Lo último...

May. 8, 2022

Mientras se cuentan las horas para que se vayan para siempre al destierro político Carlos Alvarado y su logia de “los más preparados”, muchos de los que guardaron un piadoso silencio por cuatro u ocho años sufrieron un repentino ataque de locuacidad: ahora vierten ríos de tinta y horas de discursos en buscarle un epitafio adecuado. Demasiado tarde. Sobre el desempeño del Gobierno saliente ya he dicho cuanto tenía que decir. En palabras de Jane Austen: “Que abunden otras plumas en la descripción de infamias y desventuras. La mía abandona en este punto esos odiosos temas”.

Nuestro foco debe ir en la dirección contraria: hacia el futuro. Algo deberíamos haber aprendido de todo lo (mucho) que se hizo mal; y el afán de corregir y avanzar debería ser el faro cardinal para el nuevo Mandatario y para el gabinete que tomará este domingo a mediodía las riendas de nuestra nación.

Ahora bien, al “armar” un equipo, importa más la idea de juego de quien elija la alineación, que la alineación misma. De momento—y a falta de referentes ideológicos o programáticos claros en el Partido Progreso Social Democrático, o en las figuras que llegan al poder bajo su bandera—, sólo queda especular cuál será esa “idea de juego” basados en el perfil de los “jugadores” anunciados. Y en esta área, para hablar con franqueza, las señales dadas por el Presidente electo han sido mixtas en el mejor de los casos. Parece haber una intención de integrar el Gabinete con nombres “que no asustan”, para usar una expresión del recordado Alberto Cañas.

Claro está, hay nombramientos que parecen a priori bastante acertados: el vicepresidente Stephan Brunner como coordinador del sector económico, Natalia Díaz como Ministra de la Presidencia, Franz Tattenbach a cargo del MINAE, Manuel Tovar en COMEX, Álvaro Ramos Chaves para administrar la CCSS, Mónica Araya para dirigir el INS, Laura Bonilla en el MAG, o Fabiola Romero en Dinadeco, por mencionar algunos. Otros, sin embargo, dejan en el aire ciertas interrogantes y expectativas, quizá por ser personas desconocidas fuera de ciertos círculos: los titulares de Seguridad, Vivienda, el MOPT y el MEP, pueden ser buenos ejemplos. Y un tercer grupo lo componen quienes, por diversas razones, cargan consigo algún “equipaje” del cuatrienio pasado o más allá, gracias a cuyo peso entran en teórica desventaja: Yorleni León en el IMAS, Cindy Quesada en el INAMU, Jorge Ocampo para el IFAM, Juan Alfaro López en el INA o Nogui Acosta en la crítica cartera de Hacienda.

La “alineación”, sin embargo, termina por ser un accesorio de la “idea de juego”. Pero, a diferencia de lo que ocurre en un equipo deportivo, la República permite que simples ciudadanos puedan ofrecer algún modesto insumo para construirla o mejorarla (a menos, claro está, que no les importe o tengan algún interés maligno en hacerla fracasar desde el primer día, como parece ser la perversa actitud del Frente Amplio llamando a “protestar” contra la nada).

En este espíritu patriótico, y con la visión de retornar al camino del desarrollo nacional (perdido hace ya tanto tiempo), me permito plantearle al “cuerpo técnico” tres objetivos que debemos resolver lo antes posible y sin muchos rodeos.

I.              Reconquista del orden constitucional

Más que procurar cambios altisonantes pero imprácticos e incluso peligrosos (por ejemplo alterar la Constitución, satanizar a los partidos políticos o cambiarle los efectos al sufragio), el camino más rápido para reactivar la confianza—y con ella, la economía—va en la dirección opuesta: es el pleno restablecimiento del orden republicano constitucional de nuestro país. La Carta Fundamental existe para ser respetada, en primer término, por el mismo Estado. Es la defensa primaria de la ciudadanía, y contiene el catálogo de "condiciones" por las que esta consiente en ser gobernada.

Si a fuerza de privilegiar a unos y hostigar a otros el Gobierno saliente y sus antecesores nos llevaron a divisiones y fracasos, el camino del éxito está en reencontrarnos con lo que nos une: nuestra nación, nuestros valores, nuestra historia, nuestra tierra, nuestra bandera. El abandono del falso y divisivo “consenso progre”—obra exclusiva del narcisismo ideológico de ciertas élites—y la reinstauración del interés general y la libertad como principios cardinales, son una demanda apremiante que debe satisfacerse no sólo con gestos simbólicos, sino con acciones determinadas. Estará en manos del nuevo Ejecutivo emitir decretos tendientes a restablecer los límites al poder político, suprimir aquellos ya emitidos que buscan amedrentar a la población, y realizar una reorganización inmediata de los ejes temáticos, competencias y alcances de las instituciones existentes.

II.            Tecnificación y reducción del Estado

El constante asedio sobre los bienes, salarios y frutos del trabajo de la ciudadanía ha sido la tónica de las últimas administraciones, en nombre de una supuesta “justicia social” que no tiene nada de social y menos aún de justa. En esta dirección, el ofrecido cambio debería ir a suprimir el manifiesto sobrepeso del Estado costarricense, cuya factura pagamos todos en forma de impuestos, inflación y estancamiento.

Si ya se sacrificó a la ciudadanía—y especialmente al sector productivo—con tributos mayores y restricciones atolondradas, el único camino decente que queda por recorrer al Estado es gastar menos. Hay programas públicos que duplican funciones, o no dan los resultados que justifiquen su costo, y deberían ser refundidos o cancelados. Hay entidades que reciben recursos y no saben ni para qué los quieren. Y hay instituciones que simplemente ya cumplieron su ciclo o que carecen de sentido. El nuevo Gobierno tendría que estar, desde el primer minuto, en el proceso de valorar cuáles entidades ya no tienen lógica para nuestra Patria—como había dejado de tenerla un Ejército permanente en 1949—y proceder a su liquidación. Será una señal muy poderosa para la gran masa de costarricenses que miran con amargura a un Estado que les extrae cuantiosos recursos para hacer gala—al menos en los últimos dos Gobiernos—de una callosa insensibilidad y de un gusto por las extravagancias más grotescas.

III.           Reforma educativa

En materia de educación pública, el modelo implantado por el Estado en los últimos 16 años—iniciado por Leonardo Garnier y fortalecido por Sonia Marta Mora, Edgar Mora y Guiselle Cruz—ha resultado ser un fracaso total e indiscutible. Los resultados saltan a la vista: en todos los índices y mediciones atinentes se nota un retroceso grave, pero es más evidente aún en las actitudes y aptitudes de nuestros muchachos cuando logran sobrevivir a un sistema más empeñado en meterles ideología que conocimiento.

La rectificación en esta materia es, quizás, la que más rápidamente debería emprender el nuevo Gobierno. Después de todo, para la gran mayoría de quienes le dieron el triunfo, la educación pública luce todavía como la única posibilidad para sus familias, y por ende les resulta indignante que se persigan otros fines e intereses. La crisis COVID-19 demostró cuán necesarias—y prácticas—resultan las modalidades alternativas, sean estas virtuales o mixtas, para una formación más balanceada y efectiva de nuestra niñez, como ya hace tiempo se estila en otros países; y las herramientas tecnológicas existentes son idóneas para materializar el derecho de los padres a elegir para sus hijos los métodos y contenidos que estimen apropiados, sin estar de antemano “condenados” a aceptar incondicionalmente lo que se defina en los círculos burocráticos. Esto conlleva también a una impostergable mejora en la oferta educativa pública, al destierro de cualquier tentativa de implantar—de forma solapada o abierta—una “ideología oficial” desde ella, y a una pronta mejora cualitativa en la capacitación y dignificación de los educadores.

Aún a pesar de su escuálida presencia en el Congreso y a lo desdibujado del partido político que lo elevó a la cima, el nuevo Gobierno tiene una oportunidad inédita en nuestra historia. El expectante beneplácito de la ciudadanía puede ser de corta duración, pero—a diferencia de la derrotada e intransigente secta del socialismo “progresista” afincada en el Frente Amplio y el difunto PAC—tiene una cortés disposición a darle cierto tiempo al Presidente entrante y a su “selección” para plasmar sus primeras ideas. Las expectativas son altas, pero no desmesuradas. Medidas claras y decisiones rápidas, de cumplimiento oportuno y correctamente calibradas, serán mucho mejor recibidas que las ocurrencias, improvisación e insolencia que tanto marcaron los años pasados. Esperaremos que, pasados los simbolismos y la liturgia cívica, un Gobierno llegue finalmente a trabajar por la agobiada y desconfiada ciudadanía, y a recuperar su confianza.

 

Robert F. Beers

Apr. 5, 2022

Cuando los sectores académicos logren sobreponerse a la estupefacción que sin duda les debe haber provocado el resultado de la segunda ronda (y en particular el repudio a su particular cosmovisión, que considerasen “incontestable” durante los últimos lustros), sin duda encontrarán fascinante material de estudio en el meteórico ascenso de Rodrigo Chaves a la Presidencia de la República.

Chaves volvió a su país natal como un perfecto desconocido al cabo de unos 35 años fuera, entre estudios y ejercicio profesional en organismos internacionales. Llamado a un corto y controversial paso por el gobierno del impopular Carlos Alvarado, sin trayectoria partidista previa de ningún tipo, al salir del gabinete pasó casi enseguida al primer plano de los posibles candidatos presidenciales, aunque sin una agrupación que lo respaldase.

Los enigmas que suponía Chaves contrastaban con la figura enteramente tradicional que había de enfrentar en el balotaje: el Expresidente José María Figueres Olsen, asociado a la eterna bandera de Liberación Nacional, el partido creado por su padre. Heredero de una rancia dinastía política, Figueres quiso presentarse como “inevitable” y apeló una y otra vez a la “experiencia” que, según él, lo eximía de cualquier escrutinio sobre su capacidad por el simple hecho de haber desempeñado ya el cargo al que aspiraba de nuevo. Pero esa “experiencia” debió haberle servido más bien para evitar los tremendos errores de lectura política que cometió de principio a fin, alimentados por la desconexión de las élites políticas y mediáticas (a las que sus ansias y su “corrección política” también les nublaron la vista).

Claramente, el espíritu de nuestra época—dentro y fuera de nuestras fronteras—ha sido un rotundo y violento rechazo a los políticos “de carrera”, y las ansias crecientes de que apareciese un “outsider” (“advenedizo”), es decir, un personaje de otra generación, cuyo reconocimiento y liderazgo no se hayan gestado en lo tradicionalmente “político”, sino en otras áreas con poca o ninguna relación con lo electoral: una tendencia expresada, entre otros casos, por Beppe Grillo en Italia, Donald Trump en los EEUU, Nayib Bukele en El Salvador o Volodimir Zelensky en Ucrania.

Sin embargo, en Costa Rica algunos círculos académicos, políticos y mediáticos se dedicaron a todo lo contrario: intentar inducir una especie de "nostalgia" hacia el bipartidismo tradicional del siglo pasado, y a dar así la espalda a las señales (cada vez más intensas) que emitía el grueso de la ciudadanía, crecientemente irritada, excluida y empobrecida por las extravagancias e indiferencia de la casta en el poder. De esa lectura distorsionada, elitista y desfasada en el tiempo, surgió la candidatura de José María Figueres.

El liberacionista y su séquito—al que se terminaría sumando una bandada de “aves migratorias” procedente del oficialista PAC, que ya venía en caída libre—probablemente subestimaron el rechazo que iba a producir el mal recuerdo del periodo 1994-1998, aunado a los escándalos posteriores y a un error estratégico descomunal: su intento de identificarse con la corriente “progre” (la misma que había llevado al poder a Carlos Alvarado) y ofrecer continuidad ideológica cuando la población clamaba por cambio.

Es probable que los “intelectuales” que planteaban esta superficial lectura, llegasen a autoengañarse con los resultados de la primera ronda, que terminaron por dar a Figueres el pase, primordialmente gracias a la votación suburbana que otrora encumbrase al PAC. Quizás esa aparente ventaja (once puntos porcentuales sobre el segundo lugar) les haya impedido analizar tres indicios que debían haberlos alertado sobre el agotamiento del discurso “progre”. Uno, que el propio PAC quedara esencialmente eliminado de la política nacional, sin llegar al 1% de los votos ni a obtener un solo diputado; dos, la derrota de Figueres en las empobrecidas provincias costeras y las zonas rurales; y tres, la crecida generalizada del abstencionismo, más aguda precisamente en las mismas zonas donde el Expresidente obtuvo los porcentajes más bajos.

Harán falta más estudios serios sobre los fenómenos sociales subyacentes—los cuales, esperemos, obedezcan a la honestidad intelectual más que a una agenda ideológica—, pero el rasgo más notable fue que, de los 25 partidos que compitieron en la primera ronda, el segundo más votado (detrás de Figueres) fue un partido debutante, cuyo nominado no tenía a su haber más que un paso fugaz por un puesto complicado en un gobierno malquerido, y cuya figura más popular ni siquiera era él, sino su candidata a diputada por San José, la periodista Pilar Cisneros. Sin tener las carencias académicas de Fabricio Alvarado, el híbrido “liberprogre” de Eli Feinzaig, el verbo añejo de José María Villalta ni la desesperante indecisión de Lineth Saborío, y contando a cambio con el impulso de Cisneros y de un grupo de profesionales poco conocidos en política, Rodrigo Chaves rompió la mayoría de los pronósticos y logró el pase al balotaje.

Los resultados de esta votación confirmaron lo dicho. Nuevamente fracasó la lectura “desde las alturas”, y como resultado Figueres, en vez de rectificar en sus debilidades, las profundizó interpretándolas como “fortalezas”. La campaña llevada al plano de lo hepático, el intento de polarizar a partir de temas emocionales, la utilización de la mujer con fines politiqueros, el recurso del “salto al vacío”, la estigmatización, y el abandono de cualquier pretensión de “neutralidad” por parte de sectores mediáticos y académicos, todo ello pareció generar la reacción inversa en la ciudadanía históricamente desatendida y empobrecida por los últimos gobiernos. Las urnas así lo atestiguan: Figueres sólo tuvo fuerza, otra vez, en los suburbios de San José, Cartago y algunas zonas de Heredia, las regiones que ayer nomás elevaban al PAC; pero de las zonas rurales sólo pudo ganar los cantones de Zarcero y Nandayure (este último por apenas 9 votos). Rodrigo Chaves se convirtió en Presidente electo con los votos de la Costa Rica humillada: la de las costas, la rural, la urbano-marginal, la agrícola, la del trabajo informal, la de las zonas indígenas y fronterizas.

Es claro que esos sectores que terminaron por darle el triunfo, quizá no tuviesen expectativas muy altas de Rodrigo Chaves como figura o candidato. El sentido de su voto era otro: el de tomarse finalmente una “revancha” contra el elitismo político, mediático, académico y financiero que—según percibían—los humillara una y otra vez. Pero ello no significa que no tengan las expectativas más altas de Chaves como Presidente. Frente a la “certeza” que ofrecía su oponente, Costa Rica eligió darle el beneficio de la duda. El reto estará en llenar, con humildad y mansedumbre, esas altas expectativas.

Robert F. Beers

Apr. 2, 2022

En vísperas de que se sepa—por fin—la identidad del próximo ocupante de la Casa Presidencial, ya es un alivio que termine la campaña más inmunda de la que se tiene memoria en décadas (un desmentido, por cierto, para los que creíamos que lo de 2018 era difícil de superar).

Muchos están asqueados, y otros sufren sólo de cierto “asco selectivo”, implacables con un candidato y peculiarmente indulgentes con el otro, sin importar la magnitud, el sustento o la cantidad de cuestionamientos. También parece haberse desatado una “pandemia” de pérdida de memoria, y una cantidad tremenda de brotes de cinismo, verborrea, justificaciones ridículas y memes insufribles.

La realidad es que toda la alineación que figuraba en la tarima del triunfo de Carlos Alvarado en 2018 (Alberto Salom, Edgar Mora, María Luisa Ávila, Leonardo Garnier, La Nación, Telenoticias, CR Hoy y demás) parece preparada para subirse también a la de José María Figueres: algo que sería imposible a menos que tengan plena garantía de que su agenda “progre” seguirá intacta y fuerte. Y esa garantía, como en tiempos de Luis Guillermo Solís, se encuentra en la mismísima candidatura a la Vicepresidencia de la República.

El único que pareciera no haberse enterado, es Fabricio Alvarado: en su última intervención pública se mostró molesto porque la campaña de Rodrigo Chaves no le “pedía permiso” para atraer dirigentes de base, pero en cambio no hizo siquiera la menor mención del “clan progre” que, muerto el PAC, se reagrupó alrededor de Figueres. ¿Pretendería este silencio favorecer a los enemigos declarados del pensamiento y los valores que abraza su partido?

En la otra acera, el opositor Rodrigo Chaves ha recibido una lluvia de fuego y azufre comparable a la que desde hace un más de mes reciben Kiev y Mariupol por cortesía de Vladimir Putin. Al verse Figueres incapaz de levantar una imagen tremendamente negativa, pareciera haber optado por bajar la de Chaves con toda clase de acusaciones, apelaciones soeces al miedo, y golpes arriba y abajo del “cinturón” (para usar una metáfora del boxeo). No le ha faltado energía para devolver los golpes y atestar algunos otros, especialmente en los debates; pero pareciera que algunas figuras de su campaña optaron por bajar el perfil y “dejarlo solo” en la recta final.

Lo cierto es que ambos han tendido—por necesidad, por morbo o por desquite—a cruzar algunas líneas que no debieron nunca ser cruzadas en una campaña política.

Y a los ciudadanos que queremos actuar con responsabilidad hacia nuestro país, nos toca sólo un paso más: atravesar toda esta maraña de basura, y tomar una decisión patriótica. Necesitamos pasar esta página cuanto antes, no repetirla esperando resultados diferentes. Es evidente que, aun suponiendo lo peor de ambos candidatos, siempre habría uno un poco mejor que el otro, o al menos que nos permita el beneficio de la duda. De modo que, si el “aroma” de esta campaña nos resulta insoportable, sólo resta un consejo que dar:

Tápese la nariz, ¡y salga a votar!

 

Robert F. Beers

Feb. 22, 2022

Sobrepasamos la primera fase del proceso electoral más confuso que se recuerde en los últimos 70 años (confusión que, hay que decirlo, pareció en buena parte “inducida” para favorecer a una particular candidatura muy poco potable).

Si se tratara de describir los resultados del 6 de febrero, diremos que hubo una gran ganadora: Pilar Cisneros. Bastó con su fortísima imagen personal para lograr (a punta de “voto cabreado”) que su candidato presidencial Rodrigo Chaves clasificara—aunque por minúsculo margen—a la segunda ronda, y por añadidura vaya a contar con nueve o posiblemente diez diputados, incluyéndola a ella misma. Sólo ella, además, puede darse el lujo de emitir en público frases que desafían abiertamente la mitología nacional acerca de la sacramental pureza de nuestros procesos electorales.

Resultado agridulce para Fabricio Alvarado, quien quedó fuera de la segunda ronda apenas por un suspiro, y quien probablemente esté lamentando ahora haber descuidado una de sus fortalezas de antaño, la provincia de Alajuela, que resultase decisiva para su triunfo en la primera ronda de 2018, y que ahora en cambio le dio el pase en el último momento a Rodrigo Chaves. Debió perjudicarlo también el crecimiento del abstencionismo en las zonas que más favorables le eran (pues puede deducirse que fueron potenciales votos suyos los que se quedaron finalmente en casa), y su debilidad crónica en dos provincias vitales (Heredia y Cartago). Puede consolarse, sin embargo, con haber desmentido a los “conocedores” y consolidar un notable caudal político, especialmente en las provincias costeras y las zonas urbano-marginales. Y por supuesto, con volver al Congreso a la cabeza de una fracción legislativa que a la larga debió haber sido más numerosa.

Figueres ciertamente entró a la segunda ronda en el primer lugar; pero lo hizo como “sobreviviente”, no como el héroe indiscutible que quizás imaginó ser. Indudablemente fue el gran beneficiado de la confusión generada por las encuestas, que nunca permitieron ver con claridad quién ocupaba el segundo lugar (inflaron al PUSC y a Villalta, desinflaron a Fabricio y omitieron la crecida final de Rodrigo Chaves y de Eli Feinzaig). Pero no puede obviarse que su porcentaje es el segundo más bajo de la historia de su partido (incluso con 40 mil votos menos de los que tuvo Johnny Araya en la primera vuelta de 2014), y que volvió a estar involucrado en una dramática crecida del abstencionismo, como la que hubo al final de su gobierno en 1998. Ahora bien, ya en la segunda ronda no podrá beneficiarse de “atomizar” a sus oponentes.

En este sentido, el verdiblanco ya no contará con el inadvertido servicio que le prestó Eli Feinzaig. La sorprendente votación recibida por el Partido Liberal Progresista se asimiló en muchos aspectos a lo que solía ser el PAC: una escalada de última hora, un porcentaje inesperadamente alto en los cantones suburbanos de San José, Cartago y Heredia, un fenómeno visual masivo, y una ausencia casi total de votos fuera del Valle Central. Aunque no logró su empeño de impedir que Rodrigo Chaves se colara en el balotaje (lo que era probablemente el cálculo de Figueres cuando empezó a “darle pelota”), sí logró en cambio el nada despreciable éxito de una importante fracción legislativa, y el sabroso premio de haber rebasado no sólo a un anémico José María Villalta, sino también, aunque sea por 21 votos, a Lineth Saborío.

Si habláramos de grandes perdedores, no hay mucha vuelta que dar: el PAC se lleva con todo merecimiento las palmas. Ningún partido de nuestra historia había recibido un repudio tan contundente. De las alucinadas “explicaciones” que quiso dar un desacreditado Ottón Solís sobre el “incomprensible” descalabro luego de semejante “gobiernazo”, lo único valioso es su reconocimiento de que los costarricenses no quieren que los disparates y las irrelevancias del PAC tengan presencia en los debates y diálogos nacionales.

Si el PAC cree posible alguna mágica “resurrección”, probablemente deberá esperar sentado a la par del PUSC, el otro gran fracasado, que hasta ahora había sido el partido con la mayor debacle luego de ocho años consecutivos de gobierno. Sin embargo, la realidad está a la vista: por mucha exhibición y aspaviento mediático que hagan, la Unidad sigue sumando décadas sin pasar del cuarto o quinto lugar: algo que habíamos anticipado en nuestro artículo “Los Partidos Prepago”, y que terminó de ratificarse con las insípidas torpezas de su candidata presidencial y la humillación de quedar detrás de Eli Feinzaig. Nada les ha funcionado para salir de la mediocridad, a pesar de que en los dos últimos procesos electorales se ha pretendido en algunos círculos vendernos una especie de “nostalgia” por el antiguo bipartidismo. Hoy más que nunca lucen condenados a conformarse con el objetivo de siempre: pellizcar una cuota legislativa para satisfacción de sus caciques provinciales, y plegarse al poder de turno.

La derrota política de José María Villalta también fue evidente. Claramente buscó “canibalizar” al PAC y capturar así el voto “progre”, pero lo único que obtuvo fue incrementar modestamente sus escaños en la Asamblea. Eli Feinzaig le escamoteó el voto juvenil “rebelde”, y Figueres sigue cortejando hasta hoy a la izquierda ecológica y al lobby LGBT, de modo que Villalta no tuvo con qué ponerse “de moda”. Para un candidato que gusta tanto de darse aires de superioridad intelectual, debe ser particularmente humillante haber quedado tan abajo de Lineth Saborío.

Pero quien más perdió es la República en sí misma. Recordemos que la República, como sistema, se basa en los límites al poder político y en el principio de soberanía ciudadana (que conlleva tanto el imperio de la ley como la igualdad ante esta); y ambos parecieran estar en entredicho en este proceso electoral, a juzgar por la escasa afluencia ciudadana a los centros de votación en todo el país. Ciertamente es incalculable el daño que le ha hecho el PAC a las libertades ciudadanas y a la credibilidad de las instituciones republicanas, y a eso debe añadirse la irritante candidatura de José María Figueres (que lleva los últimos ocho años intentando reelegirse a pesar de la virulenta repugnancia que despierta su nombre en gran parte del electorado). No en vano podríamos hablar del “efecto Figueres” para apuntar a una crecida súbita del abstencionismo: ya en 1998 la desilusión resultante de su gobierno había alejado de las urnas a millares de ciudadanos, y ahora bien podría señalársele como uno de los factores de que nuevamente se haya disparado a cifras inéditas.

Ahora bien, el daño a la República puede incrementarse aún más: no solo por el auge del “voto cabreado” que ha dado impulso a Rodrigo Chaves—y que se refleja en el tinte “antisistema” de algunas de sus posturas de campaña—, sino porque Figueres comete un craso error: presentarse a sí mismo como sinónimo de la “democracia”, y a su oponente como una monstruosa “amenaza”. Esa trillada pose—idéntica a la utilizada tantas veces por Carlos Alvarado, con los resultados ya conocidos—no le da ningún beneficio a Figueres (al que casi nadie considera sincero), pero sí que “intoxica” a la misma democracia, pues termina trasladándole a esta última toda la nube de percepciones negativas del candidato liberacionista. Dicho de otra manera, con esto Figueres está admitiendo con cierto cinismo que su idea de “democracia” consiste en “seguir igual con lo mismo de siempre” (más un barniz de “cambio climático”), y que su candidatura representa precisamente lo que tiene a la ciudadanía harta de la política. Parafraseando al célebre inventor Nikola Tesla, lo más triste de la oferta electoral de Figueres no sería que copie lo peor del PAC, sino que tenga que hacerlo a falta de ideas propias.

Eso no significa, sin embargo, que Rodrigo Chaves tenga garantizado el éxito. El ansiado pase a la segunda vuelta se labró, no con la semilla de la capacidad técnica que hasta hoy nadie le ha cuestionado, sino con un discurso iconoclasta, muy al estilo de los editoriales de doña Pilar, que intenta hacerse eco de la frustración y el enojo de un gran sector popular. Tuvo una votación importante en el centro del país, pero sus bastiones estuvieron en la provincia de Alajuela y en el lejano Buenos Aires. Está lejos de ser la “peligrosísima amenaza a la institucionalidad” que insinúa Figueres (y que, palabra por palabra, es la misma descripción que Carlos Alvarado hacía de todos los que no estuvieran en su club de amigos), pero su insistencia en apelar al referéndum y buscar cambios en la organización de los poderes constitucionales no son muy tranquilizadoras para el electorado más conservador—que es el que podría darle el triunfo, vista la indiferencia de Figueres hacia ellos—. Por alguna razón, algunos consideran que sus cinco meses en el Gabinete de Alvarado lo hacen la “continuidad del PAC”, pese a que la sobrina de Figueres estuvo casi tres años en el mismo Gabinete sin que se diga lo mismo.

Así las cosas, las “alianzas políticas” y el discurso de “unidad nacional”—cartuchos que ya quemó el PAC en 2018—no parecieran vislumbrarse como factores determinantes ahora, máxime que nadie quiere ser el “Piza” de este proceso. De ahí que tanto el PUSC como el Liberal Progresista prefieran “desmarcarse” que apoyar a alguien, y que Fabricio Alvarado esté “dándole largas” a una decisión. En cambio, es muy posible que veamos un esfuerzo de Chaves por alejarse lo más posible de la maligna sombra del Gobierno saliente, incluso desdiciéndose de las bruscas medidas fiscales que en su momento recomendase desde el Ministerio de Hacienda. Por el otro lado, es de esperar que Figueres intente por todos los medios desviar la atención hacia las características personales de su oponente—donde pueda, al menos, lograr una situación de “empate”—y generar en el electorado el menor entusiasmo posible por ir a votar. Después de todo, el Expresidente no logró atraer al grueso de los indecisos en la primera votación (que se fueron en cambio hacia Chaves y Feinzaig), y es poco probable que lo consiga ahora, de modo que su apuesta sería procurar que sus “leales” vayan a votar, y que los “hostiles” prefieran abstenerse que votar por el rival.

En suma, al elegir entre Chaves y Figueres, estamos en el fondo escogiendo entre una buena duda y una mala certeza.

A los que valoramos la República como sistema político, la libertad como principio fundamental, y la Constitución como límite frente al poder, nos esperan algunas semanas angustiosas, mientras se aclaran “los nublados del día”.

Robert F. Beers

Feb. 4, 2022
Tomo prestado un título que usase el recordado periodista Guido Fernández, porque es el que ejemplifica mejor el estado de ánimo de nuestro país en este instante.
 
Con el perezoso ciclo de debates y encuestas acabado al fin, y a menos de 36 horas de que inicie el día más largo, los costarricenses se preguntan todavía (entre la incredulidad y la impaciencia) por quién votar. Ya no estamos, es evidente, ante la posibilidad de una de esas extrañas "avalanchas de la última semana" que, al menos en todas las elecciones desde 2006, encumbraban a algún aspirante improvisado (usualmente del PAC), sino que la carrera parece terminar de una forma similar a la de su arranque.
 
El supuesto "favorito" (al menos de algún sector de la prensa) sigue siendo José María Figueres. Sin embargo, su cierre de campaña no pudo ser más raquítico: en los últimos dos debates se dedicó básicamente a hacer más muecas que Mr. Bean picando cebolla. La campaña demostró lo vulnerable que es: en ningún punto de ella se levantó por encima del 17% de intención de voto con que arrancó. Para mucha gente, Figueres representa la continuidad del PAC sazonada con la corrupción del PLN. Apoya toda la agenda "progre" (su vicepresidenta fue directamente importada del PAC para estar a cargo del tema). Pretende mantener la política actual sobre pandemia, restricciones y demás familiares. Busca más control del Estado en la parte económica y educativa. Y su desempeño en los debates no pasa de recitar eslóganes y hablarle a la cámara, sin dar mayor respuesta cuando se le cuestionan los resultados económicos y fiscales de los gobierno de su partido. Sin embargo, su apuesta pareciera ser simplemente pasar a la segunda ronda (algo que sería muy superior a la eliminación directa sufrida por su partido en 2018).
 
A pesar de trastabillar un poco en el último debate, Fabricio Alvarado parece perfilarse como el otro finalista, fortalecido por un voto más fiel de lo que se esperaba, y sobre todo por los insólitos desaciertos de sus adversarios. Es cierto que está lejos de la "capacidad técnica" de Rodrigo Chaves o la "experiencia" de Figueres. Pero es el único que ha marcado una diferencia ideológica real con este último: no sólo por haberse opuesto consistentemente a la agenda "progre" y a la voracidad fiscal del PAC, sino por plantear una visión donde el Estado tendría menos injerencia en los medios de producción económica o en la libertad educativa, así como menor autoritarismo en cuanto a las libertades de comercio, reunión y culto, tan lesionadas por el actual Gobierno. Si bien otros candidatos han presentado posiciones similares, o incluso más vehementes (ej. Federico Malavassi, Natalia Díaz, Sergio Mena, Christian Rivera, Rolando Araya en algunos temas), los sondeos no dan a ninguno de ellos posibilidad de colarse, y eso podría conducir a una especie de "voto útil" que le asegure a Fabricio el puesto. O bien, ese pinchonazo de último momento en Canal 7 podría abrirle la ventana a un inquilino distinto...
 
Es casi seguro, sin embargo, que ese inquilino no será el PUSC. El caso de Lineth Saborío probablemente resulte tema de estudio sobre cómo "autodestruirse".  Si el desempeño en los primeros debates resultó catastrófico, fue más bien empeorando conforme avanzó la campaña. Sus planteamientos y respuestas resultan ambiguas, imprecisas, confusas o contradictorias hasta el grado de lo penoso; y por añadidura no se ve por ningún lado que su partido cuente con cuadros para otra cosa que para pescar diputaciones. Pasó de "meter presión" a Figueres y a Fabricio, a un lastimero derrumbe, mientras figuras de su partido expresan vergüenza y electores desilusionados se pasan a las filas de Fabricio, Rodrigo Chaves o Eli Feinzaig.
 
De José María Villalta no hay mucho que decir. Su partido (Frente Amplio) es el PAC "recargado", y empeorado por sus ya conocidos nexos con el totalitarismo de Venezuela, Nicaragua y Cuba, que el candidato se empeña tardíamente en negar porque al fin entendió que nadie quiere eso para Costa Rica. En los debates lució desequilibrado, poco elegante, muy ávido de atacar y golpear, y con un volumen bajísimo de propuestas (considerando que se jacta de atraer un voto "intelectual"). En el último encuentro, sus oponentes ni siquiera se molestaron en atacarlo, prueba de lo poco que le temen.
 
Eli Feinzaig se presenta como liberal, pero en realidad tiene más diferencias con Fabricio Alvarado que con José María Figueres (quien parece haberlo utilizado para neutralizar, según él, a Rodrigo Chaves y minar a la debilitada Lineth Saborío). En lo único que se separa de este último es en su desacuerdo con más impuestos. Sin embargo, tuvo un gran éxito a nivel publicitario: no sólo logró salir del margen de error en las encuestas, sino que además obró el milagro de hacer que Villalta se viera obsoleto y anticuado.
 
Rodrigo Chaves transmitió mucha capacidad técnica, pero matizada por un discurso de tinte populista, un dejo de autosuficiencia y un verbo brusco que hace pensar en un Ottón Solís. Favorece mucho más control del Estado en los aspectos económicos y administrativos, y es ambiguo en cuanto a las agendas progres. Su oratoria seca atrajo mucha atención, algo que sin duda contribuyó a convertirlo en la "piñata" del último debate. Y en ese papel no estuvo cómodo: estuvo cerca de "entramparse" en la "falacia del más preparado", buscó minimizar sus faltas, y devolvió golpes en todas direcciones, acaso con más rudeza de la necesaria. Sin embargo, y a la inversa de Villalta, tanto ataque parece ser un indicio del temor de sus adversarios a un buen cierre.
 
¿Y qué hace aquí Welmer Ramos? Había que mencionarlo porque lo invitaron a un par de debates, con la patética excusa de ser el "candidato del gobierno"; pero allí hizo su mejor esfuerzo por terminar de enterrar al PAC (al punto de que posiblemente no obtenga ni siquiera un diputado). Con una insincera pose de "progresismo", sumado al desastroso desempeño de Carlos Alvarado en un cargo que le quedó inmenso, y a la acusación que le planteó a este último el Ministerio Público por los aparentes delitos del caso UPAD, no cabe duda de que el resultado del PAC este domingo será un impecable reflejo de lo que ha sido su gobierno: un vergonzoso e irremediable fracaso.
 

Robert F. Beers