Lo último...

Sep. 3, 2020

A pesar del nebuloso intento del PAC y el PLN (antaño su adversario y hoy su mascota) por valerse de la pandemia para alterar plazos electorales—con lo que parecen demostrar que ambos tienen mucho que perder si el proceso se desarrolla con normalidad—, la ciudadanía está ansiosa de todo lo contrario: terminar cuanto antes con el suplicio. Y por ende, muchos buscan ya, con rabiosa impaciencia, a un sucesor que lidere la patriótica tarea de recoger los destrozos, reestablecer el orden constitucional y reanudar la República.

Algunos insisten en hurgar dentro de los sarcófagos, y en “oxigenar” la política del Bicentenario con alguno de los precandidatos de 1993. Pero el espíritu de nuestra época, dentro y fuera de nuestras fronteras, ha sido lo opuesto: un rotundo y violento rechazo a los políticos “de carrera”, y las ansias crecientes de que aparezca un “outsider” (“advenedizo”), es decir, un personaje de otra generación, cuyo reconocimiento y liderazgo no se hayan gestado en lo tradicionalmente “político”, sino en otras áreas con poca o ninguna relación con lo electoral.

El fenómeno del “outsider” ha surgido con fuerza en todas las corrientes ideológicas, tanto en América como en Europa. Desde la sorpresiva victoria de Alberto Fujimori en las elecciones peruanas de 1990, pasando por personajes como el ecuatoriano Rafael Correa, los salvadoreños Elías Saca y Mauricio Funes, el italiano Beppe Grillo, e incluso figuras estadounidenses como Jesse Ventura y Arnold Schwarzenegger, hasta llegar al mismísimo Donald Trump, no se trata de “políticos profesionales”, sino de personajes venidos desde fuera, casi siempre estructurando un partido o movimiento con identidad propia (rara vez se puede encontrar un “outsider” como aspirante de un partido “tradicional”, salvo en el marcado bipartidismo estadounidense, donde Schwarzenegger y Trump fueron elevados por el histórico Partido Republicano).

En Costa Rica, sin embargo, el panorama ha sido un tanto distinto, dado que numerosos políticos han querido presentarse ante el electorado como “outsiders” sin serlo realmente. Tuvimos, por ejemplo, a Ottón Solís—ex Ministro y ex diputado del PLN—fundando al PAC y buscando capitalizar electoralmente un clima de enojo ciudadano contra los “políticos profesionales”. La pose de “outsider” la heredó Luis Guillermo Solís, quien se vendió como un “humilde académico” y tuvo buen cuidado de no mencionar su íntima amistad con los Figueres ni los altos cargos que ocupó en la estructura del PLN antes de pasarse al PAC. A inicios de la última campaña, era Juan Diego Castro el que intentaba posicionarse como el “outsider” áspero y rebelde por antonomasia, ostentando su trayectoria como litigante y “alquilando” la modesta franquicia electoral del PIN, pero omitiendo sus puestos de Ministro y visibles participaciones en campañas internas del PLN. Quiso hacerlo también el Dr. Rodolfo Hernández, pero ya con una fallida candidatura por el PUSC a cuestas. Por el contrario, quien mejor se aproximó al perfil fue Fabricio Alvarado, cuyo reconocimiento como comunicador y artista lo catapultó primero a la Asamblea Legislativa y luego a la asombrosa victoria en la primera ronda presidencial de 2018.

¿Hay espacio para un “outsider” real en el panorama político actual? Es posible. En una República de base democrática, la ciudadanía tiene la última palabra; y si no prospera la intentona del PAC/PLN para “vetar” de la campaña política los temas que más abiertamente deberían debatirse de cara a la ciudadanía, esos debates podrían revelar insospechados protagonistas y deparar enormes sorpresas.

Ahora bien, del “menú” de aspirantes reales o aparentes de este momento, es difícil extraer un genuino “outsider”. Tendríamos que buscar una persona cuyo nombre no se haya forjado en espacios puramente políticos, y capaz de generar a su alrededor una corriente o movimiento con identidad propia, de modo que es muy poco probable que encontremos esto en las filas de los partidos “tradicionales”.

En el oficialista PAC, por ejemplo, es casi imposible: llevó a la Presidencia a la antítesis del “outsider”, un Carlos Alvarado cuya candidatura se gestó a la sombra de cargos políticos en los que no brilló, y sin haber sobresalido tampoco fuera de la política. El séquito semianónimo y elitista que lo acompaña tiene indudable interés en que cualquier eventual continuador salga de sus privilegiadas filas; y eso los decantaría por una figura política “de carrera”, al estilo de una Ana Helena Chacón (ex vicepresidenta, ex diputada) o un Román Macaya (ex precandidato, ex embajador y Presidente de la CCSS).

Su compañero de cuarto, el PLN, no muestra un panorama mejor. Sobra decir que los precandidatos de 1993 no califican como “outsiders” (lo que deja fuera, por ejemplo, a José Miguel Corrales o Rolando Araya), y definitivamente tampoco lo es nadie que lleve el apellido Figueres o Arias. Se aproximarían más al calificativo figuras como el abogado Fernando Zamora Castellanos o el politólogo Claudio Alpízar, especialmente este último que no ha ocupado los altos cargos a lo interno de la agrupación que sí ha ostentado Zamora. Sin embargo, las mismas características del PLN como estructura política le restan opciones a los hipotéticos “advenedizos”. Por otra parte, nadie que se precie realmente de serlo estaría militando en el partido más antiguo y tradicional de nuestro país.

En el PUSC, que también le ha “prestado” gabinete al PAC, hay tremenda carestía de figuras “candidateables”. Su excandidato Rodolfo Piza ya anduvo por numerosos puestos y por dos campañas presidenciales, y personajes como Pedro Muñoz y Pablo Heriberto Abarca apenas se han dado a conocer en la Asamblea Legislativa. Lo mismo podría decirse de Dragos Dolanescu, quien ahora intenta la creación de un partido político propio, pero gestado desde su curul en el Congreso; y del Alcalde de Cartago y Expresidente del Congreso, el veteranísimo Mario Redondo, quien tiene rato de liderar otra agrupación.

En el papel, podríamos pensar que los grupos más liberales tendrían más probabilidad de presentar una figura de este tipo. Sin embargo, las agrupaciones políticas de esta línea lucen jefeadas por políticos de variable pero indiscutible trayectoria previa: el ex Viceministro Eli Feinzaig con el Liberal Progresista, la ex diputada Natalia Díaz por Unidos Podemos, o el ex diputado y cinco veces candidato presidencial Otto Guevara al frente de la naciente Unión Liberal. Habrá que ver si de estas agrupaciones, aún dispersas, pudiese levantarse una figura distinta, quizás “reclutada” de otras esferas lejanas a la política.

Nueva República es una agrupación enteramente distinta. Es obvio que su figura más reconocida sigue siendo Fabricio Alvarado, el “outsider” del 2018; pero claramente, si decidiera aspirar de nuevo a la Presidencia (como lo dio entender en la profusa entrevista realizada por el Canal 8), la consolidación de su imagen política lo pone evidentemente en otra categoría. Sin embargo, en la misma entrevista afirmó varias veces que el partido no pretendía ser personalista y que más bien daría prioridad a proyectar nuevos liderazgos y depurar el aspecto programático (tareas urgentes ambas para consolidar al naciente partido). De sus palabras pareciera deducirse que hay alguna ebullición interna que él, lejos de ignorar, pareciera deseoso de estimular. Y sin duda necesita hacerlo, para evitar la “atomización” política frente a otros partidos que añoran pescar en el mismo estanque.

¿Verán los costarricenses más allá del panorama descrito? Con la ciudadanía angustiada e irritada, ¿se intentará retroceder al estilo viejo de la política que irónicamente nos condujo hasta aquí, o estarán maduros los tiempos para un “outsider” con la claridad intelectual y ética, y la entereza ejecutiva, para rectificar lo mucho que se ha perdido en estos pocos años? Quizás algunos lectores estén pensando ya en alguna persona de las mencionadas, o en otras que no lo fueron. En los próximos meses veremos sin duda aclararse muchos de los “nublados del día”.

 

Robert F. Beers

Síganos en Facebook: RBeersCR

Síganos en Twitter: RobertFBeersCR

Aug. 28, 2020

 

Entre los incontables personajes de la mitología grecorromana, hay uno de peculiar actualidad: Narciso, un jovenzuelo tan infatuado y vanidoso que acabó perdidamente enamorado de sí mismo, lo que iba a llevarlo a un trágico final. Por supuesto, de esta leyenda proviene el término “narcisismo”, con el que se describe a una persona patológicamente engreída y arrogante.

El perfil del narcisista es fácil de detectar. Se considera a sí mismo incuestionablemente superior (aún si no tiene ningún logro personal o colectivo que lo respalde), y espera que los demás le rindan pleitesía y se acomoden a sus caprichos y deseos. Cree ser tan especial, que su país y el mundo deben agradecerle por existir, y ajustar hasta sus leyes para cumplirle sus desorbitadas expectativas, invariablemente centradas en sí mismo. Su frágil ego no soporta que alguien lo contradiga; por el contrario, necesita desesperadamente humillar y despreciar a otros para reforzar esa supuesta “superioridad” que cree tener. En su propia opinión, jamás se equivoca, es un genio incomprendido, y quien se atreva a negarlo o cuestionarlo es un ser inferior automáticamente desechable: un paria de la humanidad que encarna todos los males, taras, vicios y enfermedades mentales posibles, (incluidas las “fobias” que el propio narcisista inventa para atribuírselas).

Además—y esto es clave—una persona narcisista tiene una necesidad desaforada de controlar la vida de los demás. Todos a su alrededor existen únicamente para admirarlo, aplaudirle y someterse a sus caprichos, y quien no lo haga debe ser aplastado y humillado. Sus sentimientos son lo único importante, por encima de la lógica, la ciencia o la ley (y obviamente de los sentimientos, valores o principios ajenos), y todo debe ser ajustado en función de ellos. Y por supuesto, cualquier atrocidad la puede justificar con el simple hecho de que a él lo hace sentir más cómodo o excepcional.

¿Será posible que del narcisismo se pueda derivar una agenda política? A simple vista parece una noción absurda… pero observemos con cuidado. Sin duda hay narcisistas de todas las ideologías, y también los hay que carecen de ella. Pero eso no excluye la alarmante realidad de que el narcisismo, por sí solo, se pueda empaquetar y vender como una novedosa “ideología”.

¿Narcisismo ideológico? No sólo existe, sino que ha ganado poder aceleradamente en los últimos años. Y sus postulados, endebles e incoherentes como los egos que los impulsan, no se sostienen porque tengan una base sólida o científica, sino simplemente porque sus adeptos no aceptan el simple hecho de debatirlos, planteando en cambio que se acepten como “verdades indiscutibles” por el simple hecho de que ellos las profesan (y ellos son “la raza superior”, no lo olvidemos)…

Así, es habitual que los escuchemos sustituir el lenguaje claro por su jerga propagandística, compuesta de eslóganes, lemas y símbolos. Se niegan a discutir un punto porque para ellos, en su autopercibida superioridad, es “obvio” que tienen razón. Estar de acuerdo con ellos es, por supuesto, “el lado correcto de la historia” (esa frasecita es en sí misma un síntoma evidente de narcisismo ideológico).

Los narcisistas ideológicos se deleitan en las falacias. No se preocupan mucho de la lógica o sensatez de sus argumentos, sino únicamente (narcisistas al fin) de parecer ingeniosos, irreverentes y “cool” ante el público. No es raro que apelen a la falacia de autoridad (“nosotros somos los expertos, usted no”), a la generalización apresurada (“el que me contradiga es fascista, misógino, racista, fanático religioso, violador en potencia, etc.”), o a la barata falacia ad hominem (el ataque personal). Sus “debates” se reducen al uso profuso de eufemismos y adornos que los hagan parecer “intelectuales”, pero a la menor objeción, se concentran en humillar, descalificar y denigrar a otros, en vez de explicar o desarrollar su pensamiento (un esfuerzo mental fuera de su corto alcance). Claro está, son alérgicos a la coherencia, a la verdad y a la justicia, porque aceptarlas implica que ellos podrían estar equivocados. Sus juicios de valor son rápidos, implacables y sin fundamento lógico, especialmente si les permiten afianzar el relato de su “superioridad” moral, aunque sea pisoteando a personas inocentes.

Lo más peligroso del narcisismo ideológico, sin embargo, no es su discurso incoherente y zigzagueante, sino su obsesión con el control. Los narcisistas políticos son totalitarios y elitistas por naturaleza: su ideal, por supuesto, es que sus gustos e inclinaciones se vuelvan ley para el resto, que sus traumas y obsesiones se conviertan en políticas públicas, y que se prohíba todo lo que les incomode o desagrade. Necesitan el aplauso y la admiración incondicionales, la exaltación de su imagen y el reconocimiento de su superioridad, y curiosamente, creen que una sociedad es más “avanzada” y “progresista” en la medida en que les satisfaga ese deseo, aunque deban extraerlo a la fuerza, mediante el espionaje, la manipulación mediática o el abuso policial. Los oiremos hablando mucho de “justicia social”, pero sólo porque creen que el Estado y la sociedad son “injustos” con ellos al no reconocerles como inmediato “derecho” todo que se les ocurre pedir (la autovictimización es parte indispensable del discurso narcisista). De allí que puedan pasar sin ningún escrúpulo, del discurso marxista cultural modelado en Gramsci, Foucault y la escuela de Frankfurt, a la alianza descarada con las élites económicas más rancias y oportunistas (otro cúmulo de narcisistas mercantiles que esperan que el Estado les facilite la prosperidad de sus negocios sin tener que “matarse” compitiendo en un libre mercado).

Con semejante cartel, es evidente que el narcisismo—totalitarismo al fin, aunque su lenguaje sea “políticamente correcto”—es enemigo natural de la República como sistema político. Un narcisista ideológico jamás estaría de acuerdo en poner límites al poder del Estado, pues eso iría en contra de su obsesión por el control (aunque según él los “fascistas” seríamos los otros). Por el contrario, un Estado omnipotente es de desear para él, siempre que lo reconozca como un ser superior y esté presto a satisfacer sus mínimos caprichos. Principios como la libertad individual y la igualdad ante la ley son anatema para los narcisistas, que se consideran intrínsecamente “superiores” y capaces de decidir por los demás. Tampoco debe sorprender que los “narzis” (así, con Z) tengan un odio tan visceral por las virtudes cívicas y los símbolos patrióticos, pues los hacen recordar que existe algo más importante que sus egos. Y ni qué decir de la religión y la fe, que aborrecen por no reconocer otro dios fuera de sí mismos.

El potencial destructivo del narcisismo ideológico no puede subestimarse. En nuestros días, los “narzis” en el poder representan la más crítica amenaza para los pilares de la República: el Gobierno limitado, la igualdad ante la ley, y la libertad ciudadana. Así, más que una pugna entre izquierdas y derechas, entre estatistas y liberales, entre socialistas y conservadores, o entre cinco o siete opciones electorales, lo que tenemos planteado es un dilema de patriotas o narcisistas. El camino del sano desarrollo no podrá retomarse sin expulsar definitivamente del poder a estos últimos.

Robert F. Beers

Síganos en Facebook: RBeersCR

Síganos en Twitter: RobertFBeersCR

Aug. 19, 2020

Donde quiera que haya un costarricense, esté donde esté, ha oído o pronunciado la palabra “democracia” para describir el sistema político en que vive. Sólo hay un problema: esta descripción es incorrecta, o mejor dicho, insuficiente. Nuestro sistema político NO ES la “democracia” (aunque esta es uno de sus componentes esenciales), sino la “República”, tal como lo establece nuestra Constitución desde el artículo 1. Esta distinción puede parecer inofensiva o hasta irrelevante a simple vista, pero tiene consecuencias enormes, porque determina cuándo puede hablarse de un Gobierno legítimo.

Bien podemos describir la democracia como “el gobierno de la mayoría”. Para cuantificar esa mayoría—a fin de eliminar percepciones subjetivas—se utiliza el mecanismo del voto. Una mayoría (real o aparente) sería suficiente para dar por legítima cualquier decisión, sin ningún otro tipo de consideraciones. Desde este punto de vista, un linchamiento sería una decisión detestablemente “democrática”. Y por supuesto, cualquier Gobierno sería legítimo con el simple hecho de decir que en un momento dado “ganó las elecciones”, o cumplió la formalidad de aparentar ganarlas, sin importar lo que haga una vez asumido el poder. Así analizados, gobiernos como el de Hitler o el de Hugo Chávez tuvieron una indiscutible “legitimidad democrática”.

En este punto se echa de ver cuán incompleto es el término “democracia” para describir la forma en que está organizado el Estado costarricense. De allí que sea indispensable ampliar el marco hablando de una “República”.

Una auténtica República se construye sobre la idea misma de libertad, y necesariamente debe tener una base democrática. Mediante el voto, la ciudadanía expresa su consentimiento en ser gobernada, es decir, delegar las tareas de interés general a un grupo de personas dedicadas por entero a ellas. Pero este consentimiento no es ilimitado, ni se entrega gratuita e irreversiblemente. Por el contrario, se otorga únicamente por un tiempo previamente definido, y bajo ciertos límites y condiciones que el gobernante y su grupo se obligan a respetar. Estos límites y condiciones se encuentran establecidas por escrito en un documento, la Constitución.

En la Constitución se establecen los límites del poder político, su distribución, la forma en que este puede transmitirse, la periodicidad con la que debe renovarse el consentimiento de los gobernados a través del sufragio efectivo, y los derechos y libertades garantizados a la ciudadanía, siempre bajo los tres principios republicanos básicos: 1) igualdad, 2) imperio de la ley y 3) ejercicio limitado del poder. En ausencia de alguno o varios de estos elementos, no puede hablarse de una verdadera Constitución, y por ende, de una auténtica República. Naturalmente, en una República sólo es legítimo el Gobierno que respeta y observa escrupulosamente los límites establecidos en la Constitución en su conjunto. El “ganar las elecciones” es una condición necesaria pero no suficiente de legitimidad: pues debe ganarlas con arreglo a lo que la misma Constitución indica (ej. con pureza del sufragio y no mediante fraude), y ejercer el poder resultante con total sujeción a los límites y condiciones que ella establece. Por consiguiente, un régimen que ataca las libertades garantizadas, que ejerce el poder en beneficio exclusivo de un grupo determinado, o violenta de alguna forma los principios mencionados, rompe el orden constitucional y deviene en ilegítimo, aunque haya ganado las elecciones que sea. Hasta se vuelve cínico que dicho régimen, después de romper el orden constitucional, pretenda alegar la legitimidad electoral para aferrarse al poder: algo parecido a que un inquilino decida no pagar el alquiler y luego alegue que el propietario no puede echarlo porque “debe respetar el contrato”.

Hace varios meses, luego de un repaso análogo sobre los principios de la República (y su diferencia con la simple democracia), invitábamos a reflexionar. Las interrogantes de entonces, lejos de perder vigencia, vienen ganándola a medida que transcurre el tiempo y se profundizan los efectos de ciertas decisiones políticas. ¿Ha sido el régimen actual de Zapote digno de una verdadera República? ¿Ha respetado los límites señalados para su poder en la Constitución? ¿Son sus intenciones limpias, nobles, patrióticas y dignas de confianza? ¿Hay alguna de sus motivaciones o excusas que sirva para justificar la lesión a dichos límites? ¿Ha obrado estrictamente dentro de los límites constitucionales y en procura de satisfacer el interés general? Bajo tales criterios y evaluándolo con frialdad, ¿es posible considerarlo un Gobierno legítimo?

De nuestra respuesta a estas preguntas depende la supervivencia y restablecimiento de la República y, con ella, de nuestras libertades.

Robert F. Beers

Síganos en Facebook: RBeersCR

Síganos en Twitter: RobertFBeersCR

Jul. 10, 2020

Las últimas dos apariciones públicas de Carlos Alvarado han sido simplemente espeluznantes. Y no sólo por lo que superficialmente revelan, sino por lo que permiten deducir.

En la conferencia del pasado miércoles, se mostró “indignadísimo” de que hubiese gente intentando sacar provecho de la pandemia para ganar puntaje político. El chiste se cuenta solo.

Podríamos llenar páginas enteras con las instancias en que el inquilino de Zapote ha querido autoexaltarse como el magno “superhéroe” que salvaría al país y al mundo (una pose que ya venía asumiendo cada vez que podía, desde mucho antes de que apareciera el COVID-19). Y señalar las múltiples veces en que quedó expuesto el deseo de incubar candidaturas desde las conferencias de prensa y reparar el minúsculo capital político que le dejaban la UPAD, el precio del tren eléctrico conyugal, la “sopa de impuestos”, los continuos escándalos y el desempleo. O incluso mencionar el mismo hecho de centralizar la información en Casa Presidencial y realizar más de 100 conferencias de prensa, una tras otra, para una “pasarela de jerarcas” cada mediodía, en vez de poner sencillamente un reporte oficial en tiempo real sobre el avance de los casos y la ocupación hospitalaria, como se hace en el resto de los países… Afortunadamente, no será tan necesario que lo repitamos ahora, pues ya se lo están reprochando hasta sus propios voceros de prensa, hasta hace poco aliados incondicionales y sumamente útiles para su agenda: Ignacio Santos, Amelia Rueda, Randall Rivera…

Ahora bien, es comprensible esa ficticia “indignación” de Alvarado. Dado que él y los de su especie piensan únicamente en términos de manipulación electoral (nunca han demostrado ser capaces de pensar en otra cosa), es natural que crean que todos los demás también lo hacemos; y por eso los vemos gritando en todas partes que fulano los critica o señala solamente porque tiene, o tuvo, o algún día tendrá, aspiraciones políticas. Claro, eso de tener o haber tenido aspiraciones es (según el PAC y sus repetidoras) el peor grado de maldad, mucho peor que mandar a matar niños, arrancarles plata a los pobres o estafar al Estado; y sólo gente tan inteligente y bondadosa como ellos puede hacerlo “sacrificándose” por la Patria. Los demás, por favor procedan a aplaudirles o en su defecto a callarse.

Lo que realmente debe escalofriarnos, empero, es la frescura con la que Alvarado y su séquito de colegiales intentan “normalizar” la idea de que es malo exigir cuentas al Gobierno o cuestionar sus decisiones. Aun cuando esas “decisiones” signifiquen actuar como si no hubiera una Constitución.

Ahora bien, si con la primera aparición de Alvarado quedaron tan claros la falta de equilibrio, el tinte totalitario y el ánimo de desconocer la Carta Magna que parecen inspirar su régimen, la segunda resultó aún más terrorífica. Nos anunciaron, con visible incomodidad, una cifra insólita de casos nuevos de COVID-19 para un solo día: casi 650. Un resultado que, por un lado, delata una capacidad hasta ahora desconocida en nuestro país para procesar un número altísimo de pruebas, pero que por otro lado, exhibe—en todo su maligno esplendor—la facilidad con la que la biología se impone a las fantasías políticas.

Ante semejante noticia (y la declaración de “transmisión comunitaria” que sólo hoy se atrevieron a admitir), todavía afloraba la altanería presidencial de no responder preguntas, o de evadirlas mediante torpes trabalenguas, mientras se atizan el miedo y la incertidumbre cuando más bien deberían imperar la calma y el equilibrio. Pero la improvisación y el cálculo político reinantes volvieron a quedar al descubierto con un hecho particular. Al igual que en las últimas semanas, el aumento brusco se ha producido jueves, pero el anuncio de las “medidas paliativas” queda reservado para el viernes. ¿Acaso los “expertos” no tienen contempladas de antemano las decisiones a tomar según evolucione la situación? ¿Tienen acaso que “ver qué hacen”? ¿O llega la cosa al grado de pensar en que el público “no se pierda nuestro próximo capítulo”?

Entre los muchos patriotas que todavía quedan en nuestro personal de salud y administración, las reflexiones deben haber sido muy distintas. Si observamos las cifras oficiales, encontraremos como un rasgo positivo que las hospitalizaciones aún no se hayan incrementado en la misma proporción que los casos descubiertos. Ahora bien, desde hace algunos días fuimos informados por el propio Gobierno sobre la inminencia de que se saturase nuestra capacidad instalada para atender el probable—y más aún, previsible sin necesidad de ser “epidemiólogos”—incremento en dichas hospitalizaciones. Esto pone en entredicho las decisiones que tomó el Ejecutivo al inicio de estos largos 100 días.

¿Por qué razón? Apenas llevábamos unos 6 casos cuando el Gobierno pasó de la inacción a lo drástico. Después de negarse por buen rato a cerrar fronteras para “no parecer xenofóbicos” y de resistirse a suspender el curso lectivo, pasó de pronto a cerrar todos los negocios, empresas e instituciones durante varias semanas, y a prometer precipitadamente ayudas económicas (que luego no supo cómo administrar). En ese mismo lapso, agotó con rapidez el arsenal de medidas y posibilidades que le ofrecían la ley y las finanzas públicas—martirizadas por su propio partido desde hace años—. Y anunció que se iban a adquirir a toda marcha equipos e implementos para resistir el embate que vendría. Es decir, si con 6 casos se ordenó una costosísima cuarentena general, la única lógica posible era que el sistema de salud pretendiese “ganar tiempo” a fin de prepararse para el incremento que tarde o temprano iba a darse. Sólo así tenía sentido el sacrificio económico, físico y mental que se exigía a la ciudadanía.

¿Y qué sucedió? Lo de Zapote se convirtió en una “plaza pública” cotidiana, se comenzó a atizar la desconfianza y el recelo entre ciudadanos, se fue implantando una “cultura del espionaje” que no se había visto aquí desde hace un siglo, y se dio paso al cálculo político, a la creación de “enemigos” y “chivos expiatorios”: los ciclistas, las embarazadas, los camioneros, los vecinos… en fin, alguien que tuviese la culpa y que no fuera nunca el Gobierno… El “martillo” fue para la economía y el trabajo interno, y el “baile” para las fronteras, donde supuestamente “no pasaba nadie”, pero en realidad pasaron miles. Se nos incendió la Zona Norte. Luego la masa de contagios se trasladó al centro del país. Y finalmente, nos dicen que aquellos grandes preparativos no se dieron, que los cargamentos anunciados hace meses no han llegado, y que con unos pocos casos que lleguen a necesitar hospitalización, estaremos saturados. Es decir, falló el equilibrio o nunca lo hubo, y el tiempo que habíamos “ganado” se malgastó en politiquería.

¿Qué va a suceder ahora? Habrá que esperar al próximo anuncio. En Casa Presidencial saben—tienen que saber—que el país no puede resistir otra cuarentena general: un cartucho que no debió haberse disparado cuando llevábamos sólo seis casos, salvo que el objetivo fuese “ganar tiempo” para una verdadera preparación. Ahora tenemos a la policía en las calles, a la ciudadanía en la confusión, al personal de salud en la zozobra, a la economía en la lipidia, al déficit fiscal en las nubes, y al desempleo en todas partes. Salir adelante no es fácil—ahora menos que antes—, pero aún está en nuestras manos capear la tormenta y evitar que se nos hunda el buque. Ya habrá momento de lidiar también con el fallido timonel y su contradictoria tripulación.

Robert F. Beers

Síganos en Facebook: RBeersCR

Síganos en Twitter: RobertFBeersCR

May. 21, 2020

Una de las condiciones de las que más se habla en la actualidad es el liderazgo. Lo oímos casi continuamente en boca de motivadores, empresarios, deportistas y (por supuesto) políticos. Todos buscan al próximo "líder", pero casi nadie sabe exactamente lo que está buscando.

No deja de ser irónico, sin embargo, que una cualidad tan mencionada (y mercadeada bajo el supuesto de que "cualquiera puede desarrollarla siguiendo estos cinco, siete o doce pasos"...) resulte ser tan escasa en nuestros días. Nuestra miseria en el tema se ha vuelto tan absoluta, que hay gente que confunde "liderazgo" con el mero hecho de salir en conferencias de prensa y publirreportajes de alquiler por más de tres días seguidos.

Esa idea mercadotécnica del liderazgo como "producto de consumo", a la disposición del que quiera ejercerlo o adquirirlo, lo ha despojado de su esencia: la humildad. Se ha convertido en una rareza la persona capaz de reconocer talento o virtudes especiales en los demás, o mucho menos inspirarlos a dar lo mejor de sí mismos. Y aunque decir esto parezca romántico, la cruda realidad es que su ausencia tiene consecuencias prácticas en la economía, la política y la sociedad misma. Hoy lo vemos.

No siempre ha sido así. Nuestra sociedad, con todo y sus proverbiales "serruchadas de piso", en un pasado no tan distante sabía reconocer en algunos de sus miembros una (o varias) cualidades cruciales que las hacían destacar, y en las cuales podía depositarse confianza y esperar resultados. A don Cleto González Víquez lo elevaron su claridad mental y su impecable rectitud; a don Ricardo Jiménez Oreamuno, su prodigiosa sagacidad y profunda intuición lo llevaron a ejercer una auténtica "dictadura intelectual". Un personaje como León Cortés parecía poco dotado para la política por su temperamento explosivo e inflexible, y sin embargo su ética, su habilidad como “operador político”, su afinidad con el "labriego sencillo" y su increíble capacidad de trabajo le permitieron construir una maquinaria política sin precedentes en la década de 1930, llegar a la Presidencia en 1936, y crecer aún más para convertirse en un líder casi legendario, sin parangón en nuestra historia previa, durante los años 40 y hasta su muerte. Un Calderón Guardia supo canalizar su sentido de lo social y su fervor personal para iniciar una profunda reforma. Un Otilio Ulate se forjó con su vigorosa pluma de comentarista, que constantemente daba voz al sentir de millares de ciudadanos, y su habilidad para despertar en ellos una conciencia heroica. Y la fórmula "tradicional" del valor en un campo de batalla consagraría a Juanito Mora o a Figueres Ferrer. Cada uno de ellos logró, en distinta forma, proyectarse sobre un grupo de personas que fue creciendo más y más, entusiasmarlas y lograr con ellas metas antaño imposibles. Ya habremos observado, sin embargo, que no se trata de condiciones hereditarias o dinásticas, ni tampoco supeditadas a un título académico (que varios de los citados nunca tuvieron).

En nuestros días, en cambio, no encontramos condiciones de este tipo en las figuras que hoy ejercen las mayores responsabilidades (fuera de los "superpoderes" que nos intenta "vender" la propaganda casi orwelliana del torpe oficialismo). Nos han intentado sobredimensionar la parte académica del asunto, y en cambio se le ha restado toda importancia a la capacidad de "conectarse" con los valores más esenciales de la ciudadanía y lograr su confianza... sin reparar en que ese estilo elitista quedó superado desde inicios del siglo pasado.

¿Qué es lo esencial, entonces? Primero, una meta, un objetivo, una esperanza. Cuando nos hemos sentido extraviados, seguimos a alguien que parezca saber dónde se encuentra y hacia dónde va. Eso proyecta seguridad. Nunca seguimos al titubeante o al estancado. En última instancia, no es líder el que quiere, sino el que avanza.

Luego, la capacidad de "invertir" en las personas. El liderazgo es servicio; el que lo desea, debe servir. Los ejemplos que hemos dado, como muchos más, parecían tener siempre algo que ofrecer a aquellas personas que les hacían el favor de escucharlos y seguirlos. Un instante de atención, un servicio, una salida ingeniosa, una enseñanza, una capacitación constante... Si un político o empresario deseara fracasar, el camino más rápido sería hacer sentir a su gente abandonada, defraudada o (peor aún) agredida.

Naturalmente, esa atención debe permitir un punto crucial: descubrir el potencial y el talento en otros. Una persona que sabe reconocer y estimular a los que tiene cerca, se gana su lealtad... y probablemente también coseche el reconocimiento de sus propias virtudes por parte de los demás. Se cosecha lo que se siembra. Quien se roba el mérito ajeno o humilla e ignora a los que lo rodean, los pierde; pero quien sabe animar, aplaudir y facilitar el éxito de otros, seguramente consiga que esos otros estén más dispuestos a esforzarse por hacerlo brillar a él.

La capacidad de comunicar se ha vuelto esencial, más que nunca. Podemos ver con facilidad cómo la deshonestidad e incapacidad para comunicar (y peor, para escuchar) causa auténticas crisis, tan graves como innecesarias. Líder es el que convence y entusiasma, nunca el que intimida o manipula.

La escucha, en especial, conlleva otro elemento de humildad: el reconocimiento de que las personas que nos rodean pueden tener una solución o una idea, incluso mejor que la propia. No estamos en los días de un César, un Lenin o un Mussolini que se "autoperciban" como los que todo lo saben y todo lo pueden resolver por sí solos. Bien se dice que "si quieres ir rápido, hazlo solo; pero si quieres ir lejos, hazlo en equipo".

El entusiasmo, el ejemplo y la constancia son las marcas de un sano liderazgo. Las metas comunes y la gratitud suelen dar paso al primero; pero el segundo es el que verdaderamente electriza e inspira a nuestros semejantes. Y el tercero, ese ingrediente tan difícil de hallar, es en realidad el que impone la diferencia entre un brillo momentáneo y una escalada hacia la cima.

Robert F. Beers

Síganos en Facebook: RBeersCR

Síganos en Twitter: RobertFBeersCR