamos a reflexionar. Las interrogantes de entonces, lejos de perder vigencia, vienen ganándola a medida que transcurre el tiempo y se profundizan los efectos de ciertas decisiones políticas. ¿Ha sido el régimen actual de Zapote digno de una verdadera República? ¿Ha respetado los límites señalados para su poder en la Constitución? ¿Son sus intenciones limpias, nobles, patrióticas y dignas de confianza? ¿Hay alguna de sus motivaciones o excusas que sirva para justificar la lesión a dichos límites? ¿Ha obrado estrictamente dentro de los límites constitucionales y en procura de satisfacer el interés general? Bajo tales criterios y evaluándolo con frialdad, ¿es posible considerarlo un Gobierno legítimo?

De nuestra respuesta a estas preguntas depende la supervivencia y restablecimiento de la República y, con ella, de nuestras libertades.

Robert F. Beers

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